miércoles, 7 de febrero de 2018

CÁDIZ


A Cádiz siempre merece la pena volver. Sus gentes son tan antiguas como sabias. Si hay pobreza, es digna. Cualquier mesonero puede darte una lección de culinaria, de ética, de política, de enología, de savoir vivre..., sin darse importancia y como quien no quiere la cosa, los gaditanos carecen del prurito capitalino de los sevillanos, su sorna es infinita, su distancia con la tragedia de la existencia, también, como si no fuera con ellos. La ciudad es más antigua que cualquier otra andaluza, que casi todas las del Mediterráneo,  muy antigua. Comerció con fenicios antes de que estos fueran púnicos y resultaran aplastados por el poder romano, comerció también con griegos, lo que debió cabrear bastante a los cartagineses. Bajo sus faldas o bajo el mar de la tacita de plata se esconde el enigma de Tartessos. Cerca de donde el Betis abría su enorme boca para exportar de sus fuentes mismas, ya lejanas, los preciados metales de sus entrañas.


A pesar de lo bien que te hospedan sus gentes, de su gracia modesta, de su añeja sabiduría de ciudad milenaria, de sus magníficos caldos y licores, de su marisco y jamón de pata negra, yo no podría vivir en Cádiz. Me angustia porque es isla sin horizonte montañoso y porque el mar me adormece mucho, me fascina un rato, y luego me aburre. Esta vez llegamos por mar desde el Puerto de Santamaría.


Su imponente catedral esconde, como todas, los símbolos y misterios del tiempo, la incitación de una luz de Cielo matizada por las creencias y la arquitectura, el arte y la fe.


¿Qué extraña piedad pudo conmoverse con un niño crucificado, tan políticamente incorrecto? María Zambrano quiso escribir una Historia de la piedad (esa virtud olvidada), una larga historia que partiría de los griegos y en la que aparecerían como especies suyas tanto la ironía socrática como la tolerancia ilustrada. María Leyra piensa que es la piedad el hilo conductor de la axiología de nuestra filósofa malagueña. La piedad es saber tratar adecuadamente con lo otro: un dios, un animal, una planta, un ser humano enfermo o monstruoso, algo invisible o innominado, algo que es y no es"... como un niño Jesús crucificado.


"La piedad -escribió el amigo gallego de la Zambrano, Rafael Dieste- cuando es presencia de espíritu que acompaña en tiempos terribles y es fiel y firme como Antígona, vale muchos luceros".

En la catedral de Cádiz reposan los restos de un gran escritor hoy ninguneado porque, al parecer, cayó en el bando equivocado. Me refiero a José María Pemán, el mismo que recomendó a Franco apreciar el catalán como dignísima lengua de cultura, el mismo que escribió los memorables guiones de El Séneca, aquella serie de la tele en mantillas y blanco y negro, que popularizaba el estoicismo del filósofo cordobés. Pemán fue el autor de uno de los pocos poemas que memoricé en mi niñez para dedicárselo a una esquiva.


Está bien acompañado el poeta. Allí mismo reposan los restos del enorme compositor gaditano don Manuel de Falla. Sí, siguen ardiendo gloriosamente al ritmo del amor brujo, como polvo enamorado. 


No conocíamos los restos del antiguo teatro romano, que ahora andan desescombrando. Desde la catedral y por el Callejón del Duende hacia los restos del teatro nos dirigimos. Abierto estaba y gratuito resultó visitar sus interesantes ruinas. Luego me he enterado que en el Callejón del Duende suceden fenómenos extraordinarios, de los que ahora se llaman paranormales.


Una señora muy simpática con delantal y bata de lunares acabó por orientarnos con un paso de baile: 



El teatro fue construido con la extraña roca ostionera, roca sedimentaria muy porosa formada por restos de conchas marinas (Glycymeris sp. Ostrea edulis y Pecten sp.) y piedras erosionadas del mar, muy usada en toda la costa gaditana.



Puellae gaditanae

Ya los hitoriadores latinos del siglo primero llamaban puellae gaditanae a una chicas que, junto con sirias y egipcias, eran conducidas a Roma desde la "licenciosa Cádiz" para amenizar con sus bailes las fiestas de la capital del mundo. Algunos extendían el origen de su oficio a la legendaria Tartessos. En efecto, cien años antes de Cristo Eudoxio de Cízico, un comerciante griego, llevó un cargamento de flacas danzarinas gaditanas a las ciudades africanas.


Marcial las describe portando crótalos (castañuelas). Bailaron durante la República, pero las danzarinas gaditanas se hicieron famosas sobre todo durante el Imperio. Inigualables por sus contorsiones y el vaivén ágil y lascivo de sus caderas (crissatura), insuperable su atractivo para elegir juerga de entre las disponibles, según cuenta Plinio (Cartas, 1, 15), verlas bailar y cantar era privilegio de las clases altas. "Un hombre elegante -cuenta Marcial- sabe tararear de memoria las melodías de danzas alejandrinas e hispanas" (Epigramas III, 63).


El caso es que el carácter festivo y el ritmo alegre de las bailarinas béticas sedujo a todos. Esta de aquí nos regaló en otoño su tensa gracia mientras nos refrescábamos.


¡Olé! 
Rilke dedicó uno de sus Nuevos poemas a la Bailarina Española:

Como en la mano una cerilla, blanca
antes de ser llama, hacia todos lados extiende
estremecidas lenguas, así comienza en círculo
de cercanos espectadores a ensancharse convulsa
su danza, violenta, clara, ardiente.

Y de pronto es toda, toda llama.

Con una mirada enciende su pelo
y echa girando de golpe con atrevido arte
todo su vestido en este incendio,
del que, como espantadas serpientes,
se estiran crepitando los brazos desnudos, despiertos.

Y después, como si el fuego le fuera poco
lo reúne todo de nuevo y lo arroja,
dominadora, con gesto altanero,
y lo contempla: allí furioso en el suelo,
y llamea todavía y no se rinde.

Pero victoriosa, segura, saludando
con una sonrisa dulce, levanta la cabeza
y lo aplasta con sus menudos firmes pies.

Traducción de Jaime Ferreiro Alemparte, 1968.


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