martes, 2 de enero de 2018

CHIPIONA


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Entre Rota y Sanlúcar, a sesenta kilómetros de Cádiz, bañada por el Atlántico se extiende la villa de Chipiona, a pocos metros sobre el nivel del mar. Apenas cuenta con 20.000 habitantes en invierno, pero los duplica en verano. Su monumento principal es un titánico faro construido por un arquitecto catalán, el mayor de España, tercero de Europa y quinto del mundo.

Los guiños de ese coloso facilitan el acceso de las embarcaciones al Guadalquivir evitando que encallen en la piedra Salmedina. Un faro más antiguo (140 a. C.), maravillosa obra parangonable con el de Alejandría a decir del historiador Estrabón, dio nombre a Chipiona. En efecto, y por el mismo motivo, para evitar escollos a los navegantes que pretendieran remontar el Betis, fue construido por el procónsul Quinto Servilio Cepión: de ahí Turris Caepionis «Torre de Cepión», y de Caepionis, Chipiona.

El actual faro es una majestuosa torre troncocónica que recuerda las columnas conmemorativas romanas, hecha de piedra silícea y ostionera.

Los atardeceres otoñales de Chipiona son tranquilos, como mirar el mar soñando que estabas junto a mí, aunque lo estés, o algo así. 



Chipiona cuenta también con el Santuario de Nuestra Señora de Regla. El edificio actual, neogótico de mecano, fue construido sobre ruinas más antiguas y hasta antiquísimas, por iniciativa de los franciscanos, a principios del XX. 

La leyenda asigna un origen africano a la imagen de la Virgen de Regla. Habría sido venerada por el mismísimo San Agustín ante la inseguridad de que se apoderaran de ella los vándalos y habría sido traída a las costas gaditanas por eremitas agustinos.



Encerrada en un pozo bajo una higuera para evitar la profanación de los musulmanes, la imagen habría sido hallada de modo milagroso en el XIV. Gente menos crédula habla de monjes leoneses, amigos de la conversión de muslimes magrebís allá por la tardía Edad Media.

El gusto por las divinidades femeninas está probado en Chipiona, que es atlántica, igual que en el Mediterráneo. La ciudad rinde culto, como si de una heroína o semidiosa se tratara, a su artista más internacional, la cantante prematuramente fallecida Rocío Jurado.


El trenecico que hace ruta turística por la ciudad te pasea por su antigua casa familiar, una más, a dos alturas, sencilla pero decorosa. Una placa recuerda el hecho de que allí nació la chipionera universal. Y por supuesto, el trenecillo hace estación en el cementerio, donde ocupa un lugar principal el mausoleo de la Señora, como santuario en miniatura:




Los azulejos de su antigua casa rezan: 
La más grande 
Voz del Milenio y Andaluza Universal, 
genial artista 
mejor persona. 

Centrado en la plazuela próxima al templo de la Virgen de la Regla, al soplo de la brisa del paseo marítimo, se conserva otro epigrama con su firma. Allí me llovieron los grillos mientras fumaba un cigarrito y hacía un serio esfuerzo por recordar todos mis conocimientos de grafología con el fin de perpetrar un análisis de la psicología de la santa secular, en base a su signatura.

También en una de las rotondas principales aparece el tipo de la cantante de Amores a solas, más estilizado que, tal cual era, exuberante, poderoso, endurecido al bronce seguramente, con pretensiones de gloria y eternidad.


Santo por otras cualidades, más estrictamente religiosas y morales que artísticas, fue también chipionero don Ramón Gutiérrez, extraordinario salesiano a quien mi compañera y yo tuvimos la suerte de disfrutar de adolescentes como tutor y luego como amigo. Fue el cura que nos casó. Y a quien, además de suministros anuales de magníficos graneles de vino manzanilla de su zona, le debo la profética previsión de que un servidor iba para moralista... (A nadie le gusta esta expresión hoy, "moralista" es alguien que va juzgando y diciendo a la gente lo que debe hacer o dejar de hacer, a menudo de modo hipócrita, pero es otra cosa si digo "profesor de Ética" que es grado más académico, y también más inútil que la moralidad, la decencia y las añoradas buenas costumbres). No se equivocó. Los hombres santos suelen ser profetas.

El caso es que nos dimos un largo, interminable paseo nocturno buscando la casa de Don Ramón. Quien suscribe sufriendo con su artrosis de cadera y un cuádriceps recién restaurado. El pase sin embargo no fue estéril y mereció la pena, pudimos ver la fachada de la casa que buscábamos en una calle corriente de la antigua Chipiona y a los verdaderos chipioneros en su salsa finde, y familiarizar con un aborigen, militar de rebaje, así como echar vistazo y olfatazo al zaguán y mostrador de una añosa y venerable bodega.

Y de vuelta al paseo marítimo y al hotel resultó fantástica la aproximación el colosal y emblemático faro chipionero, que, como otros gigantes, parece cerca cuando están lejos, pero lejos cuando caminas hacia ellos, como si se alejaran.

La noche acabó inmejorable. Quien pudo bailó. A mí me fue suficiente con un brandy de la zona, saboreado a sorbos cortos mientras me adormecía con el maternal pulso de las olas, recordando cómo Rocío había hecho cantar a las algas con su elegante grito de hembra enfebrecida retumbando en el hueco infinito del mar.

2 comentarios:

Sofía Biedma Fuentes dijo...

Muy bonito, aunque me pierda en algunas partes porque no domino el lenguaje arquitectónico. Por cierto, puedes poner el texto en justificado, queda mejor. (Yo también soy moralista)

José Biedma dijo...

Gracias por el comentario, princesa. Eso de la arquitectura tienes que remediarlo estudiando un poco de historia del arte y de los estilos. ¡Consiliencia!