martes, 22 de marzo de 2016

LISBOA



"Surge Lisboa, branca, ao pé do Tejo azul;
A Lisboa das naus,
Construida em marfim, sobre colinas de oiro.
Vede o imenso estuário... (é sonho ou realidade?)
Sob un Azul divino a desfolhar-se em asas!"

Teixeira de Pascoaes, poeta da saudade

De la savia del río Tajo  nació y creció la capital lusitana. Ciudade-río, la denominó el poeta Mário Dias Ramos. La ciudad bordea el río a lo largo de más de quince kilómetros. Hasta que fue construido el puente "25 de abril", el Tajo dividía la ciudad en dos zonas que sólo se comunicaban por barco. La inmensidad del estuario hace fácil confundir aquí las aguas del río con las del mar





"No hay para mí flores como, bajo el sol, el colorido variadísimo de Lisboa"

Fernando Pessoa (Bernardo Soares, Libro del desasosiego, 100.

"Lisboa antigua y señorial" -cantaba mi madre el fado. Lisboa, la bien cantada... Aquí llegaron antes que los romanos, los fenicios, sobre estas colinas que dominan el estuario del río Tajo.


En ella construyeron también los visigodos sus murallas. El gran poeta Camoens le inventó la leyenda de que fuese fundada por el mismo Ulises. Los romanos le llamaron primero Olisipo y luego Felicitas Julia. Al dominio del musulmán le sucedió la conquista de las huestes cristianas del primer rey portugués, Alfonso Henriques en 1147, con el reconocimiento de Alfonso VII "emperador" de León.


Es en el siglo XIII cuando Lisboa se convierte en capital del reino de Portugal, con los descubrimiento atlánticos y la ruta de las Indias, alcanzará su esplendor llegando a ser el puerto más importante del mundo. El el Burlador de Sevilla, Tirso de Molina la señala como octava maravilla, urbe insigne, famosa y nobilísima.


Lisboa mantendrá su aire medieval hasta el terrible terremoto de 1755. Sólo quedó el barrio de Alfama, la ciudad fue reconstruida bajo la batuta del marqués de Pombal con criterios racionalistas propios del siglo de Voltaire (el gran ilustrado entró en crisis de fe a consecuencia de la hecatombe humana causada por el terremoto).

La parte más antigua de la ciudad se escalona a los pies del Castillo de San Jorge, sede de los reyes portugueses durante cuatro siglos.


Hay que coger dos ascensores para trepar a él. Desde la colina más alta del estuario del Tajo, domina Lisboa y se divisa casi desde cualquier parte de la ciudad. En su puerta perdió la vida Martín Moniz luchando bravamente contra los árabes que defendían su alcázar:


Las terrazas y torres de la imponente fortaleza medieval fueron reconstruidas en 1947, al conmemorarse los ocho siglos de la conquista cristiana de Lisboa, y constituyen un fantástico mirador:


En la foto de arriba se ven las torres de la iglesia de San Vicente, cuya reconstrucción fue dirigida por el arquitecto italiano Terzi. Su fachada con tres pórticos es de clara influencia romana.

El templo fue erigido en honor de un santo muy popular en Lisboa. Una leyenda afirma que hacia 1173 embarrancó en uno de los brazos del Tajo una barca sin remos ni remeros, dirigida por un par de cuervos, en la que iba el cuerpo de San Vicente, torturado por los árabes en el Algarbe. Tras ser trasladados los restos del santo a un lugar seguro, los dos cuervos se dirigieron a la catedral de Lisboa, donde anidaron. Las farolas del Chiado recuerdan en hierro la historia sagrada, de la que hemos oído otras versiones.



Entre las populares plazas del Rossio (o de Pedro IV) y del Comercio, con su arteria principal la Rua Augusta se desparraman los turistas a todas horas, entre bancos, restaurantes y comercios. También los mendigos.


La plaza del Rossio fue durante siglos el corazón de la ciudad. Antiguamente, los caballeros lisboetas abrevaban en ella sus caballos, miraban con ojos encendidos a la muchachada y comentaban los acontecimientos políticos. En la Pascua del 1506 se desencadenó desde aquí una terrible matanza que acabó con la vida de dos mil judíos y herejes. Y es que en esta plaza se alzaba antiguamente el palacio de la Inquisición, donde hoy está el teatro de Doña María II, cuyo primer director fue el célebre dramaturgo Gil Vicente.



En el palacio rosa que hay al lado del Teatro Municipal se incubó en 1640 la histórica conspiración de nobles portugueses que llevó al país a independizarse de España.

Durante la reconquista cristiana de la península, los soldados portugueses, los leoneses y los castellanos, se encomendaban a Santiago matamoros en sus campañas, luego los portugueses, enfrentados a los castellanos, sintieron que era contradictorio encomendarse al mismo santo que el enemigo, así que sustituyeron a Santiago por San Jorge, importando la devoción de la pérfida Albión, donde era un santo popular, un viejo héroe matadragones...


El suelo de la plaza del Rossio parece obra de un artista de op-art. Uno se mece y tiembla sobre las olas que dibujan los característicos y diminutos adoquines. Vértigo sientes.


Próxima, entre la plaza del Rossio y Restauradores se levanta la popular estación ferroviaria del Rossio, que antes parece un teatro o un palacio que una estación de trenes, y cuyas puertas en herradura, inconfundibles, fueron construidas en el XIX evocando el gótico gusto manuelino de tiempos pasados.



En el centro de la hermosísima Plaza del Comercio se alza la estatua escuestre de José I, obra de Machado de Castro.


La plaza se abre al río Tajo por el llamado embarcadero de las columnas:


Por el otro lado, el monumental arco de la Rua Augusta da acceso a la Plaza del Comercio:




En los soportales de la plaza del Comercio, los días de fiesta, se organiza un mercadillo con artesanía local.

En el Chiado se alza la estatua del autor de Os Lusíadas, Luis de Camoes, obra de Victor Bastos (1867):

Por aquí abundan librerías (de ir solo, me hubiera pasado la mañana en una de libros antiguos), pastelerías (de nombres tan sugestivos y cosmopolitas como "Au Boheur de Dames"), floristerías... Es el centro mundano de Lisboa. En A Brasileira puede uno tomar una ginja (ginjinha), un licor de cerezas, simulando estar à la page, rodeado de gente que discute de arte, literatura o política. El café que se muele y bebe en Lisboa es excelente.


A la salida puede uno fotografiarse con Pessoa mientras oye, un día sí otro también, música callejera. No fados, esta vez, sino blues.


Menos conocido es Antonio Ribeiro, O Chiado (el Chirrido), que vivió muchos años en esa calle lisboeta. Fue un poeta satírico del Renacimiento, franciscano secularizado pero célibe, genio de la improvisación y la imitación de voces.


No muy lejos de allí y gracias a una lista de restaurantes "humildes pero decorosos" que llevaba el maestro Luis Sierra, cuando apretaba la lluvia, pudimos encontrar buen trato, solaz y restauración en el sencillo O Cerveirense. Cayeron dos botellas de vinho verde, todo a un precio razonable.


"Hay en Lisboa unos pocos restaurantes o casas de comidas en los que, encima de una tienda con hechuras de taberna decente, se alza un entresuelo que tiene el aspecto casero y pesado de un restaurante de ciudad pequeña sin tren. En esos entresuelos poco visitados, excepto los domingos, es frecuente encontrar tipos curiosos, caras sin interés, una serie de apartes en la vida."                                        Fernando Pessoa (Bernardo Soares). Libro del desasosiego, 1.



No nos fue posible comer en la Casa de Pasto de Eurico, y eso que llevábamos recomendación..., ¡overbooking! Y no me extraña a juzgar por los magníficos platos de pescado que vimos en sus mesas. Todo muy casero.


La catedral (Sé) es uno de los monumentos más antiguos de Lisboa. Su aspecto es de fortaleza militar. Ha tenido que ser restaurada varias veces a consecuencia de los terremotos. Pero conserva la pureza de su planta románica, aunque muchos de sus elementos son góticos. Su construcción fue promovida por el primer obispo, inglés, de Lisboa, Gilberto Hastings.


Abajo, Girola de la catedral. En una de sus capillas reposan los restos de Lopo Fernandes Pacheco (XIV), ricohombre y valido de Alfonso IV, el Bravo.


En frente de la catedral está la casa de San Antonio, que aunque murió en Padua, era lisboeta.


El papa Pío VI, a instancias de la reina María, ofreció indulgencia plenaria a quien, en estado de gracia, visite esta casa y esta iglesia en la que vivió el santo (1782): 


San Antonio nació Fernando de Bulhoes. Dice la leyenda que cuando murió todas las campanas de Lisboa tocaron espontáneamente a difunto.

En la misma plaza de la catedral y frente a la casa de San Antonio puede uno tomar uno de esos pintorescos tuk-tuk, taxi-carromatos o triciclos motorizados, de uso reciente en Lisboa (desde 2010), ágiles para subir y bajar cerros por los barrios antiguos de calles angostas de diseño moruno.


La tradición es favorable al tranvía, aunque los guías advierten que hay que tener cuidado en ellos con los carteristas. Pero para coger el que hace el recorrido más pintoresco hay que hacer largas colas.


En distintos barrios de la ciudad es posible salvar las alturas mediante vehículos a raíles, pintorescos ascensores profusamente grafiteados:



El enorme estuario del Tajo es como una gran boca que la península ibérica abre al Atlántico. La Torre de Belén y el Monumento a los descubridores ocuparían el lugar de los incisivos superiores. Sintra y su enorme parque, que linda por el sur con el balneario de Cascais, la nariz y el olfato.


Construida entre los años 1515 y 1521, la Torre de Belén es una fortaleza que vigila la entrada al estuario del Tajo y un monumento emblemático del esplendor de la época de Don Manuel el Afortunado. Durante su reinado (1469-1521) las naos portuguesas bordearon el cabo de Buena Esperanza y llegaron a Brasil.



Traza exterior castrense para una intimidad gótica. De sus cúpulas morunas y bellos balcones, de su blanca piedra, emana un hálito romántico.



Muy cerca está el Monumento a los descubrimientos (Padrão dos Descobrimentos, 1960), que conmemora los 500 años de la muerte de Enrique el Navegante.


El monasterio de los Jerónimos es una joya del arte renacentista y gótico portugués (manuelino). Construido sobre el altar de Nuestra Señora de los Navegantes, ante el cual Vasco de Gama pasó rezando la noche anterior a su partida hacia las Indias. Las riquezas que trajo sirvieron para pagar su construcción, que milagrosamente respetó el terremoto de 1755.


La nave de su iglesia alberga los sepulcros de Vasco de Gama y Camoens, este último vacío porque el terremoto de 1755 aventó las cenizas del genial cantor de Os Lusiadas. Del pórtico sur salía la procesión popular de los pescadores de bacalao, que invocaban la protección de la Virgen antes de lanzarse a navegar por el Océano.


Dicen algunos que sus altas columnas exhiben una romántica palidez comparable a la de las estalagmitas. ¡Bien soñado!


Si uno abandona las grandes vías, se encuentra con una Lisboa de tonos pardos, atacada por el salitre, pero que conserva dignamente las maneras, como las del comercio al por menor, más lentas y personales, de épocas pasadas.


Sus gentes son sencillas y acogedoras, mestizas y soñadoras, cosmopolitas, como muchos de sus apeaderos, como venidas a menos de un imperio, donde se supo muy pronto de las especias y otras maravillas de ultramar. 


Con poco esfuerzo, uno edita las fotos que ha tomado y salva a recortes la belleza evasiva de algunos rincones, dejando al margen a los coches que lo invaden casi todo, aunque no ya el Terreiro do Paço (Plaza del Comercio), que servía de aparcamiento público la primera vez que visité Lisboa, hace casi treinta años. 


El Hotel Edén, al fondo, céntrico en la Baixa, desde su terraza mirador hay un buena perspectiva de Lisboa, donde sorprenden los abundantes tejados de teja verde.










LISBON REVISITED (1926)
Fernando Pessoa

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido...
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.

Me cerraron todas las puertas abstractas y necesarias.
Corrieron cortinas ante todas las hipótesis que podría
ver en la calle.
En el callejón que yo encontré no hay el número de
puerta que me dieron.

Desperté a la misma vida que me había adormecido.
Hasta mis ejércitos soñados sufrieron derrota.
Hasta mis sueños se sintieron falsos al ser soñados.
Hasta la vida tan sólo deseada me harta -hasta esa vida...
Comprendo a intervalos inconexos;
escribo en los lapsos de cansancio;
y es tedio hasta el tedio lo que me arroja a la playa.
No sé qué destino o futuro compete a mi angustia sin timón;
no sé qué islas del Sur imposible me aguardan, náufrago;
o qué palmares de literatura me darán un verso al menos.

No, no sé esto, ni otra cosa, ni cosa alguna...
Y en el fondo de mi espíritu, donde sueño lo que soñé,
en los campos últimos del alma, donde memoro sin causa
(y el pasado es una niebla natural de lágrimas falsas),
en los caminos y atajos de las florestas lejanas
donde supuse mi ser,
huyen desmantelados, últimos restos
de la ilusión final,
mis ejércitos soñados, derrotados sin haber sido,
mis cohortes por existir, despedazadas en Dios.

Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver?
¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que está fuera de mí?

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por salones de recuerdos
con ruidos de ratas y de maderas que crujen
en el castillo maldito de tener que vivir...

Otra vez vuelvo a verte
sombra que pasa a través de sombras y brilla
un momento a una luz fúnebre desconocida
y entra en la noche cual estela de barco al perderse
en el agua que dejamos oír...

Otra vez vuelvo a verte,
mas, ¡ay, a mí no vuelvo a verme!
Se rompió el espejo mágico en el que volvía a verme idéntico,
y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo de mí,
¡un pedazo de ti y de mí!

(Traducción de José Antonio Llardent)



"Soñar es ver las formas invisibles
a distancia imprecisa, y, con sensibles
impulsos de esperanza y voluntad
buscar allá en la fría línea del horizonte
árboles, playas, flores, aves, fuentes:
besos que nos debía la Verdad."

F. Pessoa, "Horizonte, Mar portugués"
(traducción Jesús Munárriz)



"Bien podría ser que Lisboa, contrario de lo que parecía, no fuera ciudad, sino mujer, y la perdición solo amorosa, si el restrictivo adverbio tiene cabida aquí, si no es ésa la única y feliz perdición."
                                                                                      José Saramago

María y Jesús muerto, escultura de la catedral de Lisboa







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