viernes, 23 de mayo de 2014

Estambul / 2. Imperio romano de oriente

Muy cerca del obelisco egipcio, salimos del taxi. Queremos aprovechar el tiempo para no hacer largas colas y acceder lo antes posible al palacio de Topkapi. Nada más salir del vehículo, nos invitan a comprar guías turísticas de Estambul en español. Nos hemos preguntado varias veces cómo descubren tan rápido que somos españoles... Tal vez por lo que hablamos, por como andamos... Las mujeres del grupo rechazan las guías. Y los vendedores aciertan a decir "¡mujeres mandonas!". Otros españoles antes que nosotros les habrán reído la gracia y accedido a comprar la guía, y el dicho se ha convertido en un hábito, en un truco de venta para buscarse la vida...

El obelisco egipcio se construyó, aunque parezca increíble, en el 1500 antes de Cristo. Se levantaba a las afueras de Luxor, junto a las pirámides, hasta que Constantino I el Grande, emperador romano desde el 306 al 337 lo hizo traer a la ciudad. En la actualidad está roto y probablemente sólo es un tercio de su altura original. La base en la que se apoya es del siglo IV. En ella se ve a Teodosio I, que dividió el imperio entre sus dos hijos, Honorio y Arcadio, antes de que el lado latino, occidental, cayese en manos de los bárbaros.


En el siglo VI, el emperador Justiniano, compilador del famoso código jurídico, sobornó a dos monjes persas, que habían vivido en China, para que volvieran allí y regresaran con huevos de gusanos de seda escondidos en el hueco de unas cañas de bambú. Alrededor del 550, Constantinopla comenzó su propia producción de seda, de aquellos gusanos descienden todas las mariposas que han tejido su capullo de seda en Europa, hasta los tiempos modernos. Los musulmanes de Al-andalus exportaban la seda que se producía en nuestra península, sobre todo por el puerto de Almería hacia los importantes mercados orientales, cuando grandes bosques de moreras rivalizaban aquí con encinas, pinos y olivos.

Nudo de carreteras en el moderno Estambul
Desde Constantinopla, y luego desde Estambul, partía la famosa Ruta de la seda que anduvo Marco Polo a fines del XIII, adentrándose en la Capadocia. Estambul ha seguido siendo el puente entre Europa y Asia, como lo fue la Constantinopla romana y mucho antes Bizancio, fundación griega (hacia 657 a. C.). De ahí su importancia comercial, pues puede fácilmente abarcar ambos mercados, el occidental y el oriental. Esto lo supieron muy bien tanto los venecianos como los genoveses, que tan importante papel jugaron en la historia de la ciudad. Tampoco es desdeñable el consumo interno de una ciudad con más de quince millones de habitantes y una nación (Turquía) con casi setenta y tres.

Estambul es turca por derecho de conquista, pero no de fundación. Durante más de mil años, poderosas murallas defendieron Constantinopla de la barbarie. Dentro de aquellos muros se conservó la mayor parte de la cultura antigua, valiosas obras de arte, impagables pergaminos y códices científicos, hasta que la invención del cañón a principios de nuestra edad moderna (la pólvora procedía de China) hizo inútiles aquellos vastos muros.

En 626, por poner un ejemplo, unos 80.000 ávaros y eslavos llegaron hasta las murallas de Constantinopla para asaltar la ciudad. El patriarca Sergio organizó la defensa con tranquilidad. Las naves trajeron los abastecimientos necesarios, y los ávaros conscientes de que fracasarían empezaron una lenta y sombría retirada. En el 630, tres siglos después de la fundación de Constantinopla (la "segunda Roma"), el imperio se mantenía en pie. Ya habían pasado ciento cincuenta años desde la caída de la parte occidental del Imperio Romano, la parte oriental seguía intacta bajo un poder ininterrumpido desde los días de Augusto. En esos tiempos todas las islas del Mediterráneo eran bizantinas y una buena porción de la propia Italia. Al sur de su bota, todavía existen pueblecitos perdidos en los que se habla griego.

Tampoco los árabes consiguieron nada. En el 637 se apoderaron de Jerusalén, y en 642 rindieron Alejandría, donde se perdió lo que había dejado el fanatismo cristiano de su legendaria biblioteca. Siria y Egipto cayeron para siempre. Fue por entonces cuando, al finalizar el reinado de Heraclio, el Imperio Bizantino se fue convirtiendo en lo que los occidentales de finales de la Edad Media llamarían el Imperio Griego. De hecho, bajo el gobierno de Heraclio, el latín dejó de ser por fin el idioma oficial de la corte y del derecho y las leyes empezaron a promulgarse en griego, unificándose la religión, el idioma y el pensamiento. Las barbas volvieron a ponerse de moda. Para el barbudo oriental, el occidental llegó a parecer un eunuco. Para el afeitado occidental, el oriental se asemejaba a un bárbaro. Un elemento más para la suspicacia mutua.

El Islam, construido con jirones teológicos de judaísmo y cristianismo, rendía cuidadoso homenaje a Jesús y María, aunque no aceptaba la divinidad de aquél. Los cristianos de Siria y Egipto aceptaron con facilidad el Islam. Los cristianos tenían que pagar un impuesto especial en territorio islámico y además estaban excluidos de la administración del Estado. Sus idiomas nativos retrocedieron frente al árabe, la lengua santa del Corán. Cada provincia conquistada se convirtió en un eslabón más de la maquinaria islámica de guerra. En el momento de la subida al trono de Constantino IV, los ejércitos islámicos amenazaban en el actual Túnez a la misma Cartago, ultimo bastión del poder "romano" en la costa africana. En el 669 los árabes invadieron Sicilia. La población berberisca de África del Norte se islamizó y se unió también a los ejércitos árabes. Por el este, desde Persia, el Islam penetró también hacia el centro de Asia.
Alminar o minarete de la mezquita de Soleimán

En el 673, los árabes se atrevieron a sitiar Constantinopla. Si hubiera caído, probablemente Europa sería ya islámica. Asimov afirma que en el VII y el VIII (antes de Carlomagno) no existía poder tan grande en Europa que hubiera podido detenerlos. La Constantinopla acorralada no sólo se defendió a sí misma, sino a toda la cristiandad. La clave estuvo en un arma secreta, inventada por Calínico, un alquimista de Egipto o Siria: el "fuego griego" con el que los bizantinos quemaron las naves árabes. Se trataba de una sustancia que producía una llama que desafiaba el agua. Toda la flota árabe acabó destruida al sur del Asia Menor. Fue la primera gran derrota que los árabes sufrieron después de medio siglo de constantes victorias. Desde entonces, durante cuatro siglos largos, Constantinopla y su bases militares en Asia Menor fueron el escudo de la Europa cristiana contra la amenaza islámica. De todos modos, en el 698, Cartago cayó, y con esta ciudad todo el norte de África, desde el mar Rojo hasta el océano Atlántico, se islamizó, hasta hoy. Como sabemos, en el 711, una partida avanzada de berberiscos islámicos entró en Hispania y, en poco tiempo, ocupó casi todo el país.

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