miércoles, 21 de mayo de 2014

Estambul / 1. Nostalgia de Constantinopla

La columna de Constantino y el coliseo,
en una reconstrucción fantástica.

La toma otomana de Constantinopla en 1453 selló el fin del Imperio Bizantino. Es triste enterarse de que los cristianos que la saquearon en 1204 fueron más destructivos que los turcos, dos siglos y medio después, aunque, en verdad, a los turcos les quedaba ya mucho menos que destruir.

Los cruzados profanaron Hagia Sofia y sentaron a una prostituta en el trono del patriarca para que presidiera sus juergas de borrachos. Las obras de arte de Constantinopla se dispersaron por todo el mundo..., los caballos que adornaban el hipódromo son los que hoy se ven en San Marcos de Venecia. Lo peor fue que los iracundos y analfabetos cruzados, bárbaros occidentales, destruyeron un tesoro en documentos y libros antiguos que no hemos podido recuperar. Y así cayó un gran telón entre la cultura antigua y nosotros.

Constantino, emperador romano, quiso reconstruir la antigua ciudad griega de Bizancio ( fundada hacia el 657 a. C.) como una "nueva Roma", incluso asegurándose de que se edificara sobre siete colinas. Por eso mandó alzar un foro, un senado, un palacio y un hipódromo con capacidad para 60.000 personas. El 11 de mayo de 330 se dio el toque final a la nueva capital oriental del Imperio Romano, izando una estatua del dios Apolo, dios del sol, en la cima de una gran columna del foro.

Sur del mar Negro, con el Bósforo al fondo.
A vista de pájaro turco.
Más allá, el mar de Mármara

Como Constantino se había vuelto cristiano, quitó la cabeza de Apolo y la sustituyó por la suya. Los jenízaros acabarían subiéndose a la columna construida con pórfido de Heliópolis (Egipto) para demostrarse valor. Una tormenta la derribó en 1106. En 1701, el sultán Mustafá III renovó los anillos que preservaban sus restos, por eso se le llama en turco Çemberlitas (columna reforzada). A su lado, un antiguo hamam (baño turco, construido por el arquitecto Sinan en 1584) lleva ese nombre. El viajero no se sentirá frustrado si se somete a las friegas y masajes que experimentadas manos acostumbradas a pieles extranjeras le proporcionarán en ellos.

Se cuenta que en la base de la columna se guardan reliquias sagradas fantásticas: el hacha de Noé, un frasco de perfume de María Magdalena y restos de los panes con que Cristo alimentó a la multitud.

Mezquita azul
Los primeros jefes otomanos eran caudillos de tribus guerreras, venidas de la profundidad de Asia, fronterizas con el imperio bizantino. A partir del siglo XIII, una dinastía controló el Estado y gobernó un gran imperio. Tras la toma de Constantinopla el sultanato turco fue temido por su poder y crueldad.

Posteriormente, los sultanes llevarían una vida decadente, dejando los asuntos de Estado en manos de visires o eunucos. Selim I el Cruel (1512-1529) se proclamó "califa" (sucesor de Mahoma) tras conquistar Egipto. A Selim II (1566-1574) se le llamó el Beodo porque prefería la bebida y el harén al poder político (¡como tonto!). Murat III (1574-1595) tuvo más de 100 hijos. Solimán I el Magnífico (1520-1566) expandió el imperio y propició una edad de oro artística. Fue Ahmet I (1603-1617) quien mandó construir la mezquita Azul en el centro de la ciudad a la que los turcos llamaron Estambul.

Cada sultán tenía su "tugra", su firma característica. La caligrafía es una de las más nobles artes islámicas. Como estaba prohibido la representación de figuras humanas o de animales, la escritura muy estilizaba decoraba, junto a los temas vegetales, no sólo los decretos imperiales, sino también los libros de poesía, las ediciones lujosas del Corán, los edificios, los azulejos... El calígrafo no podía alterar el sentido del texto sagrado, pero en los decretos oficiales podía trabajar con más libertad. La firma del sultán era su monograma personal y se componía de su nombre, títulos y una invocación de victoria.

Decoración interior del harén de Topkapi
El turco no es una lengua semítica, sino que pertenece a la familia de las uralo-altaicas, como el turcomano, el azerí y el gagauzo. Aunque no tenga nada que ver con ellos, comparte con el vasco y el japonés la característica de ser una lengua "aglutinante": sobre todo mediante sufijos añadidos a las raíces puede expresar bastantes significados con pocas palabras. Su morfología es tan regular que se dice que sirvió para la construcción del esperanto. El verbo se usa al final de las frases y carece de género gramatical.

Las más antiguas inscripciones túrquicas conocidas (runas parecidas a las germánicas) las descubrieron arqueólogos rusos y se hallan en Mongolia y son del siglo VIII. Con la expansión turca desde el Asia central hacia Asia menor a principios de la Edad Media europea (siglos VI al XI), las lenguas túrquicas cubrieron una vasta zona geográfica desde Siberia hasta Europa y parte del Mediterráneo. La dinastía selyúcida en particular llevó su lengua, el turco oghuz (ancestro directo del actual idioma turco), a la península de Anatolia en el siglo XI. También durante el siglo XI, el lingüista Mahmud al-Kashgari, publicó el primer diccionario de una lengua túrquica.

Decoración caligráfica de un dintel en el harén de Topkapi

El idioma turco se escribió con caracteres árabes hasta que el gobierno del padre de la patria moderna turca, Mustafa Kemal Atatürk (1881–1938) decidió que se empleara el alfabeto romano, con 8 vocales y 21 consonantes. La c se pronuncia "y" (como en yate), la ç se pronuncia "ch" (como en cheque) una g con una luna lorquiana arriba alarga la vocal precedente pero no se pronuncia, i se pronuncia ih, ö se pronuncia oe, la s con un ganchito abajo se pronuncia sh; ü se pronuncia iu; y la h se pronuncia como una jota suave. Su musicalidad resulta rotunda, nada agresiva al oído y con gran armonía vocálica, con menos aspiraciones que el árabe y muchos sonidos [k]. No suena mal como lengua cantada, aunque la música popular turca resulta muy reiterativa. En las radios de Estambul sorprendí su gusto por el tango y la música hispana, más que la anglosajona.

Aprendí con dificultad a decir gracias en turco (Tesekkür ederim), cosa que algún turco me agradeció de corazón, pues no será frecuente que los turistas occidentales lo intenten.

Curiosamente, nos ha sido más fácil hacernos entender en español que en inglés, idioma este que pocas personas de la calle chapurrean. Una cosa sorprendente es la extraña pronunciación del inglés thirsty, treinta, como *torti. Por lo visto, [torti] es una pronunciación generalizada, según me confirmó una estudiante asturiana a la que encontramos en el Gran Bazar, una estudiante enamorada de Estambul y que cursa el final de su carrera de derecho con una beca Erasmus. Aprendí ese extraño treinta, treinta liras turcas, la noche que un taxista, de los miles de clandestinos que hay en la ciudad, intentó y consiguió timarme. Los taxistas legales tienen un escudo en la puerta del vehículo, pero tampoco son de fiar... Como siempre en Estambul, hay que negociar el precio, y el regateo suele ser duro, particularmente a altas horas de la noche. Y sin embargo se trata de una ciudad bastante segura, en la que no se percibe la existencia de carteristas... Y bastante limpia, en la que no se ven por ninguna parte mierdas de perros.

1 comentario:

José Biedma dijo...

"El viajero reconoce Constantinopla en la ciudad que corona desde tres orillas un largo estrecho, un golfo angosto y un mar cerrado".

Italo Calvino. *Las ciudades invisibles*