lunes, 18 de junio de 2012

En memoria de don Manuel Azaña

Para Irene Vega

En Montauban, sentimos como un deber patriótico acercarnos a ver la tumba de don Manuel Azaña (Alcalá de Henares 1880-Montauban 1940), excelente político y escritor, quien -como pidió Unamuno- no debería ser juzgado por lo que logró, sino por lo que intentó y por los medios -pacíficos y dialécticos- que usó para ello.

En 1931 Azaña se perfilaba como nuevo jefe del gobierno de la República española tras decretar en su famoso discurso de 13 de octubre el laicismo del Estado. Su alegato a favor del estado laico pretendía, no obstante, provocar el rechazo de la enmienda socialista que no se conformaba con la separación de Iglesia y Estado -lo que podía incluso ser aceptado por republicanos católicos como Alcalá Zamora o Miguel Maura-, sino que pretendía la disolución de las órdenes religiosas y la nacionalización de sus bienes, lo que chocaba con el principio de libertad religiosa. Los socialistas querían borrar a la Iglesia católica de la realidad española.

A don Manuel le pasó lo que a tantos espíritus moderados en España, son denostados por los energúmenos de uno y otro bando: "El enemigo de un español es siempre otro español. El español es ser al que siempre gusta decir lo que se le antoja, pero le molesta que haya otro español que goce de igual libertad" (Discurso de Barcelona, 18 de julio del 38). La izquierda marxista le considera un pequeño-burgués, la derecha le considera demasiado radical o progresista.

Ejerció el periodismo y el ensayismo desde muy joven. Pedro Cerezo le considera un magnífico crítico literario y hay quien afirma que creó una de las prosas más bellas y mejor estructuradas del siglo XX (Alberto Ollé). Como narrador fue -en palabras de Unamuno- un "escritor sin lectores". ¿Mejor escritor que político?, ¿mejor orador que escritor? Sin embargo, fue si no el más brillante, sí uno de los parlamentarios más brillantes de la España contemporánea.

Manuel Azaña ingresó primero en el Partido Reformista que abandonó en 1923 por colaborar con la dictadura de Primo de Rivera. En 1925 fundó Acción Republicana, que fusionó con el Partido Radical de Lerroux en la Alianza Republicana. Formó parte del Pacto de San Sebastián (17 de agosto de 1930), cuyo comité revolucionario presidido por Alcalá Zamora fue el embrión del gobierno provisional de la República y de sus cortes constituyentes. Las elecciones de 1931 resultaron un plebiscito sobre la monarquía, que ésta perdió.

La quiebra de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y de la "dictablanda" de Berenguer, arrastraron con su caída a la monarquía cómplice, y el panorama político se simplificó. El republicanismo, apenas significativo antes de la dictadura, atrajo el interés de los liberales y de los partidos radicales de signo social, no porque creyeran en la República, sino porque la sentían como una oportunidad para la revolución. "Desde su comienzo la República liberal se hallaba, pues, entre dos frentes, cogida en las tenazas de la reacción y de la revolución" (Pedro Cerezo, El mal del siglo, Madrid, 2003). Los republicanos como Azaña hicieron cuanto pudieron por llevar a cabo -desde arriba- su programa de reformas modernizadoras y sociales, pero "su singladura fue tormentosa y agitada hasta llegar finalmente a naufragar en la Guerra Civil" (Ib. pg. 712).

Azaña, como Unamuno, Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Antonio Machado...,  formó parte de la legión de intelectuales que contribuyeron al advenimiento de la Segunda República, creyendo que con ello conseguirían regenerar los cimientos de la vida política española. "La República representaba el ideal de una España en forma, en posesión de sí misma, y en trance de superar todos los demonios familiares. Pero éstos parecieron concitarse más vivamente en su contra" (Ibidem).

En la Segunda República, Azaña asumió el ministerio de la guerra, desde el que suprimió la vergonzosa "ley de cuotas" que permitía a los chicos ricos librarse del servicio militar y de la interminable guerra de África.
Tras el discurso de Azaña sobre el artículo 26 de la constitución que establecía la laicidad, Alcalá Zamora dimitió como presidente del gobierno. Una vez más, Azaña mostró su facilidad para generar consensos, ofreciéndole a don Niceto la presidencia de la República.

Fue Manuel Azaña quien instauró el voto femenino. Cada reforma que emprendía le granjeaba enemigos a izquierdas y a derechas. El más poderoso, la CEDA (antirrepublicana), que convirtió el catolicismo en militancia política.


En 1933 Azaña no consiguió unir a todas las fuerzas republicanas y ganó la derecha. En octubre de 1934 se produce la revolución socialista y comunista, asesinatos fascistas, proclamación de la república catalana, insurrección de los mineros... En sus mítines a favor de la república, Azaña llegó a congregar a 700.000 personas. Tras el "escándalo del estraperlo" y la victoria del frente popular (1936), Azaña, como presidente del gobierno, intenta integrar a la CEDA en el juego democrático y contentar a los izquierdistas con una amnistía.

La posición de Azaña tras el alzamiento militar es moralmente incómoda: defendía la legalidad republicana pero veía como se cometían todo tipo de desmanes en su nombre. Convencido ya de la derrota republicana, permaneció en Barcelona hasta el 6 de febrero de 1939, fecha en la que dimitió y cedió la presidencia a Martínez Barrio. Murió exiliado, el tres de noviembre de 1940 en Montauban, víctima de una antigua dolencia cardiaca.

En su discurso de 13 de octubre de 1931, Azaña señalaba tres problemas de España que no habían sido resueltos: el problema de las autonomías, el problema social y el problema religioso. Para Azaña, el verdadero problema religioso no debería exceder de la conciencia personal. La frase "España ha dejado de ser católica" seguramente incomodó a media España, pero no dejaba de ser la fría constatación de un hecho histórico.

Si bien Azaña se muestra partidario de una radical separación de la Iglesia y el Estado, esto no puede implicar el desconocimiento de la existencia de la primera. Plantea el dilema de escoger entre el respeto a la libertad de conciencia, tolerando la labor de las órdenes religiosas que se oponen a la libertad republicana, es decir, ellas mismas no tolerantes, y la eliminación de las órdenes, para poner a salvo a la república y al Estado laico, eliminando así uno de sus principios: la libertad religiosa. Ante este dilema, propone -muy dialecticamente- sumar un término mayor (síntesis) a la tesis y a la antítesis de la antinomia. Tratar desigualmente a los desiguales para garantizar la salud del Estado. Es decir, propone disolver aquellas órdenes que, además de los tres votos canónicos, prestan otro de obediencia a una autoridad distinta de la legítima del Estado, aludiendo con ello, claro está, a los jesuitas.

Sin embargo, previene frente al extremismo, él no va a caer en el ridículo de enviar a los agentes de la República a clausurar conventos para que en torno a ellos se forme la leyenda de un falso martirio... "guardémonos de extremar la situación aparentando una persecución que no está en nuestro ánimo". Cree que la labor benéfica de las órdenes religiosas es encomiable, pero que esconde un proselitismo discriminante, de trato preferente al que es católico frente al que no. Insinúa que esas labores asistenciales deberían ser ofrecidas por el Estado. Y desde luego, reclama el fin de los privilegios de la Iglesia en materia de enseñanza, ¡por motivos de salud pública! Era consciente de que "en el orden de las ciencias morales y políticas, la obligación de las órdenes religiosas católicas, en virtud de su dogma, es enseñar todo  lo que es contrario a los principios en que se funda el Estado moderno".

Las palabras de su sencillísima tumba sirven de título al discurso de 1939 en Barcelona y de colofón esperanzado a aquel "desgarro": "Paz, piedad y perdón". Dan que pensar en un profundo sentimiento religioso, que depura del mismo sus absurdas perversiones políticas.



También son suyas estas otras:

"A pesar de cuanto se hace por destruirla, España subsiste".

2 comentarios:

Carolus Brigantinus Barbatus dijo...

España tuvo y mantiene una mala salud... de hierro ;-)

alfonso dijo...

aunque como catolico piense y crea que la agresion hacia la Iglesia catolica,en aquellos años tan tumultuosa,y hoy tan persistente,demuestra que Manuel Azaña tenia razon en cuanto a que en este pais,o piensas como yo o eres mi enemigo,cuando de la sana discrepancia y del dialogo intelectual pueden surgir puntos de vista y fronteras de entendimiento,pero pensando en Antonio Machado,y no solo se puede aplicar al pensamiento politico,de cada diez españoles uno emplea la cabeza para pensar y el resto para embestir.