lunes, 7 de mayo de 2012

ALBI


Catedral de Santa Cecilia de Albi
La cruzada contra los albigenses

En 1145, San Bernardo vino a predicar contra la herejía cátara a Toulouse y a Albi, sin demasiado éxito. Los cátaros, a los que también llamamos albigenses, por la importancia de la herejía en esa ciudad, resultan tan exóticos hoy, como pudieron parecer entonces. Han sido asociados a los bogomilios búlgaros. En 1167 llegó al sur de Francia un dignatario bogomilio, Nicetas, y se reunió un concilio cátaro cerca de Toulouse, al que asistió el obispo de Carcasona, el consejo de la iglesia cátara del valle de Arán y una inmensa muchedumbre.

¿Gnósticos?  ¿Maniqueos? Negaban el valor de los sacramentos católicos, rechazaban el bautismo, la eficacia de la eucaristía, los sufragios por los difuntos, eran iconoclastas y enemigos de la cruz. Su cosmología dualista hacía del mundo una creación de Satanás. Del diablo procedía también la carne, por lo tanto condenaban tanto la copulación como el matrimonio y eran vegetarianos estrictos, no comiendo ni pescado ni huevos ni quesos. 

¡No comer quesos en Francia es sin duda una herejía y un ascetismo extremo, insufrible! No me explico muy bien por qué la Iglesia los persiguió; con ese catecismo, y si lo hubieran cumplido fielmente, los albigenses, a falta de reproducción, se hubieran extinguido enseguida, o sólo hubieran sobrevivido los hijos de “pecadores”.

Pórtico de la catedral de Albi
Lo peor es que le atribuían al diablo el mismo poder que a Dios, al que hacían responsable sólo de la creación del espíritu y no del mundo. También el hombre habría sido concebido por el maligno. Rechazaban el Antiguo Testamento, como libro de hazañas diabólicas. Y negaban la doble naturaleza de Jesús que para ellos –detractores de la carne- no podría haberse encarnado, sino que fue un "espíritu puro". La iglesia, el papado, los padres, eran nuevas encarnaciones del mal. Y la cruz era el signo de la bestia del Apocalipsis, debiendo su culto ser radicalmente suprimido. Tampoco parece que tuvieran en gran consideración el trabajo. No alababan la pobreza y tampoco metían el dinero en su reprobación de la materia.

Sin duda, como insinúa Jacques Le Goff -gran conocedor del pensamiento de la baja edad media-, a estas doctrinas más o menos puritanas o extravagantes, debían mezclarse sentimientos de injusticia respecto a la iglesia oficial, indignación frente a sus dirigentes, e inadaptación a los nuevos tiempos. Seguramente también un deseo de autonomía política frente a los poderes del norte. La herejía preocupó por la posibilidad de que bajo la nueva fe se fundara una corona cátara en el sur de Francia… Rivalidad eterna entre la Francia del Norte, semigermánica, y la del Mediodía…

Menéndez Pelayo (Historia de los heterodoxos españoles (I, III, II)) define a los albigenses, cátaros o patarinos como una rama del maniqueísmo, muy distinta de los valdenses, insabattatos o pobres de León, que constituyeron, por el mismo tiempo, una secta laica y comunista. El maniqueísmo, fundado por el profeta parto Manes o Mani en el III d. C., doctrina que profesó San Agustín en su juventud,  había sobrevivido a duras penas en el imperio bizantino. Se dice que el emperador Anastasio y su mujer, Teodora, alentaron la secta, cuyas doctrinas se divulgaron en Tracia y Bulgaria y, por ignotos caminos, llegaron a las naciones latinas hacia el apocalíptico año 1000, cuando el desorden era norma en Europa y se temía el fin del mundo. El maniqueísmo reapareció en Orleáns, Aquitania y Tolosa (Toulouse). Fue en Italia donde se les llamó “cátaros”, o sea,  "puros" por su severidad de costumbres,  “pensaban mal del Jehová del Antiguo Testamento”, se añade en los cronicones. Dos canónigos de Orleáns y una italiana eran los dogmatizadores. En el siglo XII, Pedro de Bruys y un tal Enrique divulgaron la doctrina en el Languedoc, donde se les opusieron Pedro el Venerable y San Bernardo. Llegaron a tener un antipapa búlgaro, Nicolás (el Nicetas al que cité antes), que visitó Tolosa en 1167, y celebró concilio, al que acudió el obispo de Albi, Sicardo Cellarerio, y Bernardo Catalani, representante de la iglesia de Carcasona. Reconocían grados de iniciación y ocultaban muchos de sus dogmas, sobre todo acerca del origen del mal. Parece ser que la mayoría de los trovadores de Provenza se pusieron de parte de los albigenses y del conde de Tolosa, más por motivos políticos que religiosos.

Interior de la catedral de Albi

Puede que los albigenses se anticipasen, sin demasiado éxito, a la pretensión de libre examen y libre interpretación de los textos sagrados que luego caracterizó a la reforma protestante. Hacia 1200, la extensión de la herejía,  por el Midi y el centro de Francia, el norte de Italia, Flandes y Hungría, era tan grande, que Inocencio III toma medidas. En el Languedoc, el conde Raimundo VI parece favorecer a los herejes. El espontáneo predicador español Santo Domingo de Caleruega fracasa estrepitosamente con ellos. En 1207, el papa excomulga al conde Raimundo y lanza el entredicho sobre sus tierras. Su legado es asesinado e Inocencio III predica la cruzada contra los albigenses. Ni el rey de España ni el de Francia responden a su llamada, pero muchos aventureros, pequeños señores y eclesiásticos del norte de Francia se lanzan a la cacería. “Cincuenta mil guerreros tomaron la cruz –escribe Menéndez Pelayo-; la Francia del Norte, enemiga inveterada de los meridionales, vio llegada la hora de vengar sus ofensas y redondear su territorio”. En 1209, los cruzados toman Béziers y proceden a la matanza de mujeres, niños y viejos, refugiados en una iglesia. Saquean e incendian, comenzando por la catedral. Simón de Monfort pasa a ser vizconde de Béziers y Carcasona, y arrebata a Raimundo sus estados, con excepción de Toulouse y Montauban.

El rey Pedro II de Aragón, a la sazón soberano de los señores del Languedoc, acude en auxilio de Toulouse y es derrotado por Simón de Monfort y muerto en la batalla de Muret (1213)... "Y fue tan malamente herido, que por medio de la tierra quedó esparcida su sangre, y a la hora cayó tendido y muerto, dice el cronista. Los otros, al verle caer, tuviéronse por vencidos, y comenzaron a huir sin resistencia... Muy grande fue el daño, el duelo y la pérdida cuando el rey de Aragón quedó cadáver ensangrentado y con él muchos barones: duelo grande para la Cristiandad fue el de aquel día" (1).

Fresco de la catedral de Albi

 Cuando el concilio de Letrán de 1215 sustrae sus tierras a Raimundo, la población del Languedoc se levantó a su favor. Comenzó una nueva cruzada. En 1218 muere Simón de Monfort en el sitio de Toulouse, y hay que esperar a que acuda el rey de Francia, Luis VIII, para que los cruzados en 1226 obtengan éxitos decisivos, consagrados por el tratado de París de 1229. Todo parece indicar que por debajo de la disputa religiosa se ocultaban intereses políticos de dominio del territorio, entre aragoneses, provenzales y francos. El rey de Francia convertirá en tierras de realengo, o sea, o sea hará propias una parte de los territorios del conde de Tolosa. Se desmantelan las fortalezas… de modo que el principal resultado de la cruzada contra los albigenses será permitir al rey capeto el acceso directo al Mediterráneo, preparando la unión de la Francia septentrional con la meridional… La última resistencia, la última fortaleza cátara, será el castillo de Montségur.

"Resumamos: la herejía fue lo de menos en la guerra de Provenza. Dominaba allí un indeferentismo de mala ley, mezclado con cierta animosidad contra los vicios, reales o supuestos, de la clerecía. Había, además, poderosa tendencia a constituir una nacionalidad meridional, que quizá hubiera sido provenzal-catalana, tendencia resistida siempre por los francos. Bastaba una chispa para producir el incendio, y la chispa fueron los cátaros" (Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos... I, III, II, II). 

A pesar de todo ello, la herejía cátara no concluyó, continuó, clandestina, durante años en el Languedoc y progresó en el resto de Europa. En 1250 un hereje reconvertido en dominico enumera 16 iglesias cátaras, e importantes grupos en España. Pero la Iglesia ya había puesto en marcha  una forma de lucha  más eficaz que los ejércitos cruzados: los tribunales de la Inquisición. Su origen puede hallarse en la bula Ad abolendam de Lucio III, en 1184. En 1252, otra bula de Inocencio IV justificaría la tortura. Como suele suceder, muy pronto algunos herejes arrepentidos y travestidos en dominicos se caracterizarán por sus excesos, por ejemplo Roberto el Búlgaro, que hizo estragos entre 1235 y 1240 en Flandes, Borgoña y Champaña. El primero de los manuales de inquisidores conocidos fue escrito hacia 1241-1242 por un dominico aragonés, el cardenal Raimundo de Peñafort, pero el más célebre será el de Bernardo Gui, inquisidor de Toulouse, escrito hacia 1321.

La imponente Catedral de Santa Cecilia de Albi, edificada en ladrillo, se empezó a construir hacia 1282, prolongándose los trabajos por espacio de dos siglos. Un ejemplo formidable del triunfo del catolicismo, en gótico flamígero.

nota
(1) Trad. de Menéndez Pelayo de los versos de Historie de la croisade contre les Albigeois, écrite en vers provençaux par un poète contemporain, traduite et publiée par M. Fauriel (Paris, 1837). Se conoce este poema por el de Guillermo de Tudela...

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