sábado, 10 de marzo de 2012

Dublín. Bebedores


Estatua de James Joyce


“He went through the narrow alley of Temple Bar quickly, muttering to himself that they could all go to hell, because he was going to have a good night of it.”

Cabrera Infante traduce las palabras de Joyce: “Con paso rápido atravesó el estrecho callejón de Temple Bar, diciendo por lo bajo que podían irse todos a la mierda, que él iba a pasarlo bien esa noche”.

El protagonista de Duplicados (Counterparts, lo cual significa más bien “homólogos”, “equivalentes”), es un tal Farrington, un oficinista grandote y borrachín, de poca monta y escasa capacidad de trabajo, que ha de soportar las incesantes broncas de un jefe con acento de Irlanda del Norte. Su esposa, a la que apenas se alude al final del cuento, “era una mujercita de cara afilada que maltrataba a su esposo si estaba sobrio y era maltratada por éste si estaba borracho”. Esa tarde, particularmente frustrado y ansiando emborracharse, Farrington ni siquiera consigue llegar a ebrio gastando el dinero que le abonan por empeñar su reloj. Cuando vuelve a casa frustrado la paga con su hijo, uno de los cinco que ha producido. El final del relato resulta descorazonador:
“‘O pa!’ he cried. ¡Don’t beat me, pa! And I’ll… I’ll say a Hail Mary for you… I’ll say a Hail Mary for you, pa, if you don’t beat me… I’ll say a Hail Mary…’”

Grupo exterior, crucifixión, de San Lorenzo

No me explico por qué Cabrera Infante sustituyó el “Avemaría” del original -que promete rezar el niñito si su padre no le pega- por un “padrenuestro”, ni cómo –en el texto de antes- ha sustituido “infierno” por “mierda”. En fin, libertades del artista -en este caso traductor-, o tal vez tenga que ver con el hecho de que manejo la edición de Dublineses de Penguin Books, que no respeta las constantes supersticiones tipográficas del autor irlandés ni las correcciones queridas “por aquel/que en vida admirara a Parnell”. Tampoco me explico muy bien el sentido del título original, que algún traductor (hombre o máquina) vuelca, muy literalmente, por Contrapartes.

El relato es un ejemplo perfecto de cómo la frustración cabrea a las personas, y de cómo éstas intentan desahogar la furia con los más débiles e inocentes. La secuencia es frecuente: frustración-alcoholismo-resentimiento-maltrato doméstico. El protagonista es humillado por su jefe, luego, por el desinterés de la mujer de un pub que le atrae, pero que no le presta la menor atención, y, por último, pierde varios pulsos, y su prestigio de hombre fuerte delante de sus amigos. Quien paga el pato (mecanismo freudiano de desplazamiento) es -ya que la esposa está en la iglesia-, un menor, al que su padre golpea brutalmente con un bastón, con la excusa de que no ha sabido mantener la candela y la comida caliente, descargando en el pobre niño toda su furia y rabia contenida, mientras este le ofrece, a cambio de la paliza, un Avemaría.



La única ambición de la vida de Farrington es conseguir dinero para emborracharse. Su cara congestionada toma “el color del vino tinto o de la carne magra”.  Aquí Cabrera Infante se muestra en verdad creativo, Joyce –al menos según mi edición de Penguin- escribe simplemente: “dark wine or dark meat”. Ya antes de acabar la jornada, Farrington se despista a la tienda de O’Neill para sorber “a glass of plain porter”. Durante la noche gastará el dinero del reloj empeñado en pagar rondas de diversas bebidas. A parte de la justamente famosa, sabrosa y oscura cerveza irlandesa, se cita el ponche (“the curling fumes of punch”), whiskys de malta calientes… “The sight of five small hot whiskies was very exhilarating”… La descripción de Joyce del ambiente del pub es escueta: “The bar was full of men and loud with the noise of tongues and glasses”. Farrington, eufórico, invita a todo el mundo. Weathers, un joven acróbata del Tívoli,  tomará “a small Irish and Apollinaris”. Apollinaris es un agua mineral alemana prestigiosa y cara. Cuando la Scotch House cierra, la fiesta se traslada a Madigan's, donde O’Halloran ordenó grogs para todos.  El grog es una bebida caliente, azucarada, que mezcla agua con licor, generalmente ron, aunque también kirsch, coñac u otras bebidas "espirituosas". Suele aromatizarse con limón. Farrington pagaba la ronda cuando volvió Weather, pero para su consuelo no volvió a pedir la cara bebida anterior, sino “a glass of bitter”, un vaso de cerveza “bitter”. Y, tras agradecer la hospitalidad holandesa, acaba pagando “one little tincture”, supongo que una especie de aguardiente de hierbas de alta graduación.
The Porter House

En fin, los irlandeses tienen merecida fama de grandes bebedores. Deben tener un gran nivel de vida, al menos los que visitan los cómodos y oscuros pubs todas las tardes, pues la bebida en Dublín no es barata, y para emborracharse sólo con cerveza harían falta más de diez euros. Me ilusiona pensar que el Madigan’s que nosotros visitamos, y donde disfrutamos de un buen sandwich restaurador, es el mismo de Poolbeg Street donde el acróbata del relato de Joyce le gana el pulso al oficinista. Allí probé mi primera Kilkenny; luego, la excelente Smithwick’s. Después, trasegaríamos unas cuentas pintas de Guinness, pero ninguna cerveza irlandesa nos gustó tanto como  la “roja de Porter House”, un tipo de cerveza ale que al parecer fabrican para The Porter House.

El whiskey, ni probarlo, aunque no pierdo la esperanza de catarlo alguna vez. “De todos los vinos –afirmaba Pedro el Grande, zar de todas las Rusias-, el mejor el irlandés”. Se refería por supuesto al Irish whiskey, según algunos "elixir bendecido por los dioses" porque fueron monjes irlandeses, a su vuelta de Tierra Santa, quienes inventaron su destilación hacia el 600. Este brebaje de agua y cebada fue adoptado con entusiasmo por los invasores anglonormandos, que anglizaron su nombre tomándolo del gaélico “Uisce beatha”, “agua de vida”, y lo han popularizado a ambos lados del mar de Irlanda.

En Howth nos atrevimos con un Irish coffee que nos compensó por el sacrificio de la siesta, en beneficio de un bonito paseo por sus acantilados. El desolado paisaje de helechos secos fue descrito por Heinrich Böll (1917-1985), el autor de Opiniones de un payaso. El escritor alemán visitó Irlanda en la década de los cincuenta para buscar la sepultura del poeta W. B. Yeats: 
"Las colinas circundantes estaban cubiertas de helechos, como el cabello húmedo de una mujer pelirroja entrada en años; dos rocas solemnes custodiaban la entrada de esta pequeña bahía... Los helechos de las colinas estaban aplastados, doblados por la lluvia, de un color herrumbroso y marchitos. Sentí frío." 

En 1850, más de medio siglo antes de que Joyce escribiera sus cuentos Dublineses, había en Irlanda quince mil licencias de establecimientos de bebidas alcohólicas. En Dublín, la estatua del patriota Parnell "apunta con el brazo en dirección al pub más cercano". Debajo de Parnell están los nombres de las cuatro provincias irlandesas: Ulster, Connact, Leinster, Munster. Encima, el arpa celta. 

Monumento a Parnell
Situado en la orilla sur del Liffey, Temple Bar es hoy una de las zonas de ocio más populares de Dublín. Sus calles peatonales mantienen su trazado medieval, repletas de cafés, restaurantes, pubs y tiendas de todos los colores. Este barrio pretende ser la vanguardia cultural de la ciudad. El famoso grupo U2 compró varios edificios y abrió teatros, salas de conciertos, pubs y discotecas en esta parte de la ciudad.

James Joyce (1882-1941) es un clásico de nuestra época, o tal vez del final de una época, la dominada por la novela burguesa. De educación jesuítica, abandonó Dublín en 1902 y sólo regresó a su ciudad natal de manera esporádica. Pero Irlanda siguió siendo su fuente de inspiración. Dublineses no se publicó hasta 1914, por la cautela de los editores, que temían escándalos. Dublín canta no obstante al hijo maldito que lo abandonó, y lo conmemora con una estatua a la entrada de Earl St. North, que se ha convertido en un icono o símbolo turístico. Hace treinta y tres años que mi mejor amiga me regaló el Ulises de Joyce, obra por la que es aclamado como genial innovador y acusado de haber creado la epopeya prosaica y vulgar del hombre de nuestro tiempo. A pesar de las buenas intenciones de José María Valverde, que la tradujo y prologó para Lumen, el primer volumen se me cayó de las manos. Probablemente -pensé- se trate de una obra intraducible, pues los juegos y la musicalidad del significante cobran en ella un papel determinante, aunque no tanto como en Finnegans Wake (1939), la última obra del irlandés, y que es fácil que aparezca citada en tratados de filosofía del lenguaje y lógica.
    
Molly Malone

Uno de los personajes del Ulysses (1922) se llama Molly, como la famosa pescadera, Molly Malone, cuyo fantasma, según la leyenda, aún hechiza las calles de Dublín. Su estatua empuja la carretilla con sus cestas de pescado hacia Grafton Street, uno de los barrios más elegantes de la capital.

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