domingo, 21 de agosto de 2011

Stavanger y Lysefjord

Cuando llegamos a Stavanger, capital de Rogaland, salió el sol, iluminando las casitas blancas de madera del Gamle Stavanger, como si surgieran de un sueño infantil.

La cubierta del Gran Mistral -un crucero con más de dos mil personas a bordo entre pasajeros (casi 1.400) y tripulación (más de seiscientos)- quedaba por encima de la altura del Viejo Stavanger. En el pueblecito, todo está perfectamente congelado, aunque la temperatura, en agosto, sea primaveral. Sus jardincitos son un encanto de cuidados florales, con frondosos macizos de hortensias de colores pastel, pendientes de la reina, pensamientos diminutos, rosas frescas...





Este barrio, Straen, fue construido en los siglos XVII y XVIII y nadie diría que varios incendios lo han destruido en distintas ocasiones. Las casitas fueron viviendas y almacenes de comerciantes de conservas de pescado, sobre todo arenques, de artesanos y marinos, entre 1830 y 1890. Mi guía hablaba de los gatos somnolientos de estas calles, pero nosotros no vimos ni uno, debían de estar atareados cazando ratones, o de huelga por el sueldo que reciben dando la pose turística. ¡Y eso que aquí el trabajo se paga mejor que en ninguna parte!



Nadie diría visitando el núcleo histórico de esta ciudad, la pequeña península de Skagen, el puerto y su bahía, que es la cuarta población de Noruega, ciudad afortunada, primero como centro pesquero, venido a menos en los años cincuenta del pasado siglo, y luego como centro cosmopolita de refinado y comercialización del petróleo del Mar del Norte.

El casco histórico puede verse en poco tiempo. Merece la pena asomarse al Breiavatnet, un bonito estanque tras el cual se extiende el cementerio.


Desde Stavanger es obligada la excursión por Hoegsfjiorden, bordeando por el sur la isla de Adnoy, hasta el pequeño Lysefjord, el fiordo de la Luz, por agua, en ferry, o desde tierra, en coche, autobús o caminando.


La estrella es Preikestolen, la Roca del Púlpito, una inmensa pared que flanquea uno de los recodos del fiordo, una gigantesca torre cuya cima es una gran terraza con vistas extraordinarias.



El ferry te aproxima a la cueva de Fantahala, donde un proscrito se escondió de la ley. Cerca de allí, unas cuantas cabras, se dejan caer desde las alturas, solícitas al reclamo de los turistas, níveas y bien adiestradas.

La vuelta a Stavanger, una delicia de conversación con Carmen y José Carlos, en el mejor de los contextos imaginables.

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