miércoles, 2 de marzo de 2011

Jerez y Sanlúcar

Ya sé que la palabra "raza" es política y antropológicamente impertinente, pero como no la uso para ofender, sino todo lo contrario, diré que los gaditanos son una raza antigua y sabia.
Tienen algo así como un instinto para la humanidad y la contención, para simpatizar con todo el mundo y para impartir lecciones gratuitamente de savoir vivre, sin fanatismo y sin ofender a nadie, con tanta fe como escepticismo, si ello es posible.

Tal fue el caso de Mateo, que nos ilustró generosa y desinteresadamente sobre la captura y excelencia de las bocas o pinzas de machear del cangrejo violinista. Mateo también nos invitó a probar sus caldos: sol embotellado, sea fino u oloroso, que trasegamos con una ración de galeras sabrosas.
¡Qué prisas! No creo que la prisa pueda jamás doblegar a los gaditanos. Ni para trabajar ni para divertirse. Lo propio de su modus vivendi, tan poco extremoso como el clima que los bendice, y lo característico del genio del lugar, es combinar una cosa con la otra, el ocio con el negocio. Saben que la prisa es una emoción peligrosa que devora el paisaje y mata al paisanaje: una emoción desmadrada.
Tal vez por eso eduquen a los cartujanos, apteros pegasos mitológicos, a contener el paso, a no trotar ni galopar a tontas y a locas.
Excursión. ¡A comer a Sanlúcar!, desde donde se divisa el perfil de Doñana. El Guadalquivir se remansa aquí y en los días de buen tiempo -casi todos- es nuestro Ganges. Los langostinos se atigran y el vino claro se remansa, los alicatados azulean... Los caballistas despiden el sol en la playa...
Las calles de Jerez están cuajadas de placas y monumentos en reconocimiento de sus hijos más ilustres: militares, científicos, educadores, poetas.


En Sanlúcar le han dedicado una callejuela a Caballero Bonald, en la parte más popular del cocedero.


Jerez es antiguo y nuevo. No se ha extraviado para arriba queriendo soberbiamente rascar el cielo, pero lo espejean en algunos edificios modernos.



Allí conviven bien lo religioso y lo profano, las vírgenes del Socorro y la catedral, con las botas de la sed de infinito, el silencio de las bodegas y la jarana ferial, mientras las cigüeñas pescan en las marismas y hacen su nido en las torres de la ciudad.

Jerez le ha erigido un monumento a Juan Pablo II y otros a los grandes bodegueros de apellido anglosajón. El brandy de Jerez, que ahora sustituimos por mejunjes incalificables es una filigrana cosmopolita, desde los chinos a los holandeses tuvieron que ver en el invento.

Un artista anónimo da un toque exótico y kitsch a la fachada de un centro de formación de "seguratas".



En la misma calle Zaragoza, enfrente de la plaza de toros, uno oye el eco de los aplausos que merece el valor (o la contención del miedo), mientras se prepara para que El Gordo le sirva un arroz tan sencillo como delicioso, con espárragos o con marisco, y un foie que quita el sentío abarraganado con un Pedro Ximénez (Pieter Siemens) tan felizmente avenido como un viejo matrimonio canónico.

No hay comentarios: