viernes, 30 de abril de 2010

Sigüenza


Estamos en Guadalajara. Por alcarreños paisajes de encinares, llegamos a Sigüenza. Visitamos el museo Diocesano, en el que brilla en albo un Zurbarán: la Inmaculada de Jadraque.
Una figura policromada de Salzillo, del profeta Elías.



Al tesbita le faltan algunos dedos en su mano derecha, que enarbola en el aire con el son de una amenaza: «Vive Yahveh, Dios de Israel, a quien sirvo. No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga»... Elías vivió escondido, «los cuervos le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde», a salvo del poder idolátrico del momento, el del rey Ajab, bajo la malvada influencia de Jezabel. Jezabel debía de estar como un camión, de buena, y se mostró recalcitrante en hacer cambiar de religión a Israel. Mientras Ajab se relamía, engolfado en el exotismo mágico de Jezabel, Elías no probaba más que el agua del torrente de Kerit, al este del Jordán. Pero incluso el torrente se secó, porque no había lluvia en el país. Cuando Yahveh le envía a Sarepta de Sidón, encarga a una viuda que le atienda (inescrutables caminos del Rey de reyes). Una cosa es ser profeta y otra estar ayuno de ayuda y pasar frío en la cama. La harina de la tinaja de la providencial viuda parece inagotable, el aceite de su orza no se acabará hasta el día en que Yahveh conceda de nuevo la lluvia sobre la faz de la tierra.

Mientras tanto, el hijo de la viuda enferma y muere; pero Elías le resucita tendiéndose tres veces sobre él.

Los griegos pedían razones; pero los judíos, milagros. La servicial viuda reconoce el poder de Dios en Elías. Para decidir entre una religión y otra, un dios y el verdadero Dios, los judíos piden pruebas sobrenaturales. En el monte Carmelo, Elías montará una exhibición crucial. Cuatrocientos cincuenta profetas de Baal no pueden contra el profeta de Yahveh. Las sangrías, las danzas y los trances de los idólatras no consiguen despertar ni una señal del cielo. Elías se cachondea: Vuestro dios estará durmiendo o distraído. En torno a Elías se agrupa el sencillo pueblo de Israel... ¡que estaría hasta las narices de mantener el idilio de Ajab y Jezabel (esos "menages" salen por un pico a quienes pechan)!

Elías llama a Dios y llueve el fuego de Yahveh sobre el holocausto y la leña preparada por el profeta... Está claro quien manda aquí, así que Elías, con la ayuda del pueblo, que no reacciona hasta que ve las cosas claras, degüella a los falsos profetas. Debieron de echar un buen rato para acabar con más de cuatrocientos. Los cuervos y buitres resultaron recompensados con creces.

«Ya se oye el rumor de la lluvia», pero sólo hay una nubecita que sube del mar... La fe mueve huracanes, vendavales, temporales, cuchillos, azadas, que convierten Samaría en un lodazal y en un vergel, alternativamente. O sea, que siguen pecando las tribus y los reyes de Israel. El fin de Elías requiere una escenografía titánica... Tomó Elías su manteo, lo enrolló y golpeó las aguas del Jordán que se dividieron. Elías subió al cielo en un torbellino, conducido por caballos de fuego, en un carro de fuego (Libros de los Reyes).

Cerca de la estatua policromada del profeta Elías, en el Museo Dicesano de Arte de Sigüenza, había una Piedad del divino Luis Morales (supra), tan patética como siniestra. En esa palidez ya no resta ni un gramo de gracia renacentista. Muerte del Señor, angustia de la Madre. Como la que padece mi amor después de las curvas del camino. Va preñada, va con Antojo.


Procuramos quitarnos la angustia en el Doncel, un restaurante. Ellas piden un gazpacho. Mi amor está tan cansada que no se da ni cuenta del hambre que tiene. Pedimos cordero asado. A nosotros nos sirven dos piernas, pero a ellas dos paletillas, y protestan. Paso media ración, como un caballero. He disfrutado más de las migas castellanas, cuyo chorizo salió saltarín y escurridizo.

Lo mejor de la visita vespertina a la catedral fue el sacristán que hizo de cicerone. Lleva un mandilón gris. Es alto, tiposo, bien parecido, cuarentón, conserva todo su pelo en plata. Anda en zapatillas y cojea ligeramente. Da pasos solemnes, largos, que intentamos seguir a buen ritmo. Como siempre, me quedo atrás. Me regaña con la mirada. Parece haber ensayado cada paso según el programa de una complicada danza medieval, como si cada uno tuviese que engranar en los dientes de un carril mecánico, invisible.

En el claustro, el sacristán se detiene un momento para indicar una parte que se restauró después de la guerra, o para admirarse de la inteligencia térmica de las palomas, que siempre se socorren de las calores poniéndose al fresquito. Habla más para sí que para nosotros. De pronto, señala hacia arriba. "Eso, señores, es un Greco". ¡Allí está, entre oscuridades y humedades, como una mancha mohosa!

El pintoresco sacristán aceptará a regañadientes las quinientas pesetas que le tiende mi amiga. Su fastidio parece sincero. Se marcha deprisa para evitar la curiosidad de otros visitantes, que merodean por las naves tenebrosas.

Pienso que los edificios imprimen carácter a quienes los habitan. La fachada de la catedral de Sigüenza parece más propia de un castillo que de una iglesia... Las torres conservan sus almenas. La catedral guarda el Sepulcro del Doncel, encargado por Isabel la Católica para el joven comendador Martín Vázquez de Arce, muerto en Granada en 1486.

Cuando visité Sigüenza todo estaba un poco descuidado y los seguntinos tenían el aire distraído de los aristócratas venidos a menos. Pero, ¡qué ingrato!, conseguimos cenar pasablemente a base de "perdigazos" y cangrejos de río (que todavía eran europeos, sabrosos y oscuros, y no grandotes, sosos y americanos), adobados con pepinillos, primorosamente encurtidos de anchoas y cebollitas.

En su ensayo "Símbolos del Pensador", el filósofo Manuel García Morente ofreció a nuestra consideración los símbolos de tres maravillosas estatuas. El Pensador de Rodin, en el que encuentra cierta exaltación muscular que separa la especulación de la acción; el "Pensieroso" de Miguel Ángel, Lorenzo el Magnífico, que tampoco le gusta como ejemplo de la filosofía, "por su mirada vaga, laxa, como desasida, más de hombre pensativo que de pensador". Y, por fin, el Doncel de Sigüenza, "el joven caballero que, tendido sobre su sepulcro y con un libro abierto entre las manos, aparece en actitud dialogante como símbolo estético del pensador".


El propio Manuel García Morente, con una kodak de fuelle que se trajo de Alemania, hizo una foto del caballero cristiano que, según su hija María Josefa, estuvo colgada en su casa mucho tiempo.

J. Biedma

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