lunes, 15 de febrero de 2010

Barcelona. Jornada tercera

Seguí el sabio consejo de mi hermano. Para subir al Park Güell, toma el metro hasta Vallcarca y asciende hasta la cima por escaleras mecánicas.
La vista de Barcelona desde arriba, hacia el oriente, es estupenda, con la Sagrada familia al norte (a la izda.) y la torres Mapfre al fondo, como una puerta al mar.






El parque demuestra que podemos hacer realidad la etérea sustancia de los sueños de que estamos hechos. Curva que te quiero curva, como la fantasía de Gaudí y del mecenas Eusebio Güell.
Una ciudad jardín para las clases acomodadas, que no quisieron vivir tan lejos del centro. Feliz fracaso.





La sala de las cien columnas fue pensada para convertirse en mercado. La escalinata custidiada por una enorme salamandra, elemental del fuego, soporta diariamente el peso de infinitos turistas.
Las casas de la puerta del parque recuerdan las del cuento de Hansel y Gretel.







Bajamos del parque hacia la Travessera de Dalt. Una vía como las que se pueden encontrar en cualquier otra parte, de aceras miserables. La Plaza Lesseps o "la supremacía del automóvil". Por este lugar pasan al día más coches que por una autovía. Pero aquí hay una ciudadanía consciente que protesta. De todas formas recorta contra el cielo un atrevido ornamento futurista.
Los jardines de Barcelona están bien cuidados. Al oír a un tipo del personal de limpieza del ayuntamiento, se me ocurre decirle que ese acento y esa jota me suenan familiares. En efecto, es natural de Cabra de Santo Cristo (Jaén). Le decimos que somos de Úbeda y que no hace mucho visitamos su pueblo. El buen hombre se alegra.






Mientras hacíamos tiempo para la visita al Palau, callejeamos por el Carrer d'Amargós, me llama la atención una leyenda que exculpa a la estrecha calle por su nombre, pero no la retengo en mi cámara. Comimos estupendamente en Set de Gòtic, en la calle Montsiò (o Montesión), al lado de Els Quatre Gats, que fuera cervecería, restaurante, cabaret, y uno de los referentes modernistas y bohemios de la ciudad a principios del XX, ¡y que nos había recomendado Vicente!, pero fuimos muy bien atendidos en Set de Gòtic por un camarero argentino, mientras disfrutábamos de una conversación a cinco bandas gracias a la redondez de la mesa.

Es una pena que el Palau de la Música Catalana quede tan escondido, en la confluencia de la Via Laietana y Sant Pere Més Alt. Diseñado por Domènech y Montaner en 1908 como sala de conciertos del Orfeó Catalá, es sin duda una joya original, única, aunque, para mi gusto, al interior le sobran rosas, demasiada gracia ornamental, horror vacui, ningún rincón exento donde poder recrear el vacío personal...
Pero tiene que ser una gozada, que envidio, oír buena música (preferible si es de Debussy o Rabel) bajo la mirada enigmática de estas musas.
Desistí de hacerlo, esa noche "cantaba" allí Alaska, genio de la "movida madrileña", movimiento cultural sin el cual es imposible comprender nuestra rabiosa decadencia.
¡Adiós prejuicios! Cuando mostramos nuestra sorpresa, la guía -chica fina y consciente de las esencias catalanas que destila el Palau- nos habla de apertura y tolerancia... Así sea.

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