domingo, 7 de febrero de 2010

Barcelona. Jornada primera



Ya no pude recibir el mismo deslumbramiento que a los veinte años, cuando emergí de una boca de metro al Paseo de Gracia y me sentí flotando en la luz tenue de sus hermosas farolas.

Por entonces las grandes editoriales, las editoriales míticas, tenían sus casas por aquí.

Literariamente, siempre he mirado para Barcelona, y fue en esta ciudad donde me editaron mi primer artículo, en El Viejo Topo, in illo tempore...

Los grandes edificios siguen siendo igual de originales y hermosos, la Pedrera, el enorme Pons y Pascual, la casa Batlló, y tantos otros...

No nos hace gracia que la entrada en ésa valga 10 € para los catalanes y 16 para los que somos del resto del mundo. Nunca me había sentido extranjero en Barcelona. Aunque no me hayan nacido en Cataluña (¡vaya mérito!), siento que esta ciudad tbn. forma parte de mí, de nuestro pasado.

Como en su alegoría de la Plaza de Cataluña me imagino a la ciudad hembra, una gran madraza, abierta hacia el mar y el comercio.


Tiene encanto medieval y literario, prurito parisino, raigambre mediterránea, aragonesa, indiana... Ciudad cosmopolita, tal vez más mestiza todavía que Madrid.



Las Ramblas, no obstante, se han vuelto multicolores, ¿no estará explotando el nacionalismo el miedo a esta nueva, peligrosa y necesaria diversidad? No hay pecado en ese miedo, que es natural, espontáneo, a no ser que se vuelva odio y obre odiosamente.

¿Que sería de los catalanes sin ese hormiguero de hispanos que va y vuelve de su trabajo por las Ramblas? ¿Qué sería de nosotros sin los subsaharianos que cogen la aceituna, la manzana, la naranja...?

La burguesía que se hizo construir sus palacios en el Paseo de Gracia merece no obstante su rancio orgullo de casta. Gastó con gracia su dinero.




En La Pedrera va y viene la piedra, el cristal y el hierro, como en una marea alta.

En Casa Bruno, el dragón de San Jorge se ha vuelto oriental, se ha comido a la dama del paraguas, símbolo burgués de Barcelona.

En las Ramblas, las floristas tbn. venden algodón, seco en la estructura hierática de su cardo, resulta original y hermoso.

Todo se mezcla, la tradición con la soberbia modernidad.

De lo sublime a lo ridículo. Colón señala los mundos por descubrir, malament porque apunta al Mediterráneo, y el bicho de Mariscal recorta su caricatura contra el cielo del invierno.

Don Quijote llegó a la ciudad por San Juan, conoció al bandolero Roque Guinart, visitó la imprenta de Sebastià Cormellas, en la calle del Call y acabó derribado en la plaza de la Barceloneta, volviéndose para su pueblo manchego.


Cervantes dedicó gentiles halagos a esta ciudad en el capítulo 72 de su inmortal obra: "Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y belleza única".

Doy fe de que esto es cierto, y de que también Barcelona es buena si la bolsa suena.

Y dedico esta entrada, en deuda de amistad, a mi viejo camarada de armas Luis Sig Formentín, economista catalán, quien ofreció a este jiennense cama y techo durante una semana memorable, depositando en mí una confianza que no sé bien si por entonces merecía...



Santa María del Mar, por aquí enterraron a Santa Eulalia. Las obras se iniciaron en 1329 y concluyeron medio siglo más tarde, gracias a las conquistas marítimas y comerciales de la ciudad. La luz de su interior invita a la elevación, más que al recogimiento.

Tienda de antigüedades en el barrio gótico.

Carrer del Bisbe

En pleno casco antiguo, se conservan estas colosales columnas romanas.

Hay mucho de Kitsch en esta mezcla de tradición y tiburones de pasta publicitada, en la plaza del Ayuntamiento, mientras colas de personas visitan el Belén navideño.
El Aquarium nos parece muy caro, aunque resulta interesante, relajante. A todos nos impresiona el pez luna, más bien parece un alien. Increíble el pez escorpión y el Hippocampus ramulosus, o el Paracanthurus hepatus, que parece dibujado sobre el agua y no dentro de ella..., pero sin flash, no salen aquí fotos buenas. Al fin, también compramos la foto de la familia entre las fauces del gran tiburón.

Después de la visita al Maremagnum, el puerto de Barcelona ofrece una vista así de interesante, sobre él, Monjuïc, cuyo castillo visitaremos en una próxima jornada.

Según una vieja leyenda, la ciudad fue fundada por Hércules. El héroe se enamoró de su novena barca, la barca nona, de ahí Barcelona, y se convirtió en la montaña de Monjuïc para cuidarla.

La catedral está en restauración. Delante de ella una orquesta toca sardanas y unos señores y señoras mayores las bailan litúrgicamente, con todo decoro. Me gustaría saber qué hay de cierto en que la Sardana es el invento de un "charnego" de Alcalá la Ral, la ciudad jiennense del Arcipreste de Hita. Si aquel Pep era Pepe, como yo, si es verdad o se trata de una leyenda urbana...
Por la noche, la casa Batlló ofrece una imagen muy diferente.
Nos acostamos cansados, pero contentos y saciados, con tantas maravillas.

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