martes, 23 de febrero de 2010

Amberes

La ciudad de Rubens

La mitología nos cuenta que los habitantes del primitivo asentamiento a la orilla del Escalda eran aterrorizados por un gigante y que un soldado de Julio César, Brabo, le cortó la mano al gigante y la echó al Escalda. La falsa etimología hace proceder de Ant (mano) y werpen (arrojada) el nombre flamenco de la ciudad: Antwerpen. Seguramente, el gigante no es más que una representación imaginativa del peligro real que representaban para los habitantes de esta ciudad los salvajes procedentes del norte.

La Catedral de Nuestra Señora de Amberes es la iglesia gótica más grande y más luminosa de los Países Bajos. De eso se benefician los preciosos cuadros de Rubens que atesora.
Aparte del ayuntamiento (dcha.) está el curioso edificio de la Vleeshuis, sede del gremio de los carniceros, en que se entreveran el ladrillo y la piedra, material tan escaso en Bélgica como en el resto de los Países Bajos, como en el jamón la carne y el gordo.

La ciudad cuenta con un interesante museo que no pudimos visitar (Koninklijk Museum voor Shone Kunsten) a dos kilómetros del Grote Markt, en el que pueden admirarse algunas de las obras maestras del más famoso pintor de la ciudad, Pedro Pablo Rubens.

Impresionante la fachada barroca de la iglesia de los jesuitas. Me sorprende que no haya ninguna referencia a ella en la guía.


La iglesia de San Pablo, cerrada. En la plazuela próxima un disco prohibe planchar (v. foto). No extraña que los belgas sean maestros del surrealismo.
Tras callejear y recorrer algunos muelles y diques secos, en dirección a una "exposición de coches antiguos" recomendada por Maese Berzosa (veterano ciclista y catedrático de Lengua y Literatura), vemos de hecho algunos coches antiguos, aún en funcionamiento. Hace calor.

Alfonso suplica al ogro que recoge y tira al Escalda a los borrachos, suplica que no lo moje. El Nationaal Scheepvaartmuseum (Museo Marítimo instalado en la antigua fortaleza de Amberes, el edificio más antiguo de la ciudad) está cerrado.

Cerca, descanso oyendo a un ruso tocar un acordeón, viejas y tristes canciones de camaradas. Le dejo unas monedas. Desde ese muelle hago la última foto de la torre de la catedral, iluminada por los últimos y dorados rayos de un sol de justicia.


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