jueves, 24 de diciembre de 2009

Salzburgo

ECLIPSE EN SALZBURGO

Medio centenar de ubetenses tuvimos la oportunidad de experimentar en vivo y en directo, en Salzburgo, Austria, un espectáculo insólito. Escenario: el cielo; actores principales: el sol y la luna; obra: eclipse total. Once de agosto de 1999.
En la "Roma de los Alpes" puede caerte un chaparrón en cualquier momento, las nubes llegan en oleadas rápidas, abren sus vientres y dejan correr el líquido elemento. Uno se explica así que aquellos prados parezcan espuma verde en pleno agosto, que las dalias de los jardines de Hellbrunn parezcan siempre sexos fecundos... Llegan las tormentas, retiemblan los montes, y se esfuman por el horizonte muy rápidamente. Así que fue una suerte que el eclipse se dejara ver tan completamente.

Aun sin pruebas, estaba bastante seguro de que París sobreviviría al
astronómico acontecimiento; presentía que el eclipse no sería el anuncio
del fin del mundo, para el apocalipsis queda, cuando menos, un rato. Pero
el acontecimiento fue mucho más impresionante y sobrecogedor de lo que mis amigos y yo esperábamos. Ocho de los nuestros aguardamos el evento en el patio de la antigua abadía benedictina de San Pedro, sentados en el poyo de la fuente barroca, de cara al Petersfriedhof, el cementerio más antiguo de la ciudad, en cuyo interior se ordenan las lápidas, las catacumbas y las curiosas capillas rupestres, cuidadosamente ajardinadas las tumbas en torno a una pintoresca capilla gótica.

Percibíamos como la luz se iba volviendo de atardecer eléctrico,
acompañados por dos parejas de turistas, una sevillana y otra italiana. Los
ubedíes habíamos viajado a Salzburgo bien pertrechados, con unos cristales de soldador que hicieron la envidia del resto del respetable, pues
permitían sin riesgo seguir el avance de la luna sobre el disco radiante
del sol. Quise mostrarme amable con la belleza y presté el mío a la
italiana, haciendo votos por que no se cortara. Después de la transparencia
vítrea y peligrosa de los ojos de Siglinde, nuestra guía local, cuyos
párpados temblaban como élitros de lipidópteros alpinos, aquella
profundidad negra de los ojos como pozos de la italiana resultaba
confortadora. Desdichadamente, me devolvió presto aquel cristal que le
hubiera cedido por más tiempo, aunque lo hizo con una sonrisa de luna
llena.

Los cocineros y camareros del elegante y prohibitivo restaurante que
ocupan los claustros de la antigua abadía salieron a percibir el evento.
Todos rubios y fornidos, limpios y animados por la interrupción de la
rutina.

Antes de que la luna ennegreciera el disco del sol por completo, vimos un
gran lucero. Algunas nubecillas resplandecían al cada vez más pálido
resplandor, con un brillo irisado, fantasmagórico, como el del collar de
los palomos. Nos mirábamos y parecíamos nadar en un fluido cada vez más extraño. Una luz que no habíamos visto ni siquiera en sueños empalidecía y
doraba los objetos y a nosotros mismos, como si fuéramos aparecidos, de
modo tan sobrenatural como inesperado, y una brisa tenue nos fue calando y produciendo escalofríos.

Pude comprender entonces que fenómenos como éste detuvieran batallas en otros tiempos o pusieran a los hombres en un estado de místico arrebato o
de histeria pánica y terror supersticioso. Pude comprender que Tales
apareciera a los ojos de sus contemporáneos como un dios, si fue capaz de
predecir el eclipse del 585 antes de Cristo. Nuestros antepasados eran más
sensibles a estas cosas, porque no se habían construido una burbuja tan
sólida como la que a nosotros nos aísla aparentemente de la naturaleza... Con grave riesgo para nuestra supervivencia, pues ya se sabe lo que le pasó a Anteo, hijo de Gea, la Tierra. Sólo se conservaba invulnerable mientras mantenía el contacto con su madre. Hércules le levantó del suelo y lo estranguló, como muestra el grupo escultórico del parque salzburgués de Sonrisas y Lágrimas (no recuerdo su verdadero nombre).

Desde luego, el eclipse no me hizo caer del caballo como a San Pablo.
Tampoco andaba persiguiendo herejes, ni siquiera a antiguos nazis austriacos reconvertidos al socialismo democrático. En el hermoso cuadro del Parmigianino que pude disfrutar unos días después en el Kunsthistorisches Museum de Viena, un San Pablo de dorada y rizada barba yace al pie de un manierista percherón cuyo cuello y cuya cabeza no puedo dejar de imaginar como gigantesco y blanquísimo falo. También el sol parece eclipsado y la luz que enajena al hombre procede de otro lado.

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