viernes, 29 de mayo de 2009

Siena



Uno debe acercarse lentamente y sin prisa a cuanto ama. A ritmo del adagietto de Malher, al compás del vaporetto de Visconti en Muerte en Venecia, dejando que los sentimientos marquen el tempo iusto...


Rápido, ma non troppo. De Pisa Centrale a Siena, via Empoli. Compramos primera, para nada. Suplemento tirado a la basura; totum revolutum, viajamos como sardinas en lata. Una rubia italiana pasada de peso se me escurre, lenta como una serpiente, por delante de la panza, para aprovechar el sitio que deja otra... No hay revisor; no cabe. Pero, aunque huele a humanidad y sudor de pies, y viajo de pie habiendo pagado un asiento de primera, hace un buen día y el paisaje es encantador, todo verde, los jamargos tienen otro matiz de amarillo, de primavera trompetera toscana. Cuando por fin bajamos del tren, resulta que no funcionan los autobuses. Es fiesta. Una viajera negra me examina de inglés; suspenso, pero consigo hacerle entender que faltan unos kilómetros hasta el centro y que de bus, nothing de nothing. Parece dispuesta a arrastrar el petate por la acera. Al fin, un taxi nos deja en el Hotel Moderno. La modernidad queda lejos, y como ya vivimos en una época postmoderna, el hotel resulta algo cutre, aunque por lo menos tiene jardín, con jardinera en pompa quitando hierbas, y de naranja (le hago una fotografía a traición, que luego descarto con vergüenza), ¡a la sombra de San Francesco!

Dejar las maletas, y subir las escaleras mecánicas hasta el barrio del gusano coronado, larva de rosal. Para un aficionado a la entomología no está mal acceder a Siena por el barrio de la larva coronada. Para un urbanita con pruritos de hortelano tampoco está mal hacerlo entre setos, cipreses, castaños en flor y glicinias.





Siena tuvo su origen en una carrera de caballos entre Senio y Ascanio, hijos de Remo, uno de los gemelos criados por la loba romana. La ciudad tomó sus colores de las monturas de los caballeros, una blanca y otra negra. Según Úrsula -nuestra amable guía ubedí- la atribución a los galos (esos "bárbaros") de la fundación de la ciudad es una infamia, o fue genuinamente etrusca, o fue romana. No se ha percatado de que Astérix y Obélix han cambiado la apreciación de las cosas. Las masas bebían su cultura de los tebeos, ahora, peor, de los programas de máxima audiencia y el cine comercial.




No se puede ser independiente sin echar pinchos y atalayarse. La Fortalezza Medicea de Siena es imponente. Pero Cosme I de Médicis la encargó en 1561 precisamente para demostrar el poder de Florencia sobre Siena.

Su prosperidad medieval como república independiente (desde el XII) se debió al comercio y a la banca. "Compra y vende"; no produzcas" -recomendaba el judío. Nueve familias burguesas se repartían el gobierno de la ciudad. La creación del banco Monte dei Paschi de Siena, en 1472, hizo sombra a la cercana Florencia.



La rivalidad se prolongó hasta el XV. Siena fue el feudo de los gibelinos, partidarios del emperador, mientras Florencia era el bastión de los güelfos, partidarios del Papa. A pesar de su victoria militar en Montaperti, después de la terrible peste de 1348, que mató a las dos terceras partes de la población, Siena acabó cayendo bajo las garras de Firenze. Nuestro emperador Carlos I la dominó en el XVI, pero luego la ciudad se situó bajo la protección de Enrique II de Francia. Las dos potencias, Francia y España, desolaron el suelo sienés, hasta que Cosme I de Médicis la integró definitivamente en el gran ducado de Toscana (1559).


La Iglesia gótica de San Francesco se alza en un saliente de una de las colinas en que se asienta la ciudad. La inmensa nave es austera -franciscana- y está ajedrezada con los colores de la ciudad: blanco y negro, el todo y la nada, la metafísica extrema del cromatismo.



Eché una moneda para disfrutar de una máquina que recuerda un milagro, y otras dos por una primorosa edición de Atti degli Apostoli (Piemme 1998), comentados muy eruditamente por Pietro Vanetti. Puro Kitsch -me refiero al milagro, el librito es espléndido, como pude comprabar en el avión de regreso. La gente no cree ya en los milagros, aunque perseveran en la vida sin saber por qué. La existencia es un puro milagro exuberante, sería más sencillo que no hubiera nada, aunque entonces nadie intentaría comprender que haya más bien algo.


A la salida se yergue el oratorio de San Bernardino. Aunque se le conoce como Bernardino de Siena, Bernardino nació en la ciudad toscana de Massa, huérfano muy niño, fue criado por una tía de nombre pagano, Diana, y estudió filosofía y derecho, pero se dedicó al cuidado de los enfermos, como franciscano estricto. Contrajo la peste en 1400, pero no perdió ni el valor ni la vida. Cuentan que resucitaba a los muertos, que con sus discursos puso paz en Perugia, y que renunció a la dignidad de vicario general de su orden.



En las dependencias de la universidad conseguí aliviarme, luego despistarme por sus patios, donde algunas extravagancias oxidadas atestiguaban el insobornable transcurrir del tiempo o su decadencia... Nada que pudiera competir con el "hermano cedro". El esplendor de la naturaleza, su armonioso y misterioso orden, hacen aparecer cuanto los hombres inventan -sólo Dios crea de la nada- como efímera vanidad.



Enseguida nos adentramos por el laberinto medieval de calles y callejas.

Imaginé muchas veces Siena. Las dos veces anteriores que viajé por Italia me quedé con las ganas de visitar esta ciudad. Cuando hablaba de Italia, la gente me ponía los dientes largos, me daba envidia con su "¿no has estado en Siena?" Pero no pude soñar que una ciudad medieval tuviera estas dimensiones, que sus edificios medievales pudiera alcanzar los siete pisos...


Serias cabezas de aparecidos de piedra vigilan nuestro paso e imponen seriedad... entre ellas creo identificar la del Dante con su laureado característico.




La angostura de las calles hace más impresionante el espacio que de pronto se abre en la Piazza del Campo, rodeada de palacios rosas con almenas blancas. Tiene forma de concha y está presidida por el Palazzo Pubblico con su torre del Mangia de proporciones increíbles.




En esta plaza corren los caballos dos veces por año desde el siglo XIII por el Palio. Su pavimento está dividido en nueve zonas, en memoria del Gobierno burgués de los Nueve. Los jinetes montan a pelo y todo vale, incluido el dopaje de los animales. Eso sí, jinetes y caballos son bendecidos primero, antes de que los diecisiete barrios desfilen con sus trajes del XV. El palio es un estandarte con la imagen de la Virgen de Provenzano (un pueblo de la Toscana) o con la Virgen de la Asunción.



El Palazzo Pubblico es de una belleza extraordinaria, su gigantesca mole es aligerada por la abundancia de vanos. Los de la planta baja son arcos típicamente sieneses, sobre ellos, arcos tríforos, y en el centro, el escudo de los Médicis, más arriba, vanos geminados, encastillados soberbiamente por una cornisa de arquillos de medio punto sobre la que se alzan los merlones güelfos. En el cuerpo superior, un disco de cobre luce el monograma IHS (Iesus Hominum Salvator), símbolo de San Bernardino.


La Torre del Mangia fue proyectada por Lippo Memmi. Tiene 88 m. de altura. Merece la pena subir hasta arriba, pero también tomarse un respiro en una de las terrazas de la plaza y ver pasar a la variopinta mezcla de turistas, visitantes y aborígenes, mientras uno se toma un piscolabis.


A la tarde, la sombra de la torre parece medir el tiempo en el reloj de sol de la plaza. Con sus soberbios y esbeltos matacanes, equilibra la sensación de ligereza con un alarde de perenne, soberbia gallardía.

A los pies de la torre, la Cappella di Piazza, en forma de loggia, conmemora del final de la de la epidemia de la peste (1352) con su ornamentación renacentista. No desentona...





Il Duomo
Uno se queda con la boca abierta ante la magnífica fachada de mármol blanco y negro construida entre los siglos XII y XIV. Todos los detalles cuentan... Fueron los monjes cistercienses de San Galgano quienes dirigieron la obra de la catedral entre 1196 y 1215. Parece difícil de creer, porque a pesar de su estructura gótica, la impresión es más bien clásica, revestida de mosaicos y decorada por los mejores escultores de su época. Faltan los contrafuertes que caracterizan a las iglesias góticas, y sus fachadas están revestidas con los mármoles del país.

La sobria fachada románica es de Giovanni Pisano (finales del XIII), con elementos góticos más tardíos en la parte superior, y rematada por un campanario (1313) de aspecto militar.



El interior es sorprendente, denso bosque de pilares de mármol ajedrezado, y el pavimento fue realizado por más de cuarenta artistas que trabajaron durante casi un siglo en un mapamundi de cultura cosmopolita, donde no faltan retratos de filósofos, sabios, mitos, profetas y adivinas.

Contiene obras maestras tan sorprendentes como el San Jerónimo o la Magdalena de Bernini, quien también realizó el altar en el XVII. Nicola Pisano esculpió el púlpito seis años después del de Pisa.


En el Museo dell'Opera Metropolitana, Úrsula nos explicó con todo lujo de detalles, las aportaciones de Duccio di Buoninsegna en su espléndida Maestá, retablo al que el pintor dedicó tres años, tras los cuales fue llevado en procesión desde el taller a la catedral. Los 14 paneles que quedan y que expone el museo narran escenas de la vida y pasión de Cristo.


Desgraciadamente, no está visitable la Pinacoteca Nazionale, donde se puede seguir la evolución de la pintura sienesa desde el XIII hasta el XVI en sus 19 salas. Hemos de conformarnos con una instanténea del magnífico Palazzo Buonsignori de mediados del XV.


Entreme donde no supe, y ni siquiera me asomé al pozo porque estaba tomada por una mujer vestida de negro, que posaba, posada. Esa pasión tan italiana y española por el negro, ¡Oh blanco muro de España, o negro toro de pena! -escribió Lorca... Y quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo -terminó San Juan. No sé qué misterio oculta este pozo, como todos, en sus profundidades. Micat in vertice: algo centellea en lo más profundo del negro.


No sabemos dónde entramos, ni qué significan estos símbolos que adornan el techo. Recuerdo que tuve sed y me compré un pero ácido.

No sé qué hacemos los dos pilones agarrados al cipote... Luego callejeamos y nos tomamos un café.

Me tomo un respiro y enciendo un toscanello, sabor grappa. Placeres que matan, por supuesto. Pero también las dolores matan. ¿Puede conservarse la vida? Sólo quemarla con gracia.

Aún nos quedan descubrimientos emocionantes. Desde la Torre del Palacio de la Plaza del Campo hay una vista "vertiginosa" de San Domenico. Ya la conservo en mi guía, así que me evito los escalones. Esta que cuelgo aquí es más tranquila y equilibrada, pero también hermosa:

Vamos buscando el santuario de Santa Caterina de Siena. Nos topamos en él con el busto de Juan XXIII y Pablo VI, dos excelentes papas.

La gente entra con respeto a la iglesia. Me santiguo, por si acaso.
Catalina Benincasa nació en Siena en 1347, penúltima de veinticuatro hermanos. Uno tendría que ser ingenioso para llamar la atención en una familia así. Sus padres pensaron en casarla a los doce, lo que se sigue haciendo hoy al otro lado del Mediterráneo con gran escándalo (nuestro). Catalina prefería el celibato, y para conservarlo ayunó, rezó y se hizo dominica (domini canes, "perros de Dios", los jipis mendicantes de la época, pero sin tantos vicios). Intervino en religión y política, recibiendo en Pisa de forma sobrenatural -desde luego- los estigmas de Jesús, además de su prepucio, reliquia que guardó en secreto hasta su muerte. En su iconografía aparecen un lirio, un libro y un crucifijo. Sus reliquias son reclamadas por media Italia, aunque las más seguras están en Siena y Roma, donde murió en 1380, alcanzando la dignidad de santa y patrona de Italia, de las lavanderas y de los moribundos. Dejó escritas 366 cartas, seis tratados y un discurso sobre la Anunciación.


Debió ser todo un carácter.



Así que no me extraña que estas jóvenes monjitas con mochila y de azul cielo le rindan peregrinación.
Las saco de espaldas para no herir su decoro.

Seguimos por el barrio del cisne, ¡digo yo que será un cisne! O tal vez una oca... en dirección a San Domenico.



Desde los alrededores de la iglesia gótica es posible echar una mirada a la catedral. Sobre la armonía del ocre "siena", tan apreciado por los acuarelistas y dibujantes.


Fue en esta iglesia donde la santa sufrió visiones y estigmas. La nave se conserva, sobria y bien iluminada, según las austeras normas dominicas. El rostro de la santa, más o menos incorrupto, está expuesto en un tabernáculo esculpido por Giovanni di Stefano. Los estupendos frescos de Sodoma narran episodios de la vida de Catalina.

Volvemos a la Plaza del Campo, donde una procesión de jóvenes vestidos como viajeros del pasado tocan tambores y enarbolan banderas.


Nos hacemos una foto y buscamos un lugar donde reponer fuerzas.


Damos en la tecla, debajo del Palacio, en una Trattoria (de la Torre) muy concurrida (buena seña) disfrutamos del mejor osso buco (hueso hueco) jamás degustado. Mi amigo se mete entre pecho y espalda medio kilo de costillar de buey. Las pastas son caseras y el chianti no está mal. El chianti se produce en las colinas de la provincia de Siena, tiene su hora, desde luego, y su momento perfecto, como este, pero ni he comprendido ni comprendo todavía la razón de su extraordinario prestigio, cualquier crianza de borgoña o rioja me parecen mejores. El patrón deja la damajuana en la mesa y nos servimos generosamente. Observo al patrón, es perfecto, parece malhumorado pero se ve que tiene mucho oficio. Sonríe -no mucho- cuando nos pregunta qué queremos. Especulo mientras preparan los platos (la cocina a la vista, como debe ser). Tal vez tendría que haberse jubilado, pero ya no puede salir de la doble piel endurecida por la costumbre. Tiene a su hijo de camarero, y le arrea. Su trattoria se ha adueñado de él. Hace personalmente la cuenta en el mostrador, a mano, y mira directamente a los ojos del cliente, por encima de las gafas de vista cansada, buscando la confirmación satisfecha del que se ha jalado tres platos por un precio justo...



Hacemos la digestión en la Fuente de la Alegría (Fuente Gaia), que recuerda la importancia del agua para una ciudad que carece de río. Se terminó en 1348 para traer hasta aquí las aguas del río Chianti, sí, el que da nombre al famoso vino. En 1419 se le añadieron los paneles de mármol esculpidos por Jacopo della Quercia, cuyos originales han sido guardados en el museo del Palacio.

Volviendo al hotel, hacemos parada en la plaza de San Francisco, y sentado en un banco, me pregunto quién habrá sido la beata Savina Petrilli (1851-1923), cuyo lema vital parece que fue "Tutto per amore", y a quien algunos de sus conciudanos dedicaron una escultura en 1998. Me prometo buscar información al respecto en la Red.

Por la mañana, salimos a comprar los billetes de autobús para Perugia, y aún me sorprende la belleza postmedieval y la voluntad de estilo que muestra al visitante cada rincón de esta magnífica ciudad, por ejemplo, en el edificio de Correos...


Y me despido de la Vieja Dama.



1 comentario:

pepetrueno dijo...

¡Totalmente de acuerdo en lo del chianti! Pero no hay que recurrir al rioja, no resiste la comparación con nuestro Pero Xil.