martes, 18 de marzo de 2008

Siracusa

Cicerón elogió a Siracusa como "la mayor de las ciudades griegas y la más bella del mundo". Pero la ciudad tuvo cuatro siglos antes un visitante mucho más ilustre. Me refiero al mayor educador del mundo, al ateniense que nos enseñó a tener la mente abierta, a regular vida e historia, renunciando a la tiranía de los apetitos y de las pasiones, despreciando la seducción de la violencia, mediante un diálogo incesante... Me refiero al inventor de la Filosofía como una búsqueda sin tregua de lo justo, "pues sólo a partir de la filosofía verdadera es posible distinguir lo que es justo, tanto en el terreno de la vida pública como en la privada" (Carta VII, 326).

No se sabe con absoluta seguridad el motivo que llevó a Platón a viajar a Siracusa. Como Solón y como Heródoto, hacia el 390 a. C, el discípulo de Sócrates se embarcó para ver y aprender. Tal vez visitó primero el país de los faraones. En Egipto se dejó impresionar por la milenaria sabiduría tradicional de los sacerdotes. Seguramente quiso pasar a Asia, pero la guerra entre Atenas y Persia se lo impidió, así que se dirigió a Cirene, la colonia griega de las playas líbicas, donde Teodoro cultivaba la geometría, patria de Teeteto, quien sería su sobresaliente colaborador en la Academia, elogiado por Platón como fundador de la geometría del sólido (estereometría) y a cuya memoria dedicó uno de sus diálogos tardíos, tras su temprana muerte (369 a. C).

A Platón no le gustaron las costumbres de la corte de Dionisio el Viejo, tirano de Siracusa: "Ninguna ciudad podría mantenerse tranquila bajo las leyes, cualesquiera que sean, con hombres convencidos de que deben dilapidar todos sus bienes en excesos y que crean que deben permanecer totalmente inactivos en todo lo que no sean banquetes, bebidas o esfuerzos en busca de placeres amorosos. Forzosamente, tales ciudades nunca dejarán de cambiar de régimen entre tiranías, oligarquías y democracias, y los que mandan en ellas ni soportarán siquiera oír el nombre de un régimen político justo e igualitario" (Carta VII, 326c-d).

Probablemente Platón viajó a la Magna Grecia (Sur de Italia y Sicilia) buscando la legendaria sabiduría de los eléatas y de los pitagóricos (a los que siempre llamará "los sabios"). Simias y Cebes habían traído al círculo socrático las enseñanzas de Filolao y las creencias órficas en otra vida inmortal. Seguramente tomó de los pitagóricos el sentido de comunidad de aprendizaje e investigación que importaría a la Academia (fundada en el 387 a. C), en cuya entrada se leería aquello de "No atravesará este umbral quien no sepa geometría". La cofradía pitagórica combinaba el rigor racional con la ambición ideal, y le sirvió a Platón de modelo político y de estímulo religioso, sin tener que renunciar al propósito ético de la dialéctica socrática. Tomaría de los pitagóricos el razonamiento analógico que usará en el Gorgias, diálogo de transición hacia un pensamiento propio.

De su viaje por Sicilia tenemos información por sus cartas: su amistad con Arquitas de Tarento, donde gobernaba una aristocracia pitagórica, frente a los bárbaros y los demagogos, y la amistad de su vida, la que fraguó con Dión siracusano, cuya hermana, Aristómaca, había casado con Dionisio el Viejo. Platón comprará en Sicilia una biblioteca pitagórica para su Academia ateniense. Ninguno de sus tres viajes a Siracusa acabaría bien. En el primero, enemistado con el tirano, acabó vendido como esclavo en Egina. Sólo la amistad con Dión le hará volver a la ciudad, con la esperanza de educar a Dionisio II y llevar a efecto una reforma política inspirada en los principios filosóficos de la justicia. Una revolución fracasada contra la tiranía acabaría violentamente con la vida de su amigo, a quien Platón dedicó una encendida elegía. En La Séptima Carta -que sirvió de título a la biografía escrita por Vintila Horia-Platón reconoce que al educar a Dión estaban inconscientemente preparando la futura caída de la tiranía (327a).

Siracusa era entonces la gran metrópoli siciliana, potencia hegemónica sobre todos los griegos de Italia. Como cualquier turista de hoy mismo, Platón visitó Catania y se interesó por las erupciones del Etna. (Abajo, el Etna nevado desde Taormina, f.: J.Biedma, 2, enero, 2008).





En Sicilia, Platón tuvo que conocer el teatro popular griego. El monumento más famoso del parque arqueológico (Neàpoli) de la Siracusa actual son las ruinas de su teatro griego, uno de los más grandes del mundo, completamente excavado en la roca. En el siglo V a. C. ya se había construido un primer teatro más pequeño -el que Platón conoció- y donde se representó por primera vez Los Persas de Esquilo. Fue ampliado en el III a. C. En su cávea podían acomodarse más de 16.000 espectadores en sus 62 gradas, con una acústica excelente.

Próximas están las antiguas canteras (latomías) de donde se extrajeron los bloques de piedra para su construcción. La Latomía del Paradiso se ha convertido hoy en un perfumado y exuberante jardín, en el que se encuentra la Oreja de Dionisio. El nombre se lo puso el pintor Caravaggio, recordando seguramente que Dionisio encerró en el 413 a. C. en esta cueva artificial de las canteras de Siracusa a los prisioneros atenienses, obligándoles a trabajar la piedra. Según la leyenda, el tirano oía sus voces gracias a las características de esta gruta artificial de 65 x 23 x 5-11 mts.

"Quise visitar las Latomías. Para ello, Dión me proporcionó un salvoconducto por medio de Filistos. Cuando traspasé la estrecha puerta, el trabajo había terminado en la ciudad, mientras que, en el fondo de la tierra, los forzados se afanaban aún contra las paredes, cuyo extremo se perdía en alguna parte, bajo gueras de leños, y llenaba el ambiente una horrible fetidez a sudor y a muerte, como si todas las penas de los hombres se hubieran dado cita en aquel antro que debía conducir al Hades y en el que las almas se purificaban de sus cuerpos. Todo lo que Siracusa representaba en altura, en fantasía arquitectónica, procedía de las Latomías (...). En los huecos vacíos, se había remplazado la piedra por cadáveres, con gestos aún llenos de vida, y por aquel hedor que se convertía en vida y en muerte a la vez, invisibles lágrimas de aquellos cuerpos condenados a labrar, dentro de su propia sepultura, la alegría y la casa de los demás. Al igual que las ciudades construidas sobre volcanes, Siracusa se había acostumbrado a la amenaza de las Latomías. Se dormía sobre éstas sabiendo que cada uno tenía su lugar reservado en ellas" (Vintila Horia. La Séptima Carta, 1964)

Es verosímil pensar que Platón, después de su primer viaje a Siracusa, se inspirase en esa gruta calcárea para idear la más famosa alegoría de su obra y de toda la historia de la filosofía. Esa especie de matriz imaginaria en que los humanos -como los prisioneros atenienses de la historia legendaria- estamos por naturaleza condenados a contemplar las imágenes de las cosas, tomando por reales las sombras y reflejos, las apariencias conformadas por prejuicios y tradiciones. Abandonar la caverna es el esfuerzo liberador de la educación. Fuera de ese útero cavernoso, en el que nos conforma la pereza y el miedo, el Soberano Bien (sol de la alegoría) ilumina esas cosas que ya no son cosas, sino sus verdaderas figuras intemporales, los modelos perfectos de las cosas naturales y vivas: las ideas.

Tras visitar el anfiteatro que construyeron los romanos para sus groseras y violentas diversiones, cerca del gran teatro griego, todavía queda tiempo para volver a la isla de Ortigia, y pasando por las ruinas del templo de Apolo (al principio de este artículo), aproximarse al frescor de la Fontana Aretusa, un manantial de agua dulce junto al mar. Según la leyenda, la ninfa Aretusa, perseguida por Alfeo fue transformada en fuente por Artemisa. Alfeo se convirtió en río para mezclar sus aguas con las de la ninfa.



Como encrucijada de culturas, en Siracusa se sobreponen los estratos estéticos más diversos, nobles escorias de siglos de civilización, siempre amenazada. Cerca de aquí podemos disfrutar la elegante sobriedad y elevación del gótico normando. Con la conquista de Messina en 1061 por Roger de Hautenville comenzó la influencia normanda en Sicilia, estos nórdicos ya se habían asentado en la península italiana como vasallos de Papa, y pusieron la isla bajo la órbita de la cristiandad en treinta años. En 1072 entraron en Palermo y en una sola noche destruyeron 300 mezquitas.



Más sensato fue lo que hicieron los cristianos con el antiguo templo de Atenea de Siracusa. Encastraron sus antiguas columnas dóricas en un templo barroco: La catedral. El templo dórico fue ya transformado en iglesia por los bizantinos, posteriormente modificado en época normanda, por fin, reconstruida en 1728 en un estilo barroco siciliano por Andrea Palma. En la misma plaza de la catedral está la bella fachada barroca de la iglesia de Santa Lucia alla Badia, realizada por Caraccielo a fines del XVII. En su interior pudimos disfrutar de una interesante exposición de pintura e instrumentos musicales antiguos: musicapicta.





















Una visita al hotel, para reponer fuerzas. La agencia en esto no nos engañó: el Hotel des Etrangers et Miramare tiene una posición privilegiada, con vistas al mar, a la parte noroccidental de la isla de Ortigia. Su decoración interior habría sido aceptada sin problemas por un auténtico platónico: solidez, sobriedad y geometría. Como pasamos aquí la Nochevieja, nos han agasajado con una cesta de naranjas de Catania, rojas y fragantes.


Un paseo por el centro de la ciudad. Nos sorprenden las grandes esquelas anunciando la muerte o el aniversario de la muerte de Fulanito de Tal, "padre esemplare, panificatore in pensione di anni 63"... con fotografías a todo color del difunto, exagerados recordatorios de los muertos por parte de los "Addolorati", familiares vivos. Hubiera sido de mal gusto reproducir aquí fotografías tales. También son de dudoso gusto los cuadros y santos que presiden las hornacinas de cualquier esquina, aunque resulten de un catolicismo tan sencillo e idolátrico como conmovedor, como la fe que provocó el milagro de la Madonnina delle Lacrime, un cuadro Kitsch de la Virgen del que brotaron lágrimas vivas en 1953.

En su honor se ha edificado un increíble santuario de 80 mts de altura que se ve desde cualquier punto de la ciudad. Comenzó a construirse en 1966 en lugar del hecho milagroso. El santuario fue inaugurado por el Papa Juan Pablo II en 1994.



La nochevieja siracusana sale bien. Hallamos mesa en la Taverna Conte di Cavour, un restaurante discreto que no aparecía recomendado en mi guía, y en el que por 35 € por dentadura nos sirven un opíparo e interminable menú de fin de año, todo regado con un fresco vino blanco de la tierra. Ya no podemos con el "Orate al cartoccio y, acabamos entregando la cuchara, satisfechos, piripas y agradecidos.



Hacia el hotel, nos despedimos de esta histórica ciudad, mientras contemplamos por última vez, las luces doradas de su bahía occidental. En los jardines del Foro Italico se me transparecen las figuras de antiguos fantasmas. Entre los que no falta un ensimismado Arquímedes conspirando geométricamente contra los sitiadores romanos. Pero no, Cristo ya ha nacido, predicó el amor y lo mataron. Ese ficus no estaba todavía ahí. Es el primer día del año 2008.

Por las fotos y el texto: José Biedma López

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