domingo, 24 de febrero de 2008

Palermo (José Biedma)










(orden de las fotos empezando desde abajo)
1: Interior del Grand Hotel et des Palmes
2: Fontana Pretoria
3: Teatro Massimo
4: Correos y Telégrafos
5: Cuatro Cantos
6: El emperador Carlos
7: Iglesia de Santo Domingo
8: Catedral normanda
9: Pila bautismal de la Capilla Palatina
10: Pantocrátor bizantino

Un hada madrina me disuadió de que alquilásemos un coche en Sicilia, se me apareció mientras me abrasaba los bronquios con un cigarrito, a la vez que me helaba en los exteriores de la terminal uno del aeropuerto de Barajas. ¡Menos mal que le hicimos caso al hada! La única norma que respetan los palermitanos es: "El primero que llegue, pasa". Son animosos y ágiles; conducen con gran soltura. El taxista que nos condujo al Gran Hotel et des Palmes (1874) se creía Fitipaldi.
Ese hotel en Via Roma es un monumento nacional neoclásico, modernista, digno albergue de Wagner e impropio -aunque lo fuese- de Arthur Miller. En su entrada se fotografían los recién casados y en sus salones bailaron los actores d'il Gato Pardo. Además, desde él se puede alcanzar la estación de tren a pie.
Palermo es una ciudad en la que se han amalgamado, como en una pintoresca torre de babel, orientales con occidentales, fenicios con griegos, latinos con árabes y normandos, españoles e italianos, y ahora indios y magrebíes... Como el resto de Sicilia, resulta curioso que constituya una especie de reserva espiritual del catolicismo. Es una ciudad moderna llena de coches y lujos, con restaurantes exquisitos y minimalistas como Sapori Perduti (Via Principe di Belmonte, 32), pero donde la gente todavía se persigna cuando pasa al lado de sus innumerables iglesias, maravillosas iglesias: normandas, bizantinas, barrocas, en las que tampoco falta un toque geométrico, aristocrático y árabe. Hasta hay una iglesia luterana justo enfrente del Gran Hotel. La vida bulle extrovertida en sus mercados, donde el vendedor te interpeta con respeto.
Y luego está la ópera. El tercer teatro de Europa, después del de París y Viena, conservando su perfecta coherencia verdiana. El Teatro Massimo: L'Arte rinnova i popoli e ne rivela la vita / vano delle scene il diletto ove non miri a preparar l'avvenire. Hallamos en la antigua ciudad todos los referentes de la propia cultura, incluido una curiosa estatua del emperador Carlos, un tanto amanerado; cerca de una fuente diseñada para un jardín florentino (Fontana Pretoria), proxima a los Cuatro Cantos cóncavos, que combinan estatuas de reyes españoles con las cuatro estaciones y las santas protectoras de los cuatro barrios de la ciudad. La gente es amable y comunicativa.
La ropa más cara y elegante es de varón y oscura, de gente de honor. Gente que es también muy suya, tal vez precisamente por haber sido resultado de la promiscuidad universal en esta encrucijada de culturas. Conservan un corazón rural, construido con pescado y verdura frescos, pasta de trigo y aceite puro de oliva.

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