martes, 9 de octubre de 2018

JÓDAR


Jódar es una puerta al norte del Parque Natural de Mágina, esa sierra dura, grande y mágica, cuyas cimas sobrepasan los dos mil metros y en la que Cuatrecases, el botánico catalán, aseguraba que había más especies vivas que en todo el Reino Unido.Tierra de frontera y guerra durante aquellos siglos en que la religión de la media luna controlaba el sur de Hispania, Al-Andalus. 

No es de extrañar que conserve su castillo y que los jodeños, tal vez con razón, lo presuman el más antiguo de la provincia de Jaén, tan repleta de fortalezas medievales. El actual es fábrica del IX, del Señor de Sumuntán (Sierra Mágina).

Epigrama romano con la raíz "Galduria"

En la falda del cerro de la Serrezuela llamado hoy de San Cristóbal, como asentamiento de la tribu musulmana de los kilabíes, hacia la mitad del siglo VIII Jódar se llamaba Sawdar. Puede que antes, esta u otra población cercana fuera llamada por los romanos Galduria, de donde el gentilicio galduriense, que suena más fino que jodeño.



La Sawdar mestiza integraba a mozárabes, muladíes y judíos, siendo capital de una comarca que algunos historiadores identifican con la cora de Yayyan (Jaén). En sus mejores momentos fue conocida Sawdar como "almacén de aceite" y productora de un famoso tinte carmesí que se exportaba a lo largo del Mediterráneo.



En 1229 la ciudad pasa al rey de Castilla, cedida por un jeque de Baeza. Su primer señor cristiano fue Sancho Martínez, un influyente personaje de Castilla. En el XIV será su jerifalte Luis Méndez de Sotomayor; en el XV, el Condestable Ruy López Dávalos; y luego mandarán la saga de los Zúñiga y la de los Girón. Hoy en su plaza mayor lucen las cabezas de sabios españoles y universales como Ortega, Unamuno, Cajal...

Durante el siglo XIX la escasez de tierra y el exceso de población dieron lugar a revueltas y disturbios. Jódar abrazó el liberalismo, eligiendo en 1808 su primer Ayuntamiento democrático. Muy cerca, en el llamado Cerro Luengo, Riego fue vencido en su última batalla (1823).


Durante mucho tiempo la principal industria estuvo vinculada a la producción de esparto, resultaba imprescindible su cuerda y pleita para las labores agrícolas hasta que se empezaron a importar vegetales africanos más baratos y, luego, llegó el multifilamento plástico, que redujo la industria del esparto a una artesanía para suvenires y museos etnológicos. Con la crisis del esparto llegó el paro y una parte de la población emigró (temporeros) y se radicalizó. La ciudad, no obstante, se muestra tan rebelde en lo político como piadosa en lo religioso. Cuenta hoy con una población estabilizada en torno a los doce mil habitantes.

Templo de la Asunción. Escuela vandelviriana.
Originario de Jódar fue Juan López Morillas, uno de los intelectuales más interesantes de nuestro siglo XX, gran conocedor y estudioso del krausismo. El Instituto de enseñanza media de la ciudad lleva su nombre, y en sus jardines puede verse un busto de Julián Marías, gran amigo del humanista galduriense. Nosotros tuvimos la suerte de organizar un acto con su hija, Consuelo López-Morillas, hispanista norteamericana. En Jódar nació también el aforista y filósofo Emilio López Medina, profesor jubilado de la universidad de Jaén, miembro de la Quinta del Mochuelo y con cuya amistad me honro.

Rosas forjadas en hierro, detalle de la reja de una de las capillas de la Iglesia de la Asunción
El día de la excursión, organizada por Ricardo Menduiña y Salvador Mesa, comimos en Los Molinos, bien servidos, digna cocina tradicional a precio muy razonable.


miércoles, 7 de febrero de 2018

CÁDIZ


A Cádiz siempre merece la pena volver. Sus gentes son tan antiguas como sabias. Si hay pobreza, es digna. Cualquier mesonero puede darte una lección de culinaria, de ética, de política, de enología, de savoir vivre..., sin darse importancia y como quien no quiere la cosa, los gaditanos carecen del prurito capitalino de los sevillanos, su sorna es infinita, su distancia con la tragedia de la existencia, también, como si no fuera con ellos. La ciudad es más antigua que cualquier otra andaluza, que casi todas las del Mediterráneo,  muy antigua. Comerció con fenicios antes de que estos fueran púnicos y resultaran aplastados por el poder romano, comerció también con griegos, lo que debió cabrear bastante a los cartagineses. Bajo sus faldas o bajo el mar de la tacita de plata se esconde el enigma de Tartessos. Cerca de donde el Betis abría su enorme boca para exportar de sus fuentes mismas, ya lejanas, los preciados metales de sus entrañas.


A pesar de lo bien que te hospedan sus gentes, de su gracia modesta, de su añeja sabiduría de ciudad milenaria, de sus magníficos caldos y licores, de su marisco y jamón de pata negra, yo no podría vivir en Cádiz. Me angustia porque es isla sin horizonte montañoso y porque el mar me adormece mucho, me fascina un rato, y luego me aburre. Esta vez llegamos por mar desde el Puerto de Santamaría.


Su imponente catedral esconde, como todas, los símbolos y misterios del tiempo, la incitación de una luz de Cielo matizada por las creencias y la arquitectura, el arte y la fe.


¿Qué extraña piedad pudo conmoverse con un niño crucificado, tan políticamente incorrecto? María Zambrano quiso escribir una Historia de la piedad (esa virtud olvidada), una larga historia que partiría de los griegos y en la que aparecerían como especies suyas tanto la ironía socrática como la tolerancia ilustrada. María Leyra piensa que es la piedad el hilo conductor de la axiología de nuestra filósofa malagueña. La piedad es saber tratar adecuadamente con lo otro: un dios, un animal, una planta, un ser humano enfermo o monstruoso, algo invisible o innominado, algo que es y no es"... como un niño Jesús crucificado.


"La piedad -escribió el amigo gallego de la Zambrano, Rafael Dieste- cuando es presencia de espíritu que acompaña en tiempos terribles y es fiel y firme como Antígona, vale muchos luceros".

En la catedral de Cádiz reposan los restos de un gran escritor hoy ninguneado porque, al parecer, cayó en el bando equivocado. Me refiero a José María Pemán, el mismo que recomendó a Franco apreciar el catalán como dignísica lengua de cultura, el mismo que escribió los memorables guiones de El Séneca, aquella serie de la tele en mantillas y blanco y negro, que popularizaba el estoicismo del filósofo cordobés, Pemán fue el autor de uno de los pocos poemas que memoricé en mi niñez para dedicárselo a una esquiva.


Está bien acompañado elpoeta. Allí mismo reposan los restos del enorme compositor gaditano don Manuel de Falla. Sí, siguen ardiendo gloriosamente al ritmo del amor brujo, como polvo enamorado. 


No conocíamos los restos del antiguo teatro romano, que ahora andan desescombrando. Desde la catedral y por el Callejón del Duende hacia los restos del teatro nos dirigimos. Abierto estaba y gratuito resultó visitar sus interesantes ruinas.


Una señora muy simpática con delantal y bata de lunares acabó por orientarnos con un paso de baile: 



El teatro fue construido con la extraña roca ostionera, roca sedimentaria muy porosa formada por restos de conchas marinas (Glycymeris sp. Ostrea edulis y Pecten sp.) y piedras erosionadas del mar, muy usada en toda la costa gaditana.



Puellae gaditanae

Ya los hitoriadores latinos del siglo primero llamaban puellae gaditanae a una chicas que, junto con sirias y egipcias, eran conducidas a Roma desde la "licenciosa Cádiz" para amenizar con sus bailes las fiestas de la capital del mundo. Algunos extendían el origen de su oficio a la legendaria Tartessos. En efecto, cien años antes de Cristo Eudoxio de Cízico, un comerciante griego, llevó un cargamento de flacas danzarinas gaditanas a las ciudades africanas.


Marcial las describe portando crótalos (castañuelas). Bailaron durante la República, pero las danzarinas gaditanas se hicieron famosas sobre todo durante el Imperio. Inigualables por sus contorsiones y el vaivén ágil y lascivo de sus caderas (crissatura), insuperable su atractivo para elegir juerga de entre las disponibles, según cuenta Plinio (Cartas, 1, 15), verlas bailar y cantar era privilegio de las clases altas. "Un hombre elegante -cuenta Marcial- sabe tararear de memoria las melodías de danzas alejandrinas e hispanas" (Epigramas III, 63).


El caso es que el carácter festivo y el ritmo alegre de las bailarinas béticas sedujo a todos. Esta de aquí nos regaló en otoño su tensa gracia mientras nos refrescábamos.


¡Olé! 
Rilke dedicó uno de sus Nuevos poemas a la Bailarina Española:

Como en la mano una cerilla, blanca
antes de ser llama, hacia todos lados extiende
estremecidas lenguas, así comienza en círculo
de cercanos espectadores a ensancharse convulsa
su danza, violenta, clara, ardiente.

Y de pronto es toda, toda llama.

Con una mirada enciende su pelo
y echa girando de golpe con atrevido arte
todo su vestido en este incendio,
del que, como espantadas serpientes,
se estiran crepitando los brazos desnudos, despiertos.

Y después, como si el fuego le fuera poco
lo reúne todo de nuevo y lo arroja,
dominadora, con gesto altanero,
y lo contempla: allí furioso en el suelo,
y llamea todavía y no se rinde.

Pero victoriosa, segura, saludando
con una sonrisa dulce, levanta la cabeza
y lo aplasta con sus menudos firmes pies.

Traducción de Jaime Ferreiro Alemparte, 1968.


martes, 2 de enero de 2018

CHIPIONA


Resultado de imagen de faro de chipiona

Entre Rota y Sanlúcar, a sesenta kilómetros de Cádiz, bañada por el Atlántico se extiende la villa de Chipiona, a pocos metros sobre el nivel del mar. Apenas cuenta con 20.000 habitantes en invierno, pero los duplica en verano. Su monumento principal es un titánico faro construido por un arquitecto catalán, el mayor de España, tercero de Europa y quinto del mundo.

Los guiños de ese coloso facilitan el acceso de las embarcaciones al Guadalquivir evitando que encallen en la piedra Salmedina. Un faro más antiguo (140 a. C.), maravillosa obra parangonable con el de Alejandría a decir del historiador Estrabón, dio nombre a Chipiona. En efecto, y por el mismo motivo, para evitar escollos a los navegantes que pretendieran remontar el Betis, fue construido por el procónsul Quinto Servilio Cepión: de ahí Turris Caepionis «Torre de Cepión», y de Caepionis, Chipiona.

El actual faro es una majestuosa torre troncocónica que recuerda las columnas conmemorativas romanas, hecha de piedra silícea y ostionera.

Los atardeceres otoñales de Chipiona son tranquilos, como mirar el mar soñando que estabas junto a mí, aunque lo estés, o algo así. 



Chipiona cuenta también con el Santuario de Nuestra Señora de Regla. El edificio actual, neogótico de mecano, fue construido sobre ruinas más antiguas y hasta antiquísimas, por iniciativa de los franciscanos, a principios del XX. 

La leyenda asigna un origen africano a la imagen de la Virgen de Regla. Habría sido venerada por el mismísimo San Agustín ante la inseguridad de que se apoderaran de ella los vándalos y habría sido traída a las costas gaditanas por eremitas agustinos.



Encerrada en un pozo bajo una higuera para evitar la profanación de los musulmanes, la imagen habría sido hallada de modo milagroso en el XIV. Gente menos crédula habla de monjes leoneses, amigos de la conversión de muslimes magrebís allá por la tardía Edad Media.

El gusto por las divinidades femeninas está probado en Chipiona, que es atlántica, igual que en el Mediterráneo. La ciudad rinde culto, como si de una heroína o semidiosa se tratara, a su artista más internacional, la cantante prematuramente fallecida Rocío Jurado.


El trenecico que hace ruta turística por la ciudad te pasea por su antigua casa familiar, una más, a dos alturas, sencilla pero decorosa. Una placa recuerda el hecho de que allí nació la chipionera universal. Y por supuesto, el trenecillo hace estación en el cementerio, donde ocupa un lugar principal el mausoleo de la Señora, como santuario en miniatura:




Los azulejos de su antigua casa rezan: 
La más grande 
Voz del Milenio y Andaluza Universal, 
genial artista 
mejor persona. 

Centrado en la plazuela próxima al templo de la Virgen de la Regla, al soplo de la brisa del paseo marítimo, se conserva otro epigrama con su firma. Allí me llovieron los grillos mientras fumaba un cigarrito y hacía un serio esfuerzo por recordar todos mis conocimientos de grafología con el fin de perpetrar un análisis de la psicología de la santa secular, en base a su signatura.

También en una de las rotondas principales aparece el tipo de la cantante de Amores a solas, más estilizado que, tal cual era, exuberante, poderoso, endurecido al bronce seguramente, con pretensiones de gloria y eternidad.


Santo por otras cualidades, más estrictamente religiosas y morales que artísticas, fue también chipionero don Ramón Gutiérrez, extraordinario salesiano a quien mi compañera y yo tuvimos la suerte de disfrutar de adolescentes como tutor y luego como amigo. Fue el cura que nos casó. Y a quien, además de suministros anuales de magníficos graneles de vino manzanilla de su zona, le debo la profética previsión de que un servidor iba para moralista... (A nadie le gusta esta expresión hoy, "moralista" es alguien que va juzgando y diciendo a la gente lo que debe hacer o dejar de hacer, a menudo de modo hipócrita, pero es otra cosa si digo "profesor de Ética" que es grado más académico, y también más inútil que la moralidad, la decencia y las añoradas buenas costumbres). No se equivocó. Los hombres santos suelen ser profetas.

El caso es que nos dimos un largo, interminable paseo nocturno buscando la casa de Don Ramón. Quien suscribe sufriendo con su artrosis de cadera y un cuádriceps recién restaurado. El pase sin embargo no fue estéril y mereció la pena, pudimos ver la fachada de la casa que buscábamos en una calle corriente de la antigua Chipiona y a los verdaderos chipioneros en su salsa finde, y familiarizar con un aborigen, militar de rebaje, así como echar vistazo y olfatazo al zaguán y mostrador de una añosa y venerable bodega.

Y de vuelta al paseo marítimo y al hotel resultó fantástica la aproximación el colosal y emblemático faro chipionero, que, como otros gigantes, parece cerca cuando están lejos, pero lejos cuando caminas hacia ellos, como si se alejaran.

La noche acabó inmejorable. Quien pudo bailó. A mí me fue suficiente con un brandy de la zona, saboreado a sorbos cortos mientras me adormecía con el maternal pulso de las olas, recordando cómo Rocío había hecho cantar a las algas con su elegante grito de hembra enfebrecida retumbando en el hueco infinito del mar.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Estepa, el pueblo de la Navidad

Este año, como si de la lotería se tratase, me llamaron por primera vez de interina. En la llamada me dijeron que no me preocupara por cambiar de vida, que Estepa estaba justo en el medio de Andalucía, cerca de todo y que iba a estar muy a gusto. Yo, no muy convencida, acepté y al día siguiente fui a visitarla. Mi primera foto, desde lo bajo del instituto donde iba a trabajar, fue esta:


Un 7 de Noviembre me recibió cual sol cegador y  cielo azul, el instituto está justo en todo lo alto del monte Becerrero, o "el cerro" como lo llaman allí. Me hizo gracia ya que yo vengo de los cerros de Úbeda. Lo primero que me llamó la atención fueron las cuestas, ya avisada por un alumno al que acababa de abandonar en Granada, sin embargo, nunca imaginé que mi coche iba a tener problemas para subirlas. Aunque no fue ésta la que más me sorprendió (no quiero volver más a ella), les dejo una imagen para que se hagan una idea.

Me lo tomé a reto para modelar mi figura, y todos los días que la subo intento que la cuesta no me baje el ritmo. La verdad es que en esta ciudad no hace falta pagar si lo que se quiere es tener unos buenos glúteos, abdomen y piernas.

Por otro lado, el nombre de Estepa me sonaba familiar, pero no fue hasta que no olí la canela, almendra e ingredientes varios cuando lo asocié con los polvorones y los mantecados, y es que, este es el pueblo donde la Navidad se fabrica en forma de dulce. Las máquinas están en funcionamiento desde las 6 de la mañana (me despertaron el primer día) hasta entrada la noche. Lo mejor de vivir en Estepa en estos meses es poder degustar todo lo que allí se fabrica, de manera gratuita, mientras estepeñas agradables te explican tus dudas acerca de lo que estás probando. Yo, que no soy muy de polvorones, mantecados y mazapanes probé las milhojas de chocolate y otras chocalatadas que me supieron demasiado bien. No dudé en traerme a mi tierra.

Por lo que he oído, puedes elegir entre veintidós fábricas distintas, no lo investigué, que me perdonen los estepeños, pero ya sólo una era una perdición de tarde. La más famosa, que no me paga por hacerle publicidad, tiene toda una ciudad de chocolate montada, otras ofertan talleres para enseñar a hacer la masa a los más pequeños. Antiguamente, todo se hacía a mano, como podéis ver en la recreación.















En la imagen de la derecha se puede ver la entrada tan iluminada y cuidada de la fábrica. A decir verdad, todo el pueblo está cuidado, sus calles son señoriales, con mármol blanco y muy limpias. Aunque cuando hablas con su gente no sabes si estás en Málaga, Córdoba o Sevilla; no pierden la elegancia de lo sevillano y si vienes desde su capital, puedes ver el monte con sus casas bien blancas que te la hacen recordar. 

Por supuesto, las luces de navidad son las primeras en encenderse, me atrevo a decir, de toda España. Es realmente el pueblo de la Navidad de donde se exporta tanta cultura gastronómica y de temporada al resto del país. Espero no decepcionarme en los siguientes meses, aunque todavía me falta por explorar el punto más alto, que se ve desde el patio del instituto y del cual dejo fotos. Desde donde fueron tomadas, el aire es puro, se escuchan ovejas y se ven caballos, exceptuando el ruido de los recreos, ¡esto sí que es calidad laboral!

¡Feliz año 2018!





sábado, 21 de octubre de 2017

SEGISMUNDO MORET


Llegamos a Cádiz en un barquito desde el Puerto de Santa María. Mucho calor para octubre. Siento curiosidad por saber quién fue este Segismundo Moret al que sus paisanos, por suscripción popular y aún en vida, erigieron este monumento en la céntrica Plaza de San Juan de Dios.

Pues nació en Cádiz en 1838, político eficaz, orador elocuente, jurisconsulto, insigne defensor de las ideas democráticas, fundador de la Asociación Española para el progreso de las Ciencias Sociales. Ministro de Ultramar en el gabinete del general Prim (1870). Durante su gestión se abolió la esclavitud en Puerto Rico. Ministro de Hacienda en el primer gobierno de Amadeo I (1871), resultó fundador del Partido Democrático-Monárquico que en 1882 se fusionó con Inquierda Dinástica y acabó dentro del Partido Liberal de Sagasta.

En 1897, siendo ministro de Ultramar, decretó la autonomía de Cuba y Puerto Rico en un vano intento de impedir la emancipación de ambas colonias. Durante su presidencia de gobierno (1905-1906) hizo aprobar la Ley de Jurisdicciones que puso las ofensas al ejército y a los símbolos de la unidad de España bajo jurisdicción militar. Intentó frenar la enemistad de los catalanistas que por ello se granjeó apoyando bajo cuerda a Lerroux, confiando en que su radicalismo demagógico podría apartar a las masas obreras barcelonesas del catalanismo.

En 1912, cuando Canalejas fue asesinado, el gobierno del conde de Romanones le eligió presidente del Congreso de los Diputados, cargo que desempeñó hasta su muerte en 1913.

Ayudó a que se terminara el Gran Teatro Falla de su ciudad natal. El monumento a Moret es obra póstuma del escultor catalán Agustín Querol y Subirats. Bajo la figura de Moret, en el fuste, se esculpieron cuatro alegorías de sus cualidades: patriotismo, libertad, lealtad, elocuencia.

domingo, 27 de marzo de 2016

SINTRA

A unos 35 kilómetros de Lisboa, en dirección noroccidental, hacia el puente de la nariz lusitana, se halla Sintra, declarada "patrimonio de la humanidad" desde 1995.


"Glorioso Edén" -llamó a Sintra el poeta romántico Lord Byron, hechizado por la belleza de su vegetación, sus palacios y su castillo.  



Richard Strauss se maravilló recorriendo el maravilloso Parque da Pena, con sus empinadas y sombreadas veredas, sus fuentes, sus árboles centenarios...



El Palacio da Pena corona la cresta de granito de esta sierra. Su estética de las "Mil y una noches" atrajo a jóvenes románticos británicos hacia este paradisíaco rincón portugués cubierto de palmeras, secuoyas, bambúes, acebos, alcornoques, madroños..., adornado por finas rosaledas, y donde casi en perpetua sombra y atragantadas de agua, florecen enormes y blanquísimas calas.



Si uno posee el capital más preciado, el tiempo, puede perderse solitario en ensoñaciones, como el herborizador Rousseau, por bucólicos parterres y empedradas sendas, rodeando musgosas rocas graníticas abrazadas lujuriosamente por la yedra. 



¡Perfecto lugar para un idilio del XIX! O para su virtual representación. Por soñar...




Como hemos dicho, el Palacio da Pena corona esa fantástica atalaya de la Sierra da Lua, desde la que se divisa un impresionante panorama de montaña, con su curiosa Puerta del Dragón, sus campanarios y minaretes orientalizantes, sus cúpulas con muros de ronda, sus ventanas neo-manuelinas con caprichosas ojivas góticas y delirante mezcla de estilos, entre los que no falta el mudéjar español. 





Residencia de la familia real durante el XIX, Fernando II -católico de origen alemán casado con María II de Portugal- mandó su construcción en 1836 sobre el solar y ruinas de un antiguo monasterio de los jerónimos, que el terremoto de 1755 destrozó. El Palacio de la Peña ("Pena" en portugués) está precisamente encastrado sobre enormes peñascos. 



En la antigua puerta de entrada al convento se colocó un tritón demoníaco , que emerge de una concha y cuyos cabellos se convierten en el tronco de una parra. Puede que se trate de "una alegoría de la creación del Mundo" o de la representación de un ser mítico, terror de navegantes, extraído del famoso poema de Camoes  -esto, según nos contó Pedro, nuestro guía portugués.


En la decoración del palacio hay continuas referencias simbólicas y esotéricas: a la orden de los templarios y a la Hermandad masónica de los Rosacruz, de la que el príncipe fue gran maestre.

Las vistas desde el palacio, del Castillo de los Moros, por ejemplo, son también fantásticas.

Exotismo, orientalismo, medievalismo, claroscuros y transparencias, piedras mágicas, horas inciertas, angustias preexistenciales, reacción contra el racionalismo crítico de la Ilustración, reivindicación de la libertad creadora frente a canon clásico..., todo el catálogo de la estética romántica se despliega aquí al detalle. 

Los románticos fueron también naturalistas, preferían la naturaleza a la civilización como esencia de lo genuino. Por supuesto, se trata en este caso de una naturaleza aparentemente salvaje, cultivada y regada, ¡ajardinada!




Las habitaciones del interior del Palacio da Pena son pequeñas. Muchos turistas deben sentirse agobiados cuando las visiten en plena temporada alta. Nuestro guía me confirma que no son extraños los ataques de claustrofobia y de ansiedad en el verano...




El comedor romántico está dispuesto con todo el menaje de la época (supra).




La torre del reloj que corona el restaurado convento recuerda a la de Belén. 



En el centro del palacio, lo romántico abraza  a lo medieval como si este fuera su centro nostálgico, la Ítaca a la que le gustaría volver.



El Palacio Nacional de Sintra es otra cosa. Se alza en la plaza principal. En su arquitectura conviven también varios estilos. 



Fue residencia de los reyes de Portugal a partir del siglo XV. Aquí se escucharon en vivo y en directo los lamentos de Camoens recitando Os Lusíadas, y también los lamentos de Alfonso VI, el desgraciado monarca a quien su hermano encerró en un ala del edificio tras arrebatarle mujer y trono.



Sus dos enormes chimeneas, aptas para asar debajo bueyes enteros acompañados de piaras de lechones, le otorgan desde lejos un perfil característico.



Las estancias internas se organizan en torno a patios. Destacan la Sala dos Archeiros, la Sala Moura (o de los moros), la Sala das Pegas (urracas), la Sala dos Cisnes y la Sala dos Brasões, que ostenta las armas de 72 familias nobles portuguesas y de los ocho hijos de D. Manuel I, la Sala das Sereias y la Sala da Audiência.




Las paredes lucen alicatadas, los bellos azulejos, algunos procedentes de Sevilla, o en esos tonos azules tan portugueses, juegal al arte óptico y al trampantojo o dan idea de lo que debieron ser los recreos veraniegos en la vida cortesana. Con la caza como pasatiempo favorito.

Las calles empinadas del pueblo están consagradas al turismo, la gastronomía, las bebidas locales, la artesanía, los "suvenires", entre los que escojo finos productos de cosmética.






Desde el pueblo, diversos balcones ofrecen hermosas perspectivas de otros importantes edificios públicos y palacetes (alguno en venta), que cuelgan como nidos colosales en mitad de la pintoresca sierra, desde la cual se vigila y atisba el océano.










Más información: 
Buena información histórica y artística sobre el Palacio da Pena, y excelentes fotos de Sintra, pueden encontarse en el blog de Marcos 


Macetero del Palacio da Pena