domingo, 27 de marzo de 2016

SINTRA

A unos 35 kilómetros de Lisboa, en dirección noroccidental, hacia el puente de la nariz lusitana, se halla Sintra, declarada "patrimonio de la humanidad" desde 1995.


"Glorioso Edén" -llamó a Sintra el poeta romántico Lord Byron, hechizado por la belleza de su vegetación, sus palacios y su castillo.  



Richard Strauss se maravilló recorriendo el maravilloso Parque da Pena, con sus empinadas y sombreadas veredas, sus fuentes, sus árboles centenarios...



El Palacio da Pena corona la cresta de granito de esta sierra. Su estética de las "Mil y una noches" atrajo a jóvenes románticos británicos hacia este paradisíaco rincón portugués cubierto de palmeras, secuoyas, bambúes, acebos, alcornoques, madroños..., adornado por finas rosaledas, y donde casi en perpetua sombra y atragantadas de agua, florecen enormes y blanquísimas calas.



Si uno posee el capital más preciado, el tiempo, puede perderse solitario en ensoñaciones, como el herborizador Rousseau, por bucólicos parterres y empedradas sendas, rodeando musgosas rocas graníticas abrazadas lujuriosamente por la yedra. 



¡Perfecto lugar para un idilio del XIX! O para su virtual representación. Por soñar...




Como hemos dicho, el Palacio da Pena corona esa fantástica atalaya de la Sierra da Lua, desde la que se divisa un impresionante panorama de montaña, con su curiosa Puerta del Dragón, sus campanarios y minaretes orientalizantes, sus cúpulas con muros de ronda, sus ventanas neo-manuelinas con caprichosas ojivas góticas y delirante mezcla de estilos, entre los que no falta el mudéjar español. 





Residencia de la familia real durante el XIX, Fernando II -católico de origen alemán casado con María II de Portugal- mandó su construcción en 1836 sobre el solar y ruinas de un antiguo monasterio de los jerónimos, que el terremoto de 1755 destrozó. El Palacio de la Peña ("Pena" en portugués) está precisamente encastrado sobre enormes peñascos. 



En la antigua puerta de entrada al convento se colocó un tritón demoníaco , que emerge de una concha y cuyos cabellos se convierten en el tronco de una parra. Puede que se trate de "una alegoría de la creación del Mundo" o de la representación de un ser mítico, terror de navegantes, extraído del famoso poema de Camoes  -esto, según nos contó Pedro, nuestro guía portugués.


En la decoración del palacio hay continuas referencias simbólicas y esotéricas: a la orden de los templarios y a la Hermandad masónica de los Rosacruz, de la que el príncipe fue gran maestre.

Las vistas desde el palacio, del Castillo de los Moros, por ejemplo, son también fantásticas.

Exotismo, orientalismo, medievalismo, claroscuros y transparencias, piedras mágicas, horas inciertas, angustias preexistenciales, reacción contra el racionalismo crítico de la Ilustración, reivindicación de la libertad creadora frente a canon clásico..., todo el catálogo de la estética romántica se despliega aquí al detalle. 

Los románticos fueron también naturalistas, preferían la naturaleza a la civilización como esencia de lo genuino. Por supuesto, se trata en este caso de una naturaleza aparentemente salvaje, cultivada y regada, ¡ajardinada!




Las habitaciones del interior del Palacio da Pena son pequeñas. Muchos turistas deben sentirse agobiados cuando las visiten en plena temporada alta. Nuestro guía me confirma que no son extraños los ataques de claustrofobia y de ansiedad en el verano...




El comedor romántico está dispuesto con todo el menaje de la época (supra).




La torre del reloj que corona el restaurado convento recuerda a la de Belén. 



En el centro del palacio, lo romántico abraza  a lo medieval como si este fuera su centro nostálgico, la Ítaca a la que le gustaría volver.



El Palacio Nacional de Sintra es otra cosa. Se alza en la plaza principal. En su arquitectura conviven también varios estilos. 



Fue residencia de los reyes de Portugal a partir del siglo XV. Aquí se escucharon en vivo y en directo los lamentos de Camoens recitando Os Lusíadas, y también los lamentos de Alfonso VI, el desgraciado monarca a quien su hermano encerró en un ala del edificio tras arrebatarle mujer y trono.



Sus dos enormes chimeneas, aptas para asar debajo bueyes enteros acompañados de piaras de lechones, le otorgan desde lejos un perfil característico.



Las estancias internas se organizan en torno a patios. Destacan la Sala dos Archeiros, la Sala Moura (o de los moros), la Sala das Pegas (urracas), la Sala dos Cisnes y la Sala dos Brasões, que ostenta las armas de 72 familias nobles portuguesas y de los ocho hijos de D. Manuel I, la Sala das Sereias y la Sala da Audiência.




Las paredes lucen alicatadas, los bellos azulejos, algunos procedentes de Sevilla, o en esos tonos azules tan portugueses, juegal al arte óptico y al trampantojo o dan idea de lo que debieron ser los recreos veraniegos en la vida cortesana. Con la caza como pasatiempo favorito.

Las calles empinadas del pueblo están consagradas al turismo, la gastronomía, las bebidas locales, la artesanía, los "suvenires", entre los que escojo finos productos de cosmética.






Desde el pueblo, diversos balcones ofrecen hermosas perspectivas de otros importantes edificios públicos y palacetes (alguno en venta), que cuelgan como nidos colosales en mitad de la pintoresca sierra, desde la cual se vigila y atisba el océano.










Más información: 
Buena información histórica y artística sobre el Palacio da Pena, y excelentes fotos de Sintra, pueden encontarse en el blog de Marcos 


Macetero del Palacio da Pena



martes, 22 de marzo de 2016

LISBOA



"Surge Lisboa, branca, ao pé do Tejo azul;
A Lisboa das naus,
Construida em marfim, sobre colinas de oiro.
Vede o imenso estuário... (é sonho ou realidade?)
Sob un Azul divino a desfolhar-se em asas!"

Teixeira de Pascoaes, poeta da saudade

De la savia del río Tajo  nació y creció la capital lusitana. Ciudade-río, la denominó el poeta Mário Dias Ramos. La ciudad bordea el río a lo largo de más de quince kilómetros. Hasta que fue construido el puente "25 de abril", el Tajo dividía la ciudad en dos zonas que sólo se comunicaban por barco. La inmensidad del estuario hace fácil confundir aquí las aguas del río con las del mar





"No hay para mí flores como, bajo el sol, el colorido variadísimo de Lisboa"

Fernando Pessoa (Bernardo Soares, Libro del desasosiego, 100.

"Lisboa antigua y señorial" -cantaba mi madre el fado. Lisboa, la bien cantada... Aquí llegaron antes que los romanos, los fenicios, sobre estas colinas que dominan el estuario del río Tajo.


En ella construyeron también los visigodos sus murallas. El gran poeta Camoens le inventó la leyenda de que fuese fundada por el mismo Ulises. Los romanos le llamaron primero Olisipo y luego Felicitas Julia. Al dominio del musulmán le sucedió la conquista de las huestes cristianas del primer rey portugués, Alfonso Henriques en 1147, con el reconocimiento de Alfonso VII "emperador" de León.


Es en el siglo XIII cuando Lisboa se convierte en capital del reino de Portugal, con los descubrimiento atlánticos y la ruta de las Indias, alcanzará su esplendor llegando a ser el puerto más importante del mundo. El el Burlador de Sevilla, Tirso de Molina la señala como octava maravilla, urbe insigne, famosa y nobilísima.


Lisboa mantendrá su aire medieval hasta el terrible terremoto de 1755. Sólo quedó el barrio de Alfama, la ciudad fue reconstruida bajo la batuta del marqués de Pombal con criterios racionalistas propios del siglo de Voltaire (el gran ilustrado entró en crisis de fe a consecuencia de la hecatombe humana causada por el terremoto).

La parte más antigua de la ciudad se escalona a los pies del Castillo de San Jorge, sede de los reyes portugueses durante cuatro siglos.


Hay que coger dos ascensores para trepar a él. Desde la colina más alta del estuario del Tajo, domina Lisboa y se divisa casi desde cualquier parte de la ciudad. En su puerta perdió la vida Martín Moniz luchando bravamente contra los árabes que defendían su alcázar:


Las terrazas y torres de la imponente fortaleza medieval fueron reconstruidas en 1947, al conmemorarse los ocho siglos de la conquista cristiana de Lisboa, y constituyen un fantástico mirador:


En la foto de arriba se ven las torres de la iglesia de San Vicente, cuya reconstrucción fue dirigida por el arquitecto italiano Terzi. Su fachada con tres pórticos es de clara influencia romana.

El templo fue erigido en honor de un santo muy popular en Lisboa. Una leyenda afirma que hacia 1173 embarrancó en uno de los brazos del Tajo una barca sin remos ni remeros, dirigida por un par de cuervos, en la que iba el cuerpo de San Vicente, torturado por los árabes en el Algarbe. Tras ser trasladados los restos del santo a un lugar seguro, los dos cuervos se dirigieron a la catedral de Lisboa, donde anidaron. Las farolas del Chiado recuerdan en hierro la historia sagrada, de la que hemos oído otras versiones.



Entre las populares plazas del Rossio (o de Pedro IV) y del Comercio, con su arteria principal la Rua Augusta se desparraman los turistas a todas horas, entre bancos, restaurantes y comercios. También los mendigos.


La plaza del Rossio fue durante siglos el corazón de la ciudad. Antiguamente, los caballeros lisboetas abrevaban en ella sus caballos, miraban con ojos encendidos a la muchachada y comentaban los acontecimientos políticos. En la Pascua del 1506 se desencadenó desde aquí una terrible matanza que acabó con la vida de dos mil judíos y herejes. Y es que en esta plaza se alzaba antiguamente el palacio de la Inquisición, donde hoy está el teatro de Doña María II, cuyo primer director fue el célebre dramaturgo Gil Vicente.



En el palacio rosa que hay al lado del Teatro Municipal se incubó en 1640 la histórica conspiración de nobles portugueses que llevó al país a independizarse de España.

Durante la reconquista cristiana de la península, los soldados portugueses, los leoneses y los castellanos, se encomendaban a Santiago matamoros en sus campañas, luego los portugueses, enfrentados a los castellanos, sintieron que era contradictorio encomendarse al mismo santo que el enemigo, así que sustituyeron a Santiago por San Jorge, importando la devoción de la pérfida Albión, donde era un santo popular, un viejo héroe matadragones...


El suelo de la plaza del Rossio parece obra de un artista de op-art. Uno se mece y tiembla sobre las olas que dibujan los característicos y diminutos adoquines. Vértigo sientes.


Próxima, entre la plaza del Rossio y Restauradores se levanta la popular estación ferroviaria del Rossio, que antes parece un teatro o un palacio que una estación de trenes, y cuyas puertas en herradura, inconfundibles, fueron construidas en el XIX evocando el gótico gusto manuelino de tiempos pasados.



En el centro de la hermosísima Plaza del Comercio se alza la estatua escuestre de José I, obra de Machado de Castro.


La plaza se abre al río Tajo por el llamado embarcadero de las columnas:


Por el otro lado, el monumental arco de la Rua Augusta da acceso a la Plaza del Comercio:




En los soportales de la plaza del Comercio, los días de fiesta, se organiza un mercadillo con artesanía local.

En el Chiado se alza la estatua del autor de Os Lusíadas, Luis de Camoes, obra de Victor Bastos (1867):

Por aquí abundan librerías (de ir solo, me hubiera pasado la mañana en una de libros antiguos), pastelerías (de nombres tan sugestivos y cosmopolitas como "Au Boheur de Dames"), floristerías... Es el centro mundano de Lisboa. En A Brasileira puede uno tomar una ginja (ginjinha), un licor de cerezas, simulando estar à la page, rodeado de gente que discute de arte, literatura o política. El café que se muele y bebe en Lisboa es excelente.


A la salida puede uno fotografiarse con Pessoa mientras oye, un día sí otro también, música callejera. No fados, esta vez, sino blues.


Menos conocido es Antonio Ribeiro, O Chiado (el Chirrido), que vivió muchos años en esa calle lisboeta. Fue un poeta satírico del Renacimiento, franciscano secularizado pero célibe, genio de la improvisación y la imitación de voces.


No muy lejos de allí y gracias a una lista de restaurantes "humildes pero decorosos" que llevaba el maestro Luis Sierra, cuando apretaba la lluvia, pudimos encontrar buen trato, solaz y restauración en el sencillo O Cerveirense. Cayeron dos botellas de vinho verde, todo a un precio razonable.


"Hay en Lisboa unos pocos restaurantes o casas de comidas en los que, encima de una tienda con hechuras de taberna decente, se alza un entresuelo que tiene el aspecto casero y pesado de un restaurante de ciudad pequeña sin tren. En esos entresuelos poco visitados, excepto los domingos, es frecuente encontrar tipos curiosos, caras sin interés, una serie de apartes en la vida."                                        Fernando Pessoa (Bernardo Soares). Libro del desasosiego, 1.



No nos fue posible comer en la Casa de Pasto de Eurico, y eso que llevábamos recomendación..., ¡overbooking! Y no me extraña a juzgar por los magníficos platos de pescado que vimos en sus mesas. Todo muy casero.


La catedral (Sé) es uno de los monumentos más antiguos de Lisboa. Su aspecto es de fortaleza militar. Ha tenido que ser restaurada varias veces a consecuencia de los terremotos. Pero conserva la pureza de su planta románica, aunque muchos de sus elementos son góticos. Su construcción fue promovida por el primer obispo, inglés, de Lisboa, Gilberto Hastings.


Abajo, Girola de la catedral. En una de sus capillas reposan los restos de Lopo Fernandes Pacheco (XIV), ricohombre y valido de Alfonso IV, el Bravo.


En frente de la catedral está la casa de San Antonio, que aunque murió en Padua, era lisboeta.


El papa Pío VI, a instancias de la reina María, ofreció indulgencia plenaria a quien, en estado de gracia, visite esta casa y esta iglesia en la que vivió el santo (1782): 


San Antonio nació Fernando de Bulhoes. Dice la leyenda que cuando murió todas las campanas de Lisboa tocaron espontáneamente a difunto.

En la misma plaza de la catedral y frente a la casa de San Antonio puede uno tomar uno de esos pintorescos tuk-tuk, taxi-carromatos o triciclos motorizados, de uso reciente en Lisboa (desde 2010), ágiles para subir y bajar cerros por los barrios antiguos de calles angostas de diseño moruno.


La tradición es favorable al tranvía, aunque los guías advierten que hay que tener cuidado en ellos con los carteristas. Pero para coger el que hace el recorrido más pintoresco hay que hacer largas colas.


En distintos barrios de la ciudad es posible salvar las alturas mediante vehículos a raíles, pintorescos ascensores profusamente grafiteados:



El enorme estuario del Tajo es como una gran boca que la península ibérica abre al Atlántico. La Torre de Belén y el Monumento a los descubridores ocuparían el lugar de los incisivos superiores. Sintra y su enorme parque, que linda por el sur con el balneario de Cascais, la nariz y el olfato.


Construida entre los años 1515 y 1521, la Torre de Belén es una fortaleza que vigila la entrada al estuario del Tajo y un monumento emblemático del esplendor de la época de Don Manuel el Afortunado. Durante su reinado (1469-1521) las naos portuguesas bordearon el cabo de Buena Esperanza y llegaron a Brasil.



Traza exterior castrense para una intimidad gótica. De sus cúpulas morunas y bellos balcones, de su blanca piedra, emana un hálito romántico.



Muy cerca está el Monumento a los descubrimientos (Padrão dos Descobrimentos, 1960), que conmemora los 500 años de la muerte de Enrique el Navegante.


El monasterio de los Jerónimos es una joya del arte renacentista y gótico portugués (manuelino). Construido sobre el altar de Nuestra Señora de los Navegantes, ante el cual Vasco de Gama pasó rezando la noche anterior a su partida hacia las Indias. Las riquezas que trajo sirvieron para pagar su construcción, que milagrosamente respetó el terremoto de 1755.


La nave de su iglesia alberga los sepulcros de Vasco de Gama y Camoens, este último vacío porque el terremoto de 1755 aventó las cenizas del genial cantor de Os Lusiadas. Del pórtico sur salía la procesión popular de los pescadores de bacalao, que invocaban la protección de la Virgen antes de lanzarse a navegar por el Océano.


Dicen algunos que sus altas columnas exhiben una romántica palidez comparable a la de las estalagmitas. ¡Bien soñado!


Si uno abandona las grandes vías, se encuentra con una Lisboa de tonos pardos, atacada por el salitre, pero que conserva dignamente las maneras, como las del comercio al por menor, más lentas y personales, de épocas pasadas.


Sus gentes son sencillas y acogedoras, mestizas y soñadoras, cosmopolitas, como muchos de sus apeaderos, como venidas a menos de un imperio, donde se supo muy pronto de las especias y otras maravillas de ultramar. 


Con poco esfuerzo, uno edita las fotos que ha tomado y salva a recortes la belleza evasiva de algunos rincones, dejando al margen a los coches que lo invaden casi todo, aunque no ya el Terreiro do Paço (Plaza del Comercio), que servía de aparcamiento público la primera vez que visité Lisboa, hace casi treinta años. 


El Hotel Edén, al fondo, céntrico en la Baixa, desde su terraza mirador hay un buena perspectiva de Lisboa, donde sorprenden los abundantes tejados de teja verde.










LISBON REVISITED (1926)
Fernando Pessoa

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido...
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.

Me cerraron todas las puertas abstractas y necesarias.
Corrieron cortinas ante todas las hipótesis que podría
ver en la calle.
En el callejón que yo encontré no hay el número de
puerta que me dieron.

Desperté a la misma vida que me había adormecido.
Hasta mis ejércitos soñados sufrieron derrota.
Hasta mis sueños se sintieron falsos al ser soñados.
Hasta la vida tan sólo deseada me harta -hasta esa vida...
Comprendo a intervalos inconexos;
escribo en los lapsos de cansancio;
y es tedio hasta el tedio lo que me arroja a la playa.
No sé qué destino o futuro compete a mi angustia sin timón;
no sé qué islas del Sur imposible me aguardan, náufrago;
o qué palmares de literatura me darán un verso al menos.

No, no sé esto, ni otra cosa, ni cosa alguna...
Y en el fondo de mi espíritu, donde sueño lo que soñé,
en los campos últimos del alma, donde memoro sin causa
(y el pasado es una niebla natural de lágrimas falsas),
en los caminos y atajos de las florestas lejanas
donde supuse mi ser,
huyen desmantelados, últimos restos
de la ilusión final,
mis ejércitos soñados, derrotados sin haber sido,
mis cohortes por existir, despedazadas en Dios.

Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver?
¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que está fuera de mí?

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por salones de recuerdos
con ruidos de ratas y de maderas que crujen
en el castillo maldito de tener que vivir...

Otra vez vuelvo a verte
sombra que pasa a través de sombras y brilla
un momento a una luz fúnebre desconocida
y entra en la noche cual estela de barco al perderse
en el agua que dejamos oír...

Otra vez vuelvo a verte,
mas, ¡ay, a mí no vuelvo a verme!
Se rompió el espejo mágico en el que volvía a verme idéntico,
y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo de mí,
¡un pedazo de ti y de mí!

(Traducción de José Antonio Llardent)



"Soñar es ver las formas invisibles
a distancia imprecisa, y, con sensibles
impulsos de esperanza y voluntad
buscar allá en la fría línea del horizonte
árboles, playas, flores, aves, fuentes:
besos que nos debía la Verdad."

F. Pessoa, "Horizonte, Mar portugués"
(traducción Jesús Munárriz)



"Bien podría ser que Lisboa, contrario de lo que parecía, no fuera ciudad, sino mujer, y la perdición solo amorosa, si el restrictivo adverbio tiene cabida aquí, si no es ésa la única y feliz perdición."
                                                                                      José Saramago

María y Jesús muerto, escultura de la catedral de Lisboa