domingo, 5 de enero de 2014

Visita al Condado

Seis de diciembre de 2013.
Hacia el Condado, al norte de Jaén, entre Ciudad Real y la Loma. 

Desde los cerros de Úbeda, la carretera de Madrid cae pronto hacia la cola del pantano del Giribaile en el valle del Guadalimar que separa ambas comarcas. Luego se eleva otra vez, torciendo a la derecha, nada más pasar el paraje donde se deshace sumergido el viejo Puente Ariza. Por allí descubrió San Juan de la cruz, milagrosamente, el manojo de espárragos con el que restauraría sus fuerzas en su agónico camino hacia su tránsito en Úbeda.

Olivos y encinas. A la derecha dejamos el santuario de la Virgen de la Estrella, luego el pequeño paraje con vocación de parque en que se velan las huellas de un dinosaurio. En treinta minutos, sin correr, nos ponemos en Navas de San Juan, donde fríen bastante bien las ancas de rana, y en seguida en Santisteban.

En la plaza principal del pueblo toman el sol, separados, paisanos e inmigrantes. Ha empezado la campaña de aceituna. En la fachada de una casa una inscripción recuerda que fue habitada, nada más y nada menos, que por la Santísima Virgen del Collado. Justo enfrente repostamos en el Bar-café Guzmán. Un acierto; buen café y sobresaliente pan tostado con aceite virgen extra de picual. No se desdeñan allí placeres más sofisticados como el bizcocho de zanahoria. Todo inmaculado.


Me congratulo de que entre los presentes haya quien recuerde la figura del más importante humanista, científico y divulgador del Renacimiento español nacido en Santisteban: Juan Pérez de Moya. Su Philosofía secreta (1585) fue el primer gran manual español de mitología clásica. La obra no sólo ofreció una gran lección moral, sino igualmente una meritoria y erudita asimilación del imaginario pagano a la mejor cultura cristiana de la época. La Filosofía secreta ejerció una importantísima influencia en poetas, pintores y escultores de nuestro Siglo de Oro.


En la plaza de Santisteban del Puerto un conjunto monumental recuerda el rostro y la obra de Jacinto Higueras Fuentes, autor del Monumento a las Batallas de Jaén (1912) y del Monumento al general Saro en Úbeda. Este artista santistebeño (1877-1954) fue un cotizado imaginero después de la guerra. Firmó la hermosa figura del Jesús Nazareno de Úbeda en 1940, retocada en sus brazos por Palma Burgos. A los pies de la cabeza del artista yace un desnudo femenino y la fecha 6 de Enero de 1963.



Tomamos rumbo hacia Castellar, que antiguamente se llamó "de Santisteban". Hacia la Mancha, dirección norte, por Aldeahermosa, Montizón, hasta Venta de los Santos. Más allá, queremos asomarnos al pantano del Dañador. Si sigues por esa carretera acabas cambiando de comunidad en pocos kilómetros y llegando a Villamanrique (Ciudad Real). Por aquí hubo una estación, Solaria, de la antigua vía romana conocida como el camino de Aníbal, seguramente porque el líder púnico la usó para conducir sus ejércitos. Por aquí deambularon también durante siglos los ganados de la Mesta, paso natural y cañada real desde la Mancha a las Andalucías y viceversa. Fue con el superintendente Olavide (1775), en tiempos de Carlos III, el rey ilustrado, cuando se repoblaron estas estribaciones donde la Sierra del Segura se encuentra con el vértice oriental de Sierra Morena. El plan de repoblación pretendía acabar con el bandolerismo.

Don Pablo Antonio José de Olavide y Jaúregui nació en Lima (Virreinato de Perú) en 1725 y murió en Baeza en 1803, escritor, jurista y político fue el responsable del importante plan de Nuevas poblaciones de Andalucía y Sierra Morena. La Inquisición le pagó sus importantes servicios al país y la corona con una injusta condena en 1778. Personifica tanto las ilusiones de los ilustrados, sus sueños de reforma y modernización de España, como su fracaso. Mereció una biografía de Diderot, viajó por Europa, y conoció al "príncipe de la Tolerancia", el famoso Voltaire, conocimiento este que pesaría en su posterior humillación y exilio. El autor de Cándido le describió como un "filósofo muy instruido y muy amable" (cfr. J. Biedma López,  Interpretación de Andalucía: Nuestro Renacimiento, Úbeda, 1998, pgs. 154-159).

"Sin agua no hay vida posible.
Es un bien preciado e indispensable
a toda actividad humana"
(Carta europea del agua)



Al lado del embalse del Dañador, en una zona de recreo tan amena como solitaria nos recibe una manada de ciervos, las hembras nos saludan y se despiden cabriolando por los cerros, entre curiosas y asustadas. Los machos nos miran altivos desde lo alto de las colinas, casi desafiantes. Luego desaparecen. Sorprende saber que, antiguamente, aquí se reunían los ganaderos de Villamanrique y del Condado en una feria que concentraba a más de mil personas para tentar (ahora se diría con horrible anglicismo "testear") el ganado. En el entorno se plantaron eucaliptos, pinos carrascos y el curioso ciprés de Arizona de tonos azulados. Un rústico caracol  de piedra sirve de protección a la boca de un pozo:


El embalse del Dañador sólo tiene capacidad para 4 hectómetros cúbicos. Fue construido en 1965 y ocupa 68 hectáreas. Sirve para la pesca y el abastecimiento de los pueblos de la comarca. Tras un relajante paseo, volvemos a Venta de los Santos, torcemos a la derecha, por el camino de los Olleros, con la intención de visitar las ruinas del Moliniche, un antiquísimo molino de origen romano. Dudamos si nos habremos pasado, pero unos cazadores metidos a senderistas nos orientan muy amablemente.

El Molineche aún conserva incorruptible la acequia que, como una vena separada de la arteria principal del río, lo alimentaba, así como el cuerpo de piedra hueco en el que sin duda estaba la maquinaria que convertía la energía hídrica en mecánica para la molienda. Allí crece ahora una higuera cimarrona. El molino tenía la estructura compleja y poco común de un cubo para aprovechar un caudal escaso o irregular. Y debieron de aprovecharlo durante siglos, romanos, godos, musulmanes y cristianos...

El paraje tiene mucho encanto. Con bosquezuelo de pinos y un soto que se convierte en rambla en tiempos de crecidas. La temperatura, a pesar del mes, nos resultó ideal para un paseo. Una semana antes estaría aquí mismo helando. Y sin embargo, todavía veo volar una ninfa de Linneo (Coenonympha pamphilus*), pero no consigo enfocarla bien. También danzan en el aire, buscando presa, algunas libélulas rojas. Por fin, tras retrasarme un poco, "cazo" con mi pentax y su objetivo macro (Sigma 105 mm), a una de ellas...



La vegetación de la ribera es muy interesante, autóctona: zarzamoras, majuelos, alisos, fresnos, tamujos (con los que se fabricaban escobas), lentiscos, labiérnagos, mimbreras, eneas, esparragueras, gamonitos, jaguarzos, torviscos...






Se oyen saltar las ranas, huye un mirlo y, por desgracia, encontramos el cadáver de un zorro aún caliente. Parece dormido. ¿Veneno? Ya se sabe que los cazadores humanos detestan la competencia de otros depredadores...



Un camino lleva hasta el charco de la presa que alimentaba el molino, cruza el río y, siguiendo el sendero paralelo al cauce, llega hasta la ermita de San Isidro, a unos 2,5 kms, en el área recreativa del Dañador que antes habíamos visitado.


Siguiendo el buen consejo de mi amigo y colega Antonio Buenosvinos, buscamos la Venta del Tío Silvino. La dueña, Lola, nos acoge muy amablemente. Nos coloca en una mesa con brasero de ascuas. Cuernos de ciervos, trofeos óseos de caza mayor, adornan las cuatro paredes. Pido caldo de cocido tan casero como el flan de café, para chuparse los dedos. ¡Ummm, esos pimientos confitados! Patatas "a lo rico", huevos, matanza de la de no escatimar en carne... Nada del otro mundo, pero todo tan fundamental como bueno.

A los postres, facunda y divertida, Lola nos ofrece un monólogo con información histórica, local y familiar...

En la venta del tío Silvino (Venta de los Santos)

Sin ir más lejos -nos cuenta-, allí mismo murió el maquis Rojo Terrinches (José María Mendoza Jimeno)...

Dos guardias civiles fueron a por él con ayuda del mayoral de una finca, según el libro de Constancio Zamora Moreno dedicado a El Rojo Terrinches. Se ganaron su confianza simulando ser pastores. Cuando el maquis apareció llevaba una escopeta de dos cañones y un cuchillo a la cintura. Les dijo que no era tan malo como se contaba, que él sólo luchaba por el proletariado. Les ofreció tabaco para liar. En un descuido, se abalanzaron sobre él, un guardia alcanzó a herirle en el cuello y el otro le dio un tiro en la cabeza:

“Tras su muerte se condujo el cadáver hasta Montizón, donde fue expuesto públicamente. Los guardias y el mayoral sonrientes y satisfechos se hicieron fotografías posando junto al cuero como si de una montería se tratara".

A Lola le preguntamos también por los italianos y sus cacerías de zorzales. Dijo con picardía que cuando no había pájaros en la zona, los italianos se iban a Ciudad Real por pájaras. No todos, claro. Nos saca, para su consulta, varios libros de historia local, escritos por estudiosos de estas duras y agrestes tierras fronterizas.

¡Y todo a 10 € por cabeza! No puedo sino, agradecido por la comida y las risas, darle un par de besos de despedida.

Dirección Chiclana de Segura y Sorihuela del Guadalimar.

Chiclana, como un nido de águilas, se agarra a una roca que en los últimos tiempos ofrece preocupantes signos de inestabilidad. La diputación está financiando su afianzamiento. Al este de la comarca del Condado, la pequeña y pintoresca ciudad, que cuenta en la actualidad con algo más de mil habitantes, fue conquistada en 1226 y perteneció a la Orden de Santiago y también a la antigua provincia de La Mancha hasta 1833.

Vista desde Sorihuela de Arroyo del Ojanco.
Detrás  la Puerta de Segura

Paramos en Sorihuela para disfrutar de la inmensas vistas de su balcón hacia el este, cerca del geriátrico. Al fondo la sierra de Segura, de las Villas y, más al sur, la de Cazorla...



De vuelta, sorteando remolques cargados de aceituna, cogemos la nacional en Villanueva del Arzobispo, el pueblo de "las tres mentiras" porque ni es villa, ni es nueva ni es por ahora de ningún arzobispo...





* Me acabo de enterar que este ninfálido está en peligro de extinción en el Reino Unido, no se sabe bien por qué causas...

lunes, 18 de junio de 2012

En memoria de don Manuel Azaña

Para Irene Vega

En Montauban, sentimos como un deber patriótico acercarnos a ver la tumba de don Manuel Azaña (Alcalá de Henares 1880-Montauban 1940), excelente político y escritor, quien -como pidió Unamuno- no debería ser juzgado por lo que logró, sino por lo que intentó y por los medios -pacíficos y dialécticos- que usó para ello.

En 1931 Azaña se perfilaba como nuevo jefe del gobierno de la República española tras decretar en su famoso discurso de 13 de octubre el laicismo del Estado. Su alegato a favor del estado laico pretendía, no obstante, provocar el rechazo de la enmienda socialista que no se conformaba con la separación de Iglesia y Estado -lo que podía incluso ser aceptado por republicanos católicos como Alcalá Zamora o Miguel Maura-, sino que pretendía la disolución de las órdenes religiosas y la nacionalización de sus bienes, lo que chocaba con el principio de libertad religiosa. Los socialistas querían borrar a la Iglesia católica de la realidad española.

A don Manuel le pasó lo que a tantos espíritus moderados en España, son denostados por los energúmenos de uno y otro bando: "El enemigo de un español es siempre otro español. El español es ser al que siempre gusta decir lo que se le antoja, pero le molesta que haya otro español que goce de igual libertad" (Discurso de Barcelona, 18 de julio del 38). La izquierda marxista le considera un pequeño-burgués, la derecha le considera demasiado radical o progresista.

Ejerció el periodismo y el ensayismo desde muy joven. Pedro Cerezo le considera un magnífico crítico literario y hay quien afirma que creó una de las prosas más bellas y mejor estructuradas del siglo XX (Alberto Ollé). Como narrador fue -en palabras de Unamuno- un "escritor sin lectores". ¿Mejor escritor que político?, ¿mejor orador que escritor? Sin embargo, fue si no el más brillante, sí uno de los parlamentarios más brillantes de la España contemporánea.

Manuel Azaña ingresó primero en el Partido Reformista que abandonó en 1923 por colaborar con la dictadura de Primo de Rivera. En 1925 fundó Acción Republicana, que fusionó con el Partido Radical de Lerroux en la Alianza Republicana. Formó parte del Pacto de San Sebastián (17 de agosto de 1930), cuyo comité revolucionario presidido por Alcalá Zamora fue el embrión del gobierno provisional de la República y de sus cortes constituyentes. Las elecciones de 1931 resultaron un plebiscito sobre la monarquía, que ésta perdió.

La quiebra de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y de la "dictablanda" de Berenguer, arrastraron con su caída a la monarquía cómplice, y el panorama político se simplificó. El republicanismo, apenas significativo antes de la dictadura, atrajo el interés de los liberales y de los partidos radicales de signo social, no porque creyeran en la República, sino porque la sentían como una oportunidad para la revolución. "Desde su comienzo la República liberal se hallaba, pues, entre dos frentes, cogida en las tenazas de la reacción y de la revolución" (Pedro Cerezo, El mal del siglo, Madrid, 2003). Los republicanos como Azaña hicieron cuanto pudieron por llevar a cabo -desde arriba- su programa de reformas modernizadoras y sociales, pero "su singladura fue tormentosa y agitada hasta llegar finalmente a naufragar en la Guerra Civil" (Ib. pg. 712).

Azaña, como Unamuno, Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Antonio Machado...,  formó parte de la legión de intelectuales que contribuyeron al advenimiento de la Segunda República, creyendo que con ello conseguirían regenerar los cimientos de la vida política española. "La República representaba el ideal de una España en forma, en posesión de sí misma, y en trance de superar todos los demonios familiares. Pero éstos parecieron concitarse más vivamente en su contra" (Ibidem).

En la Segunda República, Azaña asumió el ministerio de la guerra, desde el que suprimió la vergonzosa "ley de cuotas" que permitía a los chicos ricos librarse del servicio militar y de la interminable guerra de África.
Tras el discurso de Azaña sobre el artículo 26 de la constitución que establecía la laicidad, Alcalá Zamora dimitió como presidente del gobierno. Una vez más, Azaña mostró su facilidad para generar consensos, ofreciéndole a don Niceto la presidencia de la República.

Fue Manuel Azaña quien instauró el voto femenino. Cada reforma que emprendía le granjeaba enemigos a izquierdas y a derechas. El más poderoso, la CEDA (antirrepublicana), que convirtió el catolicismo en militancia política.


En 1933 Azaña no consiguió unir a todas las fuerzas republicanas y ganó la derecha. En octubre de 1934 se produce la revolución socialista y comunista, asesinatos fascistas, proclamación de la república catalana, insurrección de los mineros... En sus mítines a favor de la república, Azaña llegó a congregar a 700.000 personas. Tras el "escándalo del estraperlo" y la victoria del frente popular (1936), Azaña, como presidente del gobierno, intenta integrar a la CEDA en el juego democrático y contentar a los izquierdistas con una amnistía.

La posición de Azaña tras el alzamiento militar es moralmente incómoda: defendía la legalidad republicana pero veía como se cometían todo tipo de desmanes en su nombre. Convencido ya de la derrota republicana, permaneció en Barcelona hasta el 6 de febrero de 1939, fecha en la que dimitió y cedió la presidencia a Martínez Barrio. Murió exiliado, el tres de noviembre de 1940 en Montauban, víctima de una antigua dolencia cardiaca.

En su discurso de 13 de octubre de 1931, Azaña señalaba tres problemas de España que no habían sido resueltos: el problema de las autonomías, el problema social y el problema religioso. Para Azaña, el verdadero problema religioso no debería exceder de la conciencia personal. La frase "España ha dejado de ser católica" seguramente incomodó a media España, pero no dejaba de ser la fría constatación de un hecho histórico.

Si bien Azaña se muestra partidario de una radical separación de la Iglesia y el Estado, esto no puede implicar el desconocimiento de la existencia de la primera. Plantea el dilema de escoger entre el respeto a la libertad de conciencia, tolerando la labor de las órdenes religiosas que se oponen a la libertad republicana, es decir, ellas mismas no tolerantes, y la eliminación de las órdenes, para poner a salvo a la república y al Estado laico, eliminando así uno de sus principios: la libertad religiosa. Ante este dilema, propone -muy dialecticamente- sumar un término mayor (síntesis) a la tesis y a la antítesis de la antinomia. Tratar desigualmente a los desiguales para garantizar la salud del Estado. Es decir, propone disolver aquellas órdenes que, además de los tres votos canónicos, prestan otro de obediencia a una autoridad distinta de la legítima del Estado, aludiendo con ello, claro está, a los jesuitas.

Sin embargo, previene frente al extremismo, él no va a caer en el ridículo de enviar a los agentes de la República a clausurar conventos para que en torno a ellos se forme la leyenda de un falso martirio... "guardémonos de extremar la situación aparentando una persecución que no está en nuestro ánimo". Cree que la labor benéfica de las órdenes religiosas es encomiable, pero que esconde un proselitismo discriminante, de trato preferente al que es católico frente al que no. Insinúa que esas labores asistenciales deberían ser ofrecidas por el Estado. Y desde luego, reclama el fin de los privilegios de la Iglesia en materia de enseñanza, ¡por motivos de salud pública! Era consciente de que "en el orden de las ciencias morales y políticas, la obligación de las órdenes religiosas católicas, en virtud de su dogma, es enseñar todo  lo que es contrario a los principios en que se funda el Estado moderno".

Las palabras de su sencillísima tumba sirven de título al discurso de 1939 en Barcelona y de colofón esperanzado a aquel "desgarro": "Paz, piedad y perdón". Dan que pensar en un profundo sentimiento religioso, que depura del mismo sus absurdas perversiones políticas.



También son suyas estas otras:

"A pesar de cuanto se hace por destruirla, España subsiste".

lunes, 14 de mayo de 2012

La cruz occitana

Bandera con la cruz occitana en Carcassonne.
Foto de Magüy Biedma Fuentes
La cruz de Occitania, tricúspide, vacía y pometeada de oro, también llamada cruz de Tolosa, cruz del Languedoc o cruz de Forcalquier (Forcauquier, en occitano), fue adoptada como símbolo cristiano por las tierras occitanas de Languedoc y Provença, donde ya aparecía en muchas sepulturas precristianas. 

Al parecer, la región de los cátaros o albigenses, el Languedoc-Roussillon, adoptó para su bandera las cuatro barras catalanas y la Cruz d’Oc o Cruz Occitana. Los cátaros fueron más bien iconoclastas y renunciaron a símbolos paganos e idolátricos, sin embargo se asocia también a ellos -tal vez equivocadamente- esta cruz que tiene una asociación con el mundo solar y con los doce símbolos del horóscopo occidental. 

En rojo o blanco, en 1211 los condes de Tolosa la llevaban como símbolo propio durante la invasión francesa de sus territorios, invasión justificada como "cruzada" contra la herejía albigense. Presenta unas extremidades en forma de llave antigua, es decir a la vez paté y centelleadas, lo que forma tres ángulos en total. La "cruz de Tolosa" está despejada de cualquier otra pieza ya que sus extremidades deben ser visibles.

En la bandera con fondo rojo, la cruz es amarilla o blanca. La familia de los condes de Forcalquier adoptaron este símbolo como parte de su escudo heráldico en el siglo XIII, luego los condes de Tolosa (Toulouse) en el territorio tradicional del Languedoc, extendiéndose luego por toda la Occitania hasta la Provenza, Guyenne, Gascuña, Delfinado, Auvernia y Lemosín. Hoy se encuentra en los emblemas de los departamentos franceses de Mediodía-Pirineos, Languedoc-Rosellón y Altos Alpes, entre otros, así como en cementerios y en cruceros de caminos. 


En la imagen de arriba la corona de Aragón y el país de Occitania en tiempos de Pedro II  de Aragón, apodado el Católico, nacido en Huesca, en julio de 1178, y fallecido en la batalla de Muret (Francia) el 13 de septiembre de 1213, rey de Aragón, conde de Barcelona (1196-1213) y señor de Montpellier (1204-1213). Hijo de Alfonso II el Casto de Aragón, y de Sancha de Castilla y de Polonia.  Su reinado estuvo dedicado a la política en los territorios transpirenaicos, pero no alcanzó demasiado éxito, lo que, aparte de la merma crónica de recursos financieros y el endeudamiento de la corona, determinó una menor atención a la frontera hispánica contra el Islam, logrando apenas alguna posición avanzada en territorio andalusí. De todos modos,  Pedro II participó activamente junto a Alfonso VIII de Castilla y Sancho VII de Navarra en la campaña que culminó en la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212, un triunfo cristiano decisivo.

lunes, 7 de mayo de 2012

ALBI


Catedral de Santa Cecilia de Albi
La cruzada contra los albigenses

En 1145, San Bernardo vino a predicar contra la herejía cátara a Toulouse y a Albi, sin demasiado éxito. Los cátaros, a los que también llamamos albigenses, por la importancia de la herejía en esa ciudad, resultan tan exóticos hoy, como pudieron parecer entonces. Han sido asociados a los bogomilios búlgaros. En 1167 llegó al sur de Francia un dignatario bogomilio, Nicetas, y se reunió un concilio cátaro cerca de Toulouse, al que asistió el obispo de Carcasona, el consejo de la iglesia cátara del valle de Arán y una inmensa muchedumbre.

¿Gnósticos?  ¿Maniqueos? Negaban el valor de los sacramentos católicos, rechazaban el bautismo, la eficacia de la eucaristía, los sufragios por los difuntos, eran iconoclastas y enemigos de la cruz. Su cosmología dualista hacía del mundo una creación de Satanás. Del diablo procedía también la carne, por lo tanto condenaban tanto la copulación como el matrimonio y eran vegetarianos estrictos, no comiendo ni pescado ni huevos ni quesos. 

¡No comer quesos en Francia es sin duda una herejía y un ascetismo extremo, insufrible! No me explico muy bien por qué la Iglesia los persiguió; con ese catecismo, y si lo hubieran cumplido fielmente, los albigenses, a falta de reproducción, se hubieran extinguido enseguida, o sólo hubieran sobrevivido los hijos de “pecadores”.

Pórtico de la catedral de Albi
Lo peor es que le atribuían al diablo el mismo poder que a Dios, al que hacían responsable sólo de la creación del espíritu y no del mundo. También el hombre habría sido concebido por el maligno. Rechazaban el Antiguo Testamento, como libro de hazañas diabólicas. Y negaban la doble naturaleza de Jesús que para ellos –detractores de la carne- no podría haberse encarnado, sino que fue un "espíritu puro". La iglesia, el papado, los padres, eran nuevas encarnaciones del mal. Y la cruz era el signo de la bestia del Apocalipsis, debiendo su culto ser radicalmente suprimido. Tampoco parece que tuvieran en gran consideración el trabajo. No alababan la pobreza y tampoco metían el dinero en su reprobación de la materia.

Sin duda, como insinúa Jacques Le Goff -gran conocedor del pensamiento de la baja edad media-, a estas doctrinas más o menos puritanas o extravagantes, debían mezclarse sentimientos de injusticia respecto a la iglesia oficial, indignación frente a sus dirigentes, e inadaptación a los nuevos tiempos. Seguramente también un deseo de autonomía política frente a los poderes del norte. La herejía preocupó por la posibilidad de que bajo la nueva fe se fundara una corona cátara en el sur de Francia… Rivalidad eterna entre la Francia del Norte, semigermánica, y la del Mediodía…

Menéndez Pelayo (Historia de los heterodoxos españoles (I, III, II)) define a los albigenses, cátaros o patarinos como una rama del maniqueísmo, muy distinta de los valdenses, insabattatos o pobres de León, que constituyeron, por el mismo tiempo, una secta laica y comunista. El maniqueísmo, fundado por el profeta parto Manes o Mani en el III d. C., doctrina que profesó San Agustín en su juventud,  había sobrevivido a duras penas en el imperio bizantino. Se dice que el emperador Anastasio y su mujer, Teodora, alentaron la secta, cuyas doctrinas se divulgaron en Tracia y Bulgaria y, por ignotos caminos, llegaron a las naciones latinas hacia el apocalíptico año 1000, cuando el desorden era norma en Europa y se temía el fin del mundo. El maniqueísmo reapareció en Orleáns, Aquitania y Tolosa (Toulouse). Fue en Italia donde se les llamó “cátaros”, o sea,  "puros" por su severidad de costumbres,  “pensaban mal del Jehová del Antiguo Testamento”, se añade en los cronicones. Dos canónigos de Orleáns y una italiana eran los dogmatizadores. En el siglo XII, Pedro de Bruys y un tal Enrique divulgaron la doctrina en el Languedoc, donde se les opusieron Pedro el Venerable y San Bernardo. Llegaron a tener un antipapa búlgaro, Nicolás (el Nicetas al que cité antes), que visitó Tolosa en 1167, y celebró concilio, al que acudió el obispo de Albi, Sicardo Cellarerio, y Bernardo Catalani, representante de la iglesia de Carcasona. Reconocían grados de iniciación y ocultaban muchos de sus dogmas, sobre todo acerca del origen del mal. Parece ser que la mayoría de los trovadores de Provenza se pusieron de parte de los albigenses y del conde de Tolosa, más por motivos políticos que religiosos.

Interior de la catedral de Albi

Puede que los albigenses se anticipasen, sin demasiado éxito, a la pretensión de libre examen y libre interpretación de los textos sagrados que luego caracterizó a la reforma protestante. Hacia 1200, la extensión de la herejía,  por el Midi y el centro de Francia, el norte de Italia, Flandes y Hungría, era tan grande, que Inocencio III toma medidas. En el Languedoc, el conde Raimundo VI parece favorecer a los herejes. El espontáneo predicador español Santo Domingo de Caleruega fracasa estrepitosamente con ellos. En 1207, el papa excomulga al conde Raimundo y lanza el entredicho sobre sus tierras. Su legado es asesinado e Inocencio III predica la cruzada contra los albigenses. Ni el rey de España ni el de Francia responden a su llamada, pero muchos aventureros, pequeños señores y eclesiásticos del norte de Francia se lanzan a la cacería. “Cincuenta mil guerreros tomaron la cruz –escribe Menéndez Pelayo-; la Francia del Norte, enemiga inveterada de los meridionales, vio llegada la hora de vengar sus ofensas y redondear su territorio”. En 1209, los cruzados toman Béziers y proceden a la matanza de mujeres, niños y viejos, refugiados en una iglesia. Saquean e incendian, comenzando por la catedral. Simón de Monfort pasa a ser vizconde de Béziers y Carcasona, y arrebata a Raimundo sus estados, con excepción de Toulouse y Montauban.

El rey Pedro II de Aragón, a la sazón soberano de los señores del Languedoc, acude en auxilio de Toulouse y es derrotado por Simón de Monfort y muerto en la batalla de Muret (1213)... "Y fue tan malamente herido, que por medio de la tierra quedó esparcida su sangre, y a la hora cayó tendido y muerto, dice el cronista. Los otros, al verle caer, tuviéronse por vencidos, y comenzaron a huir sin resistencia... Muy grande fue el daño, el duelo y la pérdida cuando el rey de Aragón quedó cadáver ensangrentado y con él muchos barones: duelo grande para la Cristiandad fue el de aquel día" (1).

Fresco de la catedral de Albi

 Cuando el concilio de Letrán de 1215 sustrae sus tierras a Raimundo, la población del Languedoc se levantó a su favor. Comenzó una nueva cruzada. En 1218 muere Simón de Monfort en el sitio de Toulouse, y hay que esperar a que acuda el rey de Francia, Luis VIII, para que los cruzados en 1226 obtengan éxitos decisivos, consagrados por el tratado de París de 1229. Todo parece indicar que por debajo de la disputa religiosa se ocultaban intereses políticos de dominio del territorio, entre aragoneses, provenzales y francos. El rey de Francia convertirá en tierras de realengo, o sea, o sea hará propias una parte de los territorios del conde de Tolosa. Se desmantelan las fortalezas… de modo que el principal resultado de la cruzada contra los albigenses será permitir al rey capeto el acceso directo al Mediterráneo, preparando la unión de la Francia septentrional con la meridional… La última resistencia, la última fortaleza cátara, será el castillo de Montségur.

"Resumamos: la herejía fue lo de menos en la guerra de Provenza. Dominaba allí un indeferentismo de mala ley, mezclado con cierta animosidad contra los vicios, reales o supuestos, de la clerecía. Había, además, poderosa tendencia a constituir una nacionalidad meridional, que quizá hubiera sido provenzal-catalana, tendencia resistida siempre por los francos. Bastaba una chispa para producir el incendio, y la chispa fueron los cátaros" (Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos... I, III, II, II). 

A pesar de todo ello, la herejía cátara no concluyó, continuó, clandestina, durante años en el Languedoc y progresó en el resto de Europa. En 1250 un hereje reconvertido en dominico enumera 16 iglesias cátaras, e importantes grupos en España. Pero la Iglesia ya había puesto en marcha  una forma de lucha  más eficaz que los ejércitos cruzados: los tribunales de la Inquisición. Su origen puede hallarse en la bula Ad abolendam de Lucio III, en 1184. En 1252, otra bula de Inocencio IV justificaría la tortura. Como suele suceder, muy pronto algunos herejes arrepentidos y travestidos en dominicos se caracterizarán por sus excesos, por ejemplo Roberto el Búlgaro, que hizo estragos entre 1235 y 1240 en Flandes, Borgoña y Champaña. El primero de los manuales de inquisidores conocidos fue escrito hacia 1241-1242 por un dominico aragonés, el cardenal Raimundo de Peñafort, pero el más célebre será el de Bernardo Gui, inquisidor de Toulouse, escrito hacia 1321.

La imponente Catedral de Santa Cecilia de Albi, edificada en ladrillo, se empezó a construir hacia 1282, prolongándose los trabajos por espacio de dos siglos. Un ejemplo formidable del triunfo del catolicismo, en gótico flamígero.

nota
(1) Trad. de Menéndez Pelayo de los versos de Historie de la croisade contre les Albigeois, écrite en vers provençaux par un poète contemporain, traduite et publiée par M. Fauriel (Paris, 1837). Se conoce este poema por el de Guillermo de Tudela...

miércoles, 21 de marzo de 2012

The Merrion Square Corner


Estatua de Oscar Wilde en Merrion Square,
frente a la casa donde vivió

Jordi me ha confirmado que Fernando murió de un accidente de coche. Tenía la esperanza de que no hubiera sido así. ¿Qué será de sus cuadros  hiperbóreos? ¿No se decía de los habitantes de Hiperbórea que eran gigantes inmortales? Nada permanece, pero los fondos de sus cuadros solían ser de un azul purísimo, celestial, sobre el que modelaba cuerpos astrales, en blanco zurbarán, esbeltos, larguiruchos, semitransparentes.  Fernando, pintor, teniente de artillería, escritor, locutor de Radio para horas brujas… ¿Se había expuesto demasiado al sol nórdico?, ¿o un lucero dorio le desorientó en los bosques del Purandán, en una noche de luna nueva? Vivió intensamente hasta dar con sus huesos en el arroyo. Une envie de retour à la boue. He conocido eso en otros tipos como él, diré mejor en todos los tipos como él. Incluido Oscar Wilde. Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde, nacido en Dublín en 1854, cuando Irlanda estaba integrada en el Reino Unido. Murió roto y exiliado en 1900.

Cuando me despedí de Fernando me regaló la Epistola: In Carcere et Vinculis (“De Profundis”) del autor dublinés, con una cita de otro hiperbóreo, Federico Nietzsche: “Para subir a lo más alto, hay que bajar a lo más profundo".  La obra de Wilde ya me había marcado profundamente. Sus cuentos irónicos (“El fantasma de Canterville”), trágicos y poéticos (“El natalicio de la infanta”), su teatro, su gran novela, El retrato de Dorian Gray, su ingenio para la paradoja, su maestría para el epigrama, y su clarividente ensayo sobre el socialismo y su porvenir… The soul of man under socialism, que se publica como libro en 1895. Por esos años, el irlandés se ha convertido en el escritor de mayor éxito en Londres. José Martí le describe como joven “de honrada nobleza y mesurado en el alarde de su extravagancia”...  Uno podía escandalizar siendo mesurado e ingenioso, aunque extravagante, en la hipócrita sociedad victoriana. ¡Debía ser una gozada provocar los grititos histéricos de aquellas damas reprimidas con ocurrencias ligeramente obscenas, atrayentemente ambiguas, deliciosamente verdes!

Wilde comparte su esteticismo con Nietzsche, pero -a mi juicio- su pensamiento trasciende y mejora el del alemán, porque conoce cuáles son sus límites, los límites trágicos de Dionisios, aunque se queja del cientifismo y de la ética puritana y miope de su época, sabe de la superioridad del bien frente a la belleza, y del fracaso trágico e inevitable de toda metafísica que conceda la supremacía a la apariencia, al arte por el arte. De Profundis es el contrapunto justo al hedonismo de su obra primera.

- Por supuesto, Fernando, la gente corriente es aburrida, y el estudio de las formas marginales o marginadas –como decías en tu dedicatoria de 1981- puede resultar mucho más interesante que el de las integradas y conformistas.

En la librería del Trinity College encontré una curiosa colección de boutades, paradojas, ocurrencias del amigo de Bosie –lord Alfred Douglas-: Oscard Wilde. The Worlds Favorite 100 Quotes. With Photographs and Landmarks. Las ilustraciones no son nada del otro mundo, y resultan reiterativas. Pero el libro resultaba asequible, y tenía una característica sorprendente: ¡había sido dedicado de su puño y letra por el editor –el selector de citas de Wilde- con sus mejores deseos! Patrick Walsh nació y vive en Dublín, estudió en la Gaiety School of Acting y ha interpretado el papel de Jack en ‘The Importance of Being Earnest’.

sábado, 10 de marzo de 2012

Dublín. Bebedores


Estatua de James Joyce


“He went through the narrow alley of Temple Bar quickly, muttering to himself that they could all go to hell, because he was going to have a good night of it.”

Cabrera Infante traduce las palabras de Joyce: “Con paso rápido atravesó el estrecho callejón de Temple Bar, diciendo por lo bajo que podían irse todos a la mierda, que él iba a pasarlo bien esa noche”.

El protagonista de Duplicados (Counterparts, lo cual significa más bien “homólogos”, “equivalentes”), es un tal Farrington, un oficinista grandote y borrachín, de poca monta y escasa capacidad de trabajo, que ha de soportar las incesantes broncas de un jefe con acento de Irlanda del Norte. Su esposa, a la que apenas se alude al final del cuento, “era una mujercita de cara afilada que maltrataba a su esposo si estaba sobrio y era maltratada por éste si estaba borracho”. Esa tarde, particularmente frustrado y ansiando emborracharse, Farrington ni siquiera consigue llegar a ebrio gastando el dinero que le abonan por empeñar su reloj. Cuando vuelve a casa frustrado la paga con su hijo, uno de los cinco que ha producido. El final del relato resulta descorazonador:
“‘O pa!’ he cried. ¡Don’t beat me, pa! And I’ll… I’ll say a Hail Mary for you… I’ll say a Hail Mary for you, pa, if you don’t beat me… I’ll say a Hail Mary…’”

Grupo exterior, crucifixión, de San Lorenzo

No me explico por qué Cabrera Infante sustituyó el “Avemaría” del original -que promete rezar el niñito si su padre no le pega- por un “padrenuestro”, ni cómo –en el texto de antes- ha sustituido “infierno” por “mierda”. En fin, libertades del artista -en este caso traductor-, o tal vez tenga que ver con el hecho de que manejo la edición de Dublineses de Penguin Books, que no respeta las constantes supersticiones tipográficas del autor irlandés ni las correcciones queridas “por aquel/que en vida admirara a Parnell”. Tampoco me explico muy bien el sentido del título original, que algún traductor (hombre o máquina) vuelca, muy literalmente, por Contrapartes.

El relato es un ejemplo perfecto de cómo la frustración cabrea a las personas, y de cómo éstas intentan desahogar la furia con los más débiles e inocentes. La secuencia es frecuente: frustración-alcoholismo-resentimiento-maltrato doméstico. El protagonista es humillado por su jefe, luego, por el desinterés de la mujer de un pub que le atrae, pero que no le presta la menor atención, y, por último, pierde varios pulsos, y su prestigio de hombre fuerte delante de sus amigos. Quien paga el pato (mecanismo freudiano de desplazamiento) es -ya que la esposa está en la iglesia-, un menor, al que su padre golpea brutalmente con un bastón, con la excusa de que no ha sabido mantener la candela y la comida caliente, descargando en el pobre niño toda su furia y rabia contenida, mientras este le ofrece, a cambio de la paliza, un Avemaría.



La única ambición de la vida de Farrington es conseguir dinero para emborracharse. Su cara congestionada toma “el color del vino tinto o de la carne magra”.  Aquí Cabrera Infante se muestra en verdad creativo, Joyce –al menos según mi edición de Penguin- escribe simplemente: “dark wine or dark meat”. Ya antes de acabar la jornada, Farrington se despista a la tienda de O’Neill para sorber “a glass of plain porter”. Durante la noche gastará el dinero del reloj empeñado en pagar rondas de diversas bebidas. A parte de la justamente famosa, sabrosa y oscura cerveza irlandesa, se cita el ponche (“the curling fumes of punch”), whiskys de malta calientes… “The sight of five small hot whiskies was very exhilarating”… La descripción de Joyce del ambiente del pub es escueta: “The bar was full of men and loud with the noise of tongues and glasses”. Farrington, eufórico, invita a todo el mundo. Weathers, un joven acróbata del Tívoli,  tomará “a small Irish and Apollinaris”. Apollinaris es un agua mineral alemana prestigiosa y cara. Cuando la Scotch House cierra, la fiesta se traslada a Madigan's, donde O’Halloran ordenó grogs para todos.  El grog es una bebida caliente, azucarada, que mezcla agua con licor, generalmente ron, aunque también kirsch, coñac u otras bebidas "espirituosas". Suele aromatizarse con limón. Farrington pagaba la ronda cuando volvió Weather, pero para su consuelo no volvió a pedir la cara bebida anterior, sino “a glass of bitter”, un vaso de cerveza “bitter”. Y, tras agradecer la hospitalidad holandesa, acaba pagando “one little tincture”, supongo que una especie de aguardiente de hierbas de alta graduación.
The Porter House

En fin, los irlandeses tienen merecida fama de grandes bebedores. Deben tener un gran nivel de vida, al menos los que visitan los cómodos y oscuros pubs todas las tardes, pues la bebida en Dublín no es barata, y para emborracharse sólo con cerveza harían falta más de diez euros. Me ilusiona pensar que el Madigan’s que nosotros visitamos, y donde disfrutamos de un buen sandwich restaurador, es el mismo de Poolbeg Street donde el acróbata del relato de Joyce le gana el pulso al oficinista. Allí probé mi primera Kilkenny; luego, la excelente Smithwick’s. Después, trasegaríamos unas cuentas pintas de Guinness, pero ninguna cerveza irlandesa nos gustó tanto como  la “roja de Porter House”, un tipo de cerveza ale que al parecer fabrican para The Porter House.

El whiskey, ni probarlo, aunque no pierdo la esperanza de catarlo alguna vez. “De todos los vinos –afirmaba Pedro el Grande, zar de todas las Rusias-, el mejor el irlandés”. Se refería por supuesto al Irish whiskey, según algunos "elixir bendecido por los dioses" porque fueron monjes irlandeses, a su vuelta de Tierra Santa, quienes inventaron su destilación hacia el 600. Este brebaje de agua y cebada fue adoptado con entusiasmo por los invasores anglonormandos, que anglizaron su nombre tomándolo del gaélico “Uisce beatha”, “agua de vida”, y lo han popularizado a ambos lados del mar de Irlanda.

En Howth nos atrevimos con un Irish coffee que nos compensó por el sacrificio de la siesta, en beneficio de un bonito paseo por sus acantilados. El desolado paisaje de helechos secos fue descrito por Heinrich Böll (1917-1985), el autor de Opiniones de un payaso. El escritor alemán visitó Irlanda en la década de los cincuenta para buscar la sepultura del poeta W. B. Yeats: 
"Las colinas circundantes estaban cubiertas de helechos, como el cabello húmedo de una mujer pelirroja entrada en años; dos rocas solemnes custodiaban la entrada de esta pequeña bahía... Los helechos de las colinas estaban aplastados, doblados por la lluvia, de un color herrumbroso y marchitos. Sentí frío." 

En 1850, más de medio siglo antes de que Joyce escribiera sus cuentos Dublineses, había en Irlanda quince mil licencias de establecimientos de bebidas alcohólicas. En Dublín, la estatua del patriota Parnell "apunta con el brazo en dirección al pub más cercano". Debajo de Parnell están los nombres de las cuatro provincias irlandesas: Ulster, Connact, Leinster, Munster. Encima, el arpa celta. 

Monumento a Parnell
Situado en la orilla sur del Liffey, Temple Bar es hoy una de las zonas de ocio más populares de Dublín. Sus calles peatonales mantienen su trazado medieval, repletas de cafés, restaurantes, pubs y tiendas de todos los colores. Este barrio pretende ser la vanguardia cultural de la ciudad. El famoso grupo U2 compró varios edificios y abrió teatros, salas de conciertos, pubs y discotecas en esta parte de la ciudad.

James Joyce (1882-1941) es un clásico de nuestra época, o tal vez del final de una época, la dominada por la novela burguesa. De educación jesuítica, abandonó Dublín en 1902 y sólo regresó a su ciudad natal de manera esporádica. Pero Irlanda siguió siendo su fuente de inspiración. Dublineses no se publicó hasta 1914, por la cautela de los editores, que temían escándalos. Dublín canta no obstante al hijo maldito que lo abandonó, y lo conmemora con una estatua a la entrada de Earl St. North, que se ha convertido en un icono o símbolo turístico. Hace treinta y tres años que mi mejor amiga me regaló el Ulises de Joyce, obra por la que es aclamado como genial innovador y acusado de haber creado la epopeya prosaica y vulgar del hombre de nuestro tiempo. A pesar de las buenas intenciones de José María Valverde, que la tradujo y prologó para Lumen, el primer volumen se me cayó de las manos. Probablemente -pensé- se trate de una obra intraducible, pues los juegos y la musicalidad del significante cobran en ella un papel determinante, aunque no tanto como en Finnegans Wake (1939), la última obra del irlandés, y que es fácil que aparezca citada en tratados de filosofía del lenguaje y lógica.
    
Molly Malone

Uno de los personajes del Ulysses (1922) se llama Molly, como la famosa pescadera, Molly Malone, cuyo fantasma, según la leyenda, aún hechiza las calles de Dublín. Su estatua empuja la carretilla con sus cestas de pescado hacia Grafton Street, uno de los barrios más elegantes de la capital.

sábado, 3 de marzo de 2012

Católica Irlanda


DUBLÍN/2

Dublin Castle Church

Eire se mantuvo fiel al catolicismo, haciendo de él cuestión nacional frente a la “protestante” iglesia de Inglaterra. Oficialmente, más del 85 % de sus ciudadanos son católicos, pero –como en otros sitios de Europa- las dos últimas generaciones “practican” cada vez menos. Sólo permanecen abiertos dos seminarios y en 1995 se legalizó el divorcio. De todos modos, el número de personas que acuden a los servicios religiosos es superior a la media europea. Pudimos comprobarlo en una misa dominical de la Iglesia de Malahide, del todo abarrotada.

Órgano y Crucería de la Iglesia del Castillo

La influencia de la inquietud teológica y de la tradición cristiana está presente en los cuentos y relatos de James Joyce. En las primeras páginas del Retrato del artista adolescente Stephen Dédalus, alter ego del escritor, describe así su pensamiento:

“What was after the universe? Nothing. But was there anything round the universe to show where it stopped before the nothing place began? It could not be a wall ; but there could be a thin thin line there all round everything. It was very big to think about everything and everywhere. Only God could do that. He tried to think what a big thought that must be ; but he could only think of God”
[“¿Qué había después del universo? Nada. Pero, ¿es que había algo alrededor del universo para señalar dónde se terminaba, antes de que la nada comenzase? No podía haber una muralla. Pero podría haber allí una línea muy delgada, muy delgada, alrededor de todas las cosas. Era algo inmenso el pensar en todas las cosas y en todos los sitios. Sólo Dios podía hacer eso. Trataba de imaginarse qué pensamiento tan grande tendría que ser aquél, pero sólo podía pensar en Dios…”]  Trad. de Dámaso Alonso.

Interior de San Patricio. Libro y vitral.

Aunque suene mucho más el nombre de Joyce como autor irlandés, a mi juicio no es menos importante para la cultura contemporánea, y sobre todo desde el punto de vista específicamente cristiano, la obra de su compatriota  Clive Staples Lewis (Belfast, 1898-1963), erudito profesor de literatura de Oxford, conocido sobre todo por sus Chronicles of Narnia, cuyos siete volúmenes siguen reeditándose sin descanso y gozan del favor de los jóvenes, sobre todo en el mundo anglosajón. De su trilogía del espacio (Más allá del planeta silencioso, 1938; Perelandra, 1943; y Esa Horrible fortaleza, 1945) se han hecho más de veinte ediciones desde 1965, sólo en Estados Unidos.

Solería de San Patricio

C. S. Lewis fundó con su amigo Tolkien el club de los Inklings para discutir de literatura y filosofía. Ateo desde los 15 (“muy molesto con Dios por no existir”) se reconvirtió en 1931 al cristianismo, influido por los argumentos de sus amigos de Oxford y por la obra de Chesterton. El episodio de su matrimonio tardío y la muerte de cáncer de su mujer se relata en la película Tierras de penumbra (1993) de Richard Attenborough. Como fabulador, C. S. Lewis representó un hito en lo que R. Scholes y E. Rabkin llaman la “anticiencia ficción”, pero también fue un extraordinario filósofo con otros escritos: Cartas del diablo a su sobrino, La abolición del hombre, El problema del dolor o Milagros. Lewis criticó duramente el conductismo y la interpretación mecanicista de la conducta humana, pues le pareció vil que científicos carentes de valores manipulasen los valores de los demás.

Iglesia catedral de Cristo

Bajo la Iglesia de Cristo (Christ Church) y en sus alrededores se han encontrado los vestigios más antiguos del Dublín vikingo y medieval. Manuscritos de la tercera década del siglo XI ya la sitúan en su actual enclave, tal vez dependiente del arzobispado de Canterbury, fundada por Dúnan, el primer obispo de Dublín, y por Sitriuc, el rey vikingo. En el XII, ya dependiente de la iglesia de Irlanda, la catedral gótica fue sustituida por otra anglonormanda. Su cripta, de los siglos XII y XIII, es la más grande de Gran Bretaña e Irlanda, y ocupa casi el ancho total de la catedral.


El actual recinto de la catedral de San Patricio se concluyó a finales del XII. Se trata de la mayor iglesia de Irlanda. En 1870, ante el peligro de derrumbe se añadieron elementos victorianos. Durante el XVIII, el escritor Jonathan Swift ejerció como decano, hallándose su tumba en el interior. Su sillería y solería son tan originales como hermosas. En su coro se interpretó por primera vez el Messiah de Händel.  

Catedral de San Patricio