viernes, 28 de agosto de 2015

POR TIERRAS DE BRETAÑA Y NORMANDÍA (II). Morbihan y Finistère

Iniciamos esta segunda parte con Vannes, capital del departamento de Morbihan, en pleno corazón de Bretaña. Quizá esté bien recordar que la región, situada en el extremo noroeste del país, se encuentra dividida en cinco departamentos: Ille y Vilaine, Finisterre, Costas de Armor, Morbihan y Loira Atlántico. El nacionalismo en Bretaña está  presente en todo tipo de carteles, escudos  y banderas, y sorprende en un país que, desde Napoleón, ha mantenido un rígido centralismo administrativo, político y lingüístico.


El nombre de esta tierra en bretón es Breizh  y puede encontrase escrito por todas partes. Las indicaciones en las carreteras están doblemente rotuladas en francés y en la lengua vernácula, el Brezhoneg, que estuvo prohibido hasta la década de 1940. El idioma tuvo su origen en los pobladores britones que, huyendo de la invasión de los anglosajones, llegaron a las costas de Armórica en el siglo V provenientes de Gales y Cornualles.
 Bretaña tiene una acusada personalidad propia, con sus costas escarpadas, sus restos prehistóricos, sus raíces celtas, la fisionomía peculiar de los pueblos y ciudades con espléndidos castillos y calles con las características casas de vigas entramadas y suelos adoquinados, su gastronomía, su lengua, sus vestimentas típicas y su acendrada religiosidad católica. Pero, al mismo tiempo, quienes estén familiarizados con el paisaje gallego encontrarán muchas similitudes con este: el cielo atlántico casi siempre encapotado, los bosques, los prados repletos de vacas pastando y las casas de piedra.

Jóvenes bretonas con las peculiares coiffes
Volviendo a Vannes, que nació a orillas del río Marle, los habitantes del primitivo poblamiento galo-romano, llamado Darioritum, eran los veneti, seguramente emparentados con los vénetos del noreste de Italia. Las murallas de la ciudad, unas de las mejor conservadas de toda Francia, se construyeron en el siglo III, aunque se ampliaron y reforzaron entre los siglos XIV y XVII.


Vannes no tiene solo acceso fluvial sino también marítimo. Está situada en la orilla norte del Golfo de Morbihan, que en realidad es un mar interior salpicado con más de 300 islas. Gracias a esa doble vía de salida Vannes tuvo una vida muy activa durante la Baja Edad Media. Creció alrededor de la plaza del mercado, del que hoy quedan restos en la Cohue, con cuyo nombre-que quiere decir multitud o gentío-, se identificaba a estos lugares de intercambio en época medieval. También fueron la sede de las primeras cortes de justicia, lo que pone en evidencia las relaciones entre justicia y comercio y el papel de motor que este tuvo en la evolución de la sociedad  europea.

El puerto de Vannes con vistas a la catedral y la torre Burton al fondo a la izda.
 En el siglo XV Vannes era una floreciente villa comercial merced a su activo puerto, dedicado especialmente a la importación de vinos y, más tarde, como Saint- Malo y Nantes, al lucrativo comercio de esclavos. Vivió una etapa de esplendor en la segunda mitad del siglo XVII, cuando temporalmente se convirtió en sede del parlamento bretón  (reunido en la Cohue) durante el periodo en que este tuvo que abandonar Rennes, la capital de Bretaña.

Dentro de la ciudad amurallada, el casco antiguo está repleto de las vistosas casas con entramado de madera en las fachadas, inclinadas las más antiguas. Le dan un toque colorista y muy alegre a esta tranquila ciudad, en la que no falta tampoco el elegante modernismo de la Torre Burton.

La catedral de Vannes,  bajo la advocación de San Pedro, fue fundada en el siglo XIII pero de la primitiva construcción solo conserva la torre norte. En ella está enterrado un santo español muy querido, el valenciano San Vicente Ferrer (1350-1419). En 1378 fue ordenado sacerdote, en un momento de profunda crisis en la Iglesia occidental. Tres papas rivalizaban entre sí en las sedes de Roma, Pisa y Aviñón. Desde esta ciudad fue convocado por su amigo Pedro Martínez de Luna, el famoso Papa Luna que, bajo el nombre de Benedicto XIII, se opuso al pontificado romano de Urbano VI, de donde viene la conocida expresión “mantenerse en sus trece” para hablar de una actitud obstinada. Pues bien, San Vicente aplicó a fondo su oratoria para lograr una reconciliación que acabara con aquel cisma, el cual venía a rematar la época de miseria material y moral que se vivió durante la Guerra de los Cien Años y las tragedias humanitarias que la acompañaron, como la peste negra. 

El santo valenciano recorrió toda Bretaña predicando y, al final, fue nombrado obispo de Vannes. Cuando contaba con 69 años, sintiéndose cercano a la muerte, quiso volver a su terruño pero una tempestad en el golfo de Morbihan le obligó a volver a la ciudad, donde falleció en el año 1419.

Tumba de San Vicente en la catedral de Vannes
Los habitantes de Vannes se negaron a entregar los restos del dominico al que tanto querían y lo eligieron como su santo patrón.


 Vannes tiene a gala igualmente el ser una de las ciudades con una de las decoraciones florales callejeras más artísticas de toda Bretaña y Normandía. Se trata de un programa en el que participan 43 pueblos, catalogados como “Villas y aldeas florales” y a las que, según la belleza de sus creaciones, un comité de expertos en ornamentación vegetal les concede distinciones que van de 1 a “4 Flores”, la más alta categoría, la cual ostenta Vannes. Josselin, ciudad renacentista de la que luego hablaremos, tiene 3. Toda una maravilla de color y diseño imaginativo a la que hay que seguir la pista mientras que se viaja por estas tierras. Pero los jardineros bretones tienen un serio rival en la naturaleza. Aliada con la fina lluvia que cae constantemente, el paisaje es de un verde intenso, moteado en todos los recodos del camino con los colores rosas y malvas de los enormes macizos de hortensias. Aquí no hay comité de expertos pero sí premio, la mirada embelesada del sorprendido espectador.


En el mes de julio se celebran en Vannes las Fêtes Historiques, en las que los bretones desfilan con sus trajes de época. Habrá que volver en otra ocasión durante esas fechas para disfrutar de tan bello espectáculo en ese marco arquitectónico incomparable.

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En el tercer día de viaje comenzamos a explorar los secretos que nos tiene reservados la Bretaña más auténtica.

Mapa de Finistère
El pequeño pueblo de Pleyben conserva un importante conjunto arquitectónico en el que destaca particularmente uno de los siete calvarios que existen en el país. Está calificado como monumento histórico nacional. A diferencia de los cruceiros gallegos, que son más pequeños y tienen una iconografía bellísima pero más sencilla, compuesta de un número reducido de personajes, este calvario del siglo XVI es una auténtica colección de dioramas de la vida de Cristo, desde la infancia hasta la pasión, incluyendo también escenas del Juicio Final.


Se ha dicho que es como un poema religioso en piedra. Como curiosidad, los personajes lucen las vestimentas típicas de la región en la época en que se construyó. Con este monumento en granito gris los burgueses de Pleyben  pretendían hacer ostentación de su poderío económico.

Sin embargo, no debemos considerar estos calvarios como elementos aislados e independientes sino como parte indivisible de un conjunto arquitectónico más amplio. Se trata de una manifestación sui generis de la devoción católica bretona, muy arraigada desde que la región fuera cristianizada por misioneros llegados desde Irlanda en los siglos V y VI. Los enclos paroissiaux, recintos parroquiales, comprendían un muro, el calvario sobre el arco de triunfo bajo el cual pasaba el cortejo del difunto, una iglesia, el cementerio y el osario al que se llevaban los restos tiempo después del enterramiento, cuando se retiraban por falta de espacio. El conjunto de Pleyben es de los más completos que se conservan.

La iglesia es de estilo gótico-renacentista y cuenta con unos interesantes artesonados en policromía. En el antiguo osario está instalado un museo.

En verano los calvarios se iluminan de noche y en torno a ellos se celebran conciertos de músicas celtas o tradicionales bretonas.


Cruceiro de Hío
Algunos autores gallegos han sentido una auténtica afinidad con el paisaje y las arquitecturas bretonas. Alfonso Castelao (1886-1950) marchó a Francia para estudiar los calvarios y, a su regreso, escribió una de sus obras más conocidas, As cruces de pedra na Bretaña (1930). También el poeta Manuel María (1929-2004), al que el próximo año se dedicará el Día das Letras Galegas, cayó rendido ante los encantos de la Galicia francesa durante un viaje que realizó en 1972, y que fructificó en su obra Laio e clamor pola Bretaña (1973). 

El prodigioso Cunqueiro
Pero si hay un caso realmente admirable de escritor gallego enamorado de la Bretaña, aún antes de conocerla, ese es el de Álvaro Cunqueiro (1911-1981). En As crónicas do sochantre, un prodigio de novela que mereció el Premio Nacional de la Crítica en 1959, relata la historia del sochantre, un músico que vaga por las tierras de Bretaña durante la Revolución francesa secuestrado por la santa compaña para que amenice con el bombardino sus fúnebres paseos. Cunqueiro, que no había vistado todavía Bretaña cuando escribió la novela, se jactaba con humor de que sus descripciones se ajustaron exactamente a lo que encontró allí años después. Un portento literario que es la lectura ideal para disfrutar aún más de este viaje.
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Otra verdadera sorpresa del día fue Locronan, en el departamento de Finisterre. El nombre en bretón de este departamento es Penn ar bed, que quiere decir “el principio del mundo”, lo que expresa muy bien lo que pensaban los pobladores primitivos acerca del inmenso océano que veían delante de sus costas. Se encuentra situado en lo alto de la bahía de Douarnenez. y tiene tan solo 900 habitantes. Las 14 casas centrales de este pequeño y precioso pueblo en la Place de L´Église están construidas todas ellas en granito negro, mientras que los tejados son de pizarra. Todo allí está pensado para conservar intacto el sabor de antaño. No se permiten coches, cables ni antenas que puedan estorbar la ilusión de estar en otro tiempo. Con ello causa una impresión verdaderamente inolvidable, la de retroceder de golpe 500 años. Sin duda son muy escasos los lugares en Europa occidental en los que puede experimentarse esa emoción tan intensa: San Gimignano en la Toscana, Allariz, en Ourense, o en esta imprescindible Locronan.

En la Librería Céltica puede verse por dentro una casa del siglo XVI. En la planta superior está instalada la librería, que cuenta con unos estupendos fondos bibliográficos de todo lo relacionado con el mundo céltico, desde las hadas a los menhires. Un lugar abigarrado de visita obligada, donde encontramos un libro estupendo sobre monumentos megalíticos de la región.

La librería está situada junto a la iglesia de San Ronan, misionero irlandés que cristianizó la región en el siglo VIII, desterrando el culto pagano keben de carácter druídico. En el interior del templo nueve medallones explican sus asombrosos milagros, como su llegada desde Hibernia (Irlanda) acompañado por un ángel, resurrecciones y su poder sobre las bestias salvajes. Hay que prestar atención igualmente a las gárgolas de la iglesia.

Locronan  está oficialmente catalogada como una de las villas más bellas de Francia, una iniciativa que nació en 1982. En su día fue una próspera población gracias a la fabricación de velas para embarcaciones pero el negocio se arruinó en el siglo XVIII.  Ese desastre económico permite, como contrapartida, que hoy podamos viajar en el tiempo paseando por sus evocadoras calles. No resulta extraño que Roman Polanski quisiera rodar aquí Tess  de Auberville, porque verdaderamente consigue transportarte a otra época.
¡Ah!, que no se marche nadie sin degustar el kouign amman, un delicioso dulce muy típico de Bretaña hecho con mantequilla salada.

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Quimper, capital del departamento de Finisterre y de la histórica región de Cornualles, pasa por ser la ciudad más bonita de la provincia. Se encuentra situada en un valle junto a la confluencia (kemper es la palabra en bretón) de tres ríos. Uno de ellos, el Odet, la recorre longitudinalmente. Fue fundada por el rey Gradlon de Cornualles en el siglo V. El casco antiguo está repleto de casas coloristas de los siglos XV a XVIII con el típico entramado.

La catedral de San Corentin, primer obispo de Cornualles en el siglo VI, fue construida entre los siglos XIII y XIX. Dentro de su heterogeneidad, el estilo predominante es el gótico. Tiene una singularidad única, la curvatura del coro respecto de la nave principal. Fue debida a un defecto constructivo, porque el palacio episcopal ocupaba parte del terreno de la catedral.

Como siempre sucede, después se le quiso dar una explicación alegórica a la chapuza: esa curva simbolizaría la cabeza de Cristo recostada sobre uno de sus hombros al morir en la cruz.
La catedral cuenta con unos espectaculares chapiteles y las vidrieras  relatan los hechos y milagros de los siete santos fundadores de Bretaña.
Quimper es también la ciudad natal de Max Jacob, poeta y pintor del grupo de amigos de Picasso.
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Otra fantástico descubrimiento: Concarneau, en la costa de Finisterre. La ciudad nació en la Alta Edad Media sobre una pequeña isla que servía de protección a sus habitantes y a las embarcaciones. Su nombre proviene de Konk-Kerneo, "ensenada de Cornouaille", o bien, por influencia del latín, "bahía en forma de concha". Durante los siglos XIII y XIV fue completamente amurallada, de ahí que se le llame la Ville Close. Estas murallas fueron reforzadas por el célebre arquitecto Vauban a fines del siglo XVI.

Dentro de las murallas se conserva la ciudad antigua con un gran número de viviendas tradicionales. Como Locronan y Quimper, estaba abarrotada de visitantes. París mira a Bretaña en la temporada veraniega. Estas tierras forman parte de un mundo rural y marítimo muy atractivo para huir de las urbes capitalinas. Concarneau tiene el mérito de ser el primer puerto atunero de Europa.


En la entrada al fuerte tuvimos la suerte de escuchar un grupo de música celta. Las sencillas melodías que interpretaban marcaron a fuego el recuerdo de esta “ciudad cerrada” dentro de la rada y sus murallas. Una auténtica invitación para volver a Finistère..

Entre el 14 y el 17 de agosto se celebra la fiesta de Les Filets Bleus, que nació hace cien años y que cada vez cobra más importancia. Consiste en desfiles folclóricos en los que los encajes blancos en el pelo, los trajes regionales y las redes azules son un punto de referencia. Estas hacen alusión a los medios de pesca de aquella época.

Banderas de las naciones celtas en el festival de Lorient. La blanca y negra con picas es la de Bretaña
Con el buen tiempo veraniego proliferan los festivales en Bretaña, muchos de ellos relacionados con sus músicas tradicionales, como las “fiestas de noche” en todos los pueblos y, sobre todo, el Festival Intercéltico de Lorient.  La música bretona se interpreta con la bombarda, un oboe rústico, y la cornamusa, aunque se va imponiendo la gaita escocesa. Grupos musicales como Alan Stivell o Gwendal hicieron famosas estas melodías en los años setenta y abrieron camino a la fusión con otros ritmos que no siempre convence a los más puristas.

 En este enlace tenéis un complemento estupendo a esta entrada, una mirada a la arte de los rótulos y enseñas, que en Bretaña alcanza un nivel incomparable: http://anthropotopia.blogspot.com.es/2015/10/ventanas-al-pasado.html

jueves, 27 de agosto de 2015

POR TIERRAS DE BRETAÑA Y NORMANDÍA (I). De París a Bretaña

Comenzamos el viaje al sur de París, en la Puerta de Orleans, que en tiempos fue una de las 17 vías de acceso a la vieja ciudad amurallada. El lugar es célebre por ser el punto que el general Leclerc escogió para iniciar la liberación de París el 24 de agosto de 1944, hace 71 años, tras el desembarco de Normandía. Algo menos conocido es que en la gesta participó una Brigada de republicanos españoles, la Novena, comandada por el teniente Amando Granell. 

Sus miembros fueron los primeros en avanzar por las calles de la capital del Sena, en medio de los vítores de los parisinos. El régimen franquista, por razones obvias, silenció este episodio que tanto honraba a sus enemigos políticos. Al final del viaje tendremos ocasión de volver a hablar de grandes ejemplos de coraje y valentía de que dieron  muestra hombres y mujeres de todas partes del mundo durante la Segunda Guerra Mundial.
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La primera etapa es Chartres, en la Isla de Francia. En el siglo XII, el abad Suger de Saint Denis sentó las bases de la revolución del gótico que cambió completamente la faz de Europa, en cuya trayectoria la Ccatedral de Chartres fue un jalón fundamental. La historia de cómo adquirió su forma actual  la catedral de la Asunción de Nuestra Señora es realmente asombrosa. Se eleva sobre el mismo lugar en que posiblemente existió un altar druídico, erigido por el pueblo celta de los carnutes en honor de la diosa madre y que luego, con la habitual apropiación del espacio sacro del enemigo derrotado, se dedicó al culto mariano. La primitiva iglesia, que había sido construida en el siglo IV, pronto se convirtió en un importante centro de peregrinaciones. Resultó destruida en el siglo VIII  por el saqueo de los visigodos. El siguiente templo fue objeto del ataque de los normandos en el siglo IX y, en el siglo X, sufrió graves daños durante las guerras entre la nobleza, para finalmente perecer en un incendio a principios del siglo XI. Fue entonces cuando el obispo Fulberto ordenó que se erigiera una nueva catedral.

 Aunque el estilo dominante en la época todavía era el románico, lo cierto es que ya entonces estaba muy evolucionado. Junto con monstruos que advierten de los horribles castigos del infierno, podemos contemplar  la majestuosa serenidad de los rostros de los personajes del Antiguo Testamento en el Pórtico Real. 

En las arquivoltas se encuentran representados los doce signos del zodiaco y, correlativamente, las labores del campo correspondientes a cada uno de los doce meses del año. El teólogo Fulberto debió de ser una figura muy interesante y carismática: era ferviente seguidor de las doctrinas de Platón y Pitágoras y creó en Chartres una activa escuela a la que acudieron estudiantes de toda Europa.

En 1194 un rayo desató un incendió que consumió enteramente la ciudad, incluyendo gran parte de la catedral, si bien se salvó milagrosamente la reliquia de la Santa Camisa- la túnica de la Virgen traída de Tierra Santa, que había donado al templo Carlos el Calvo en el año 876-, gracias a que se conservaba en la cripta. Ello se interpretó como un signo de la voluntad divina de que la catedral debía reconstruirse con el máximo esplendor. La nueva basílica se consagró en el año 1260 en presencia del rey Luis IX el Santo. Entre las modificaciones más destacadas respecto a la estructura precedente se cuenta un espectacular rosetón, que inunda de luz y color el templo, por analogía a cómo los dones del Espíritu Santo se derraman sobre los fieles.

Tras el devastador incendio, la catedral románica había conservado solo una de sus torres. Mide 106 metros de altura y, con el fin de superarla, en el siglo XV se levantó otra con 115 metros, en estilo gótico flamígero. Esa falta de simetría  entre las torres otorga a la fachada un aspecto muy moderno y atractivo. El interior del templo, no obstante, conserva elementos místicos que lo anclan al medievo. Uno de ellos es el vitral de San Apolinar, dispuesto para que en el solsticio de verano, el día 21 de junio, un rayo de sol despliegue un efecto sorprendente sobre el suelo de la catedral. Un “milagro” de luz que muchos milenios atrás ya ocurría en los templos de la cultura megalítica ante nuestros ancestros, adoradores solares.


Otro elemento esotérico fundamental es el famoso laberinto que, lamentablemente, no pudimos contemplar, al encontrarse la catedral en obras de restauración, entre las que se incluye rescatar la policromía de las paredes interiores. Con 16 metros de diámetro, está compuesto de 11 círculos concéntricos que se despliegan en 264 metros de recorrido. Macrocosmos y microcosmos se dan la mano en estas figuras geométricas que remiten a dibujos mucho más antiguos, los que pueden verse en los petroglifos celtas.
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Nuestro segundo destino es Le Mans, en el País del Loira. Aunque sea principalmente conocida por su circuito automovilístico, donde se celebra la emocionante y peligrosa carrera de resistencia de las 24 horas cada junio, la ciudad ya vivió tiempos de esplendor en el siglo XIII.

 Su casco histórico es uno de los más bellos y mejor conservados de la región. De su poder en aquella época son muestra los numerosos palacios y las casas con el vistoso entramado exterior, un gozo para la vista del viajero cansado del aburrido cemento y ladrillo de las ciudades postindustriales. Gracias a su aire renacentista tan homogéneo, la ciudad ha sido escogida para rodar localizaciones de películas de época como Cyrano o La máscara de  hierro.

Las originales murallas que rodean la Ciudad Plantagenet, bellamente ornamentadas con motivos geométricos y florales, son mucho más antiguas. Pertenecieron a la ciudad galo-romana de Vindunum, como entonces se llamaba Le Mans, y se remontan al siglo III. 

En su día contaban con 26 torres adosadas para su defensa, de las cuales hoy solo se conservan 11 a lo largo de un recorrido de 1300 metros.Por la noche cuentan con una sugerente iluminación.


La catedral de San Julián, su primer obispo, es una de las más grandes de Francia y comparable en importancia artística a las de Chartres o Reims aunque menos conocida. Comenzó su construcción en el siglo XI, si bien no pudo finalizarse hasta el siglo XV, lo que hace que exhiba tanto rasgos románicos como góticos, a medida que algunas de las estructuras más antiguas se fueron renovando. La catedral muestra en su parte posterior un prodigioso encaje de arbotantes. Al caer el sol pudimos disfrutar de un inolvidable espectáculo de luces y sonido, La noche de las quimeras, proyectado sobre esa maravilla gótica.


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Partimos para Angers, otra preciosa ciudad perteneciente a los Países del Loira cargada de historia a sus espaldas. De origen galo-romano, fue la antigua capital de Anjou y está catalogada como Patrimonio de la Humanidad.

La ciudad conserva las espectaculares murallas del castillo fortificado. Fue construido sobre el río Maine en el siglo XIII por orden de la reina Blanca de Castilla, madre de San  Luis IX, y se encuentra jalonado con 17 sólidas torres circulares. En los siglos posteriores los duques Luis I y Luis II de Anjou, así como el rey Renato el Bueno, llevaron en este castillo una vida de lujos cortesanos.


En el interior se exhibe hoy en día un verdadero prodigio, el Tapiz del Apocalipsis. La Teinture de 
L´Apocalipse se confeccionó en el siglo XIV por encargo del duque Luis I. Su extensión original era de 130 metros de longitud y 6 metros de altura, repartidos en 6 grandiosos tapices. En el siglo XVIII  trozos de aquella maravilla, entonces pasada de moda e inservible, sufrieron grandes daños al ser destinados a los fines más bajos. A pesar de ello lograron conservarse diversas partes que cubren una extensión de 101 metros de largo y 4.5 de alto. Es el más largo y antiguo de los que  existen en el mundo. No hay palabras para describir la originalidad con que los artistas que en solo siete años lo elaboraron, siguiendo los dibujos de Jean de Bruges, intentaron describir las visiones apocalípticas de San Juan en el Libro de las Revelaciones. Eran analogías de las grandes catástrofes que, para la vida de las gentes de aquella época, representaron las hambrunas, la peste y la Guerra de los 100 Años (1337-1453), que enfrentó a Francia e Inglaterra por la posesión de las tierras francesas.

Como técnica narrativa a veces recurrieron a inventos que nos parecen tan modernos como el cómic. De hecho, la palabra “cartón”, que alude al soporte con el dibujo que servía de base para tejer los tapices, es el precedente del término “dibujos animados”, como podemos comprobar si nos fijamos en la palabra inglesa “cartoon”.

En Angers tuvimos la oportunidad igualmente de visitar la catedral, dedicada a San Mauricio en el siglo XI y en la se dan cita sin estridencias el Gótico y el Renacimiento.

En la misma plaza de la Sainte-Croix nos sorprendió la  Maison d´ Adam, una esbelta casa renacentista de fachada cubierta de entramados y de enigmáticas figuras talladas en las vigas de madera. Es la más excepcional de las cuarenta casas en pan-de-bois (en soporte de madera) que conserva Angers. Toma su nombre de la pareja de Adán y Eva esculpidos junto al Árbol de la Vida, pero cuenta también con decoración vegetal y fantástica, como centauros, grifos y quimeras.


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 Avanzando por la región llegamos a Nantes, la antigua Naoed. Es la capital del Loira atlántico. Su nombre está vinculado al Edicto de 1598, por el cual el buen rey Enrique IV puso fin a las guerras de religión que ensangrentaron Francia durante tantos años.
Estatua dedicada a Ana de Bretaña en Nantes
Visitamos el castillo de los duques de Bretaña. Allí conocimos  la historia de un personaje omnipresente en la región, Ana de Bretaña, símbolo de la independencia bretona. Fue hija del rey Francisco II, cuya inteligente divisa era “Il n´est trésor que de liesse”(no hay tesoro como la alegría). Ana fue reina entre 1491 y 1514 gracias a sus sucesivos matrimonios con Carlos VIII y Luis XII. En los contratos nupciales la inteligente duquesa se aseguró de garantizar la soberanía de su amada Bretaña. Falleció en 1514 a los 37 años. Su hija Claudia, uno de los once vástagos que tuvo, contrajo nupcias con Francisco I, eterno rival del emperador Carlos V. En 1532 Francisco I consiguió forjar la unidad nacional al proclamar, ante el parlamento reunido en Vannes, nuestro próximo destino, la unión del reino de Bretaña con el de Francia.

La imponente fortaleza de Nantes fue construida en el siglo XV por el padre de Ana, Francisco II. Está rodeada de un doble sistema de fosos y se accede a la misma a través de dos gruesas torres gemelas. Alberga un palacio renacentista que se convirtió en residencia real en el siglo XVI. 

En siglos posteriores se utilizó como prisión y con fines militares. Pasamos un rato muy agradable tomando unos carísimos refrescos frente al precioso castillo, aunque el recuerdo mereció la pena.


La catedral de San Pedro y San Pablo comenzó a construirse en el primer tercio del siglo XV aunque no fue terminada hasta 1891. Tan largo periodo constructivo no  impide que muestre  un aspecto gótico bastante homogéneo, si bien se echa en falta la silueta más estilizada de otras catedrales de la región.

En el interior destaca el bello monumento funerario que la duquesa Ana hizo construir en memoria de sus padres, con las estatuas yacentes de Francisco II y Margarita de Foix flanqueadas por las virtudes.


Pero Nantes es también importante como lugar de nacimiento del genial Julio Verne (1828-1909), que vivió allí  hasta que marchó a estudiar Derecho a París. Cuánto talento y visiones del futuro debió de acumular mi admirado Jules Gabriel paseando por las bonitas calles de la antigua capital bretona. 


 En este enlace tenéis un complemento estupendo a esta entrada, una mirada a la arte de los rótulos y enseñas, que en Bretaña alcanza un nivel incomparable: http://anthropotopia.blogspot.com.es/2015/10/ventanas-al-pasado.html