sábado, 7 de junio de 2014

Estambul / 5. Irenes

Hagia Irene 

La iglesia de Santa Irene ("Eirene" en griego es paz) fue construida en el siglo IV, en el lugar más antiguo de culto cristiano de Constantinopla, durante el reinado de Constantino I, y consagrada a la Santa Paz del Imperio. O sea, este hermoso templo fue a Bizancio lo que el Ara Pacis a Roma. Como la paz entre los humanos es efímera y su antagonismo persistente, la iglesia resultó destruida en la revuelta de Niká (532), pero Justiniano, que aplastó la revuelta con la inestimable ayuda de su mujer Teodora y su general Belisario, la restauró en 548.

La Iglesia Fue sede del patriarca de Constantinopla hasta la consagración de Hagia Sofia. Los sacerdotes, durante el culto, utilizaban el synthronon, cinco hileras de asientos encajados en el abside. Sorprendentemente, es la única iglesia de Estambul que no ha sido convertida en mezquita. Tras la iglesia, todavía puede atisbarse un patio donde descansaban, en sarcófagos de pórfido, los emperadores bizantinos. La mayoría han sido trasladados al Museo Arqueológico de Estambul.

Este magnífico espacio sagrado, de planta rectangular, con sus cúpulas descansando sobre la nave mayor, desnudo ahora de todo ornamento, es usado como sala de conciertos y exposiciones dentro del primer patio del palacio de Topkapi, dadas sus magníficas condiciones acústicas.


Me preguntaba si el nombre de esta iglesia tendría algo que vez con el de la primera emperatriz del imperio bizantino, Irene de Atenas. Pues no, a pesar de que la iglesia ortodoxa la proclamó santa.

En 534 el general bizantino Belisario toma Cartago y destruye el reino africano de los vándalos, quienes por cierto dieron nombre a "V-Andalucía", porque esta temible tribu bárbara saltó al norte de África tras haber atravesado como un ciclón destructor la península ibérica, y los árabes se acordaron de ello cuando hicieron lo propio, pero en dirección contraria...

En 535, Belisario invade Sicilia, Italia, y toma Roma. Dos años después se consagró Hagia Sofía (Santa Sabiduría) en Constantinopla. En 554 las fuerzas bizantinas se harán con el control de la bética y una parte de la antigua tarraconense, la costa murciana de nuestra península.


En 618, los últimos territorios bizantinos en la península ibérica fueron ocupados por los visigodos. Los árabes ya habían invadido Hispania, cuando en 752 Pipino se convirtió en rey de los francos. En dos campañas derrotó a los Lombardos. Entregó el exarcado bizantino de Rávena al papa en 756. Constantino VI, en la distante Constantinopla, estaba demasiado entretenido conteniendo a búlgaros y árabes como para guerrear también en Italia. Roma se fundó en el 753 antes de Cristo, y en el 752 después de Cristo el Imperio fue expulsado de Roma para siempre.

Constantino V, hijo mayor de León III el Isaurio (717-741) fue iconoclasta. Con ello se granjeó la animadversión de los monjes. Cerró monasterios y confiscó sus propiedades. Los monjes hicieron correr la historia de que se había cagado mientras era bautizado, por eso los cronistas le conocen como Constantino Coprónimo. Murió de muerte natural en 775, en una de sus campañas contra los búlgaros. Por motivos políticos, se casó con una princesa jázara de la que nació su sucesor, León IV el Jázaro, el cual se casó por amor con una hermosa ateniense, cuyo origen discuten los historiadores: Irene.
Irene Basileus

Según algunos, Irene Sarantapechaina, o Irene de Atenas, famosa por su belleza, fue hija de una hilandera; según otros, era de origen noble pero pobre; otros afirman que era hija de una prostituta... El caso es que recibió una esmerada educación, gracias a un pariente sacerdote influyente en la corte.

Irene era una firme aunque secreta iconodula (veneradora de imágenes). Se dice que cuando León IV le pilló venerando iconos renunció a acostarse con ella. Pero Irene no renunció a intrigrar a favor de sus ideas. Por eso posteriormente la hicieron santa, a pesar de que sus acciones no revelan grandes escrúpulos morales, como veremos.

En 780 murió su marido (las malas lenguas hablaron de envenenamiento). Le sucedió en el trono Constantino VI, hijo de Irene y de León, que sólo contaba con diez años. Irene maniobró con la ayuda de dos eunucos para deshacerse de sus cuñados (hermanastros de León IV), ejerció de regente y bregó por restaurar la veneración a los iconos tras medio siglo de dominio iconoclasta. En 787 consiguió convocar un Concilio Ecuménico en Nicea que restauró el culto a las imágenes pero con restricciones. Prohibidas las estatuas, sólo bajorrelieves. Esto destruyó la escultura bizantina, y la rusa, pues Rusia heredó su cultura de Constantinopla.

Como otras veces, el fanatismo religioso fue negativo para la cultura en general. Tras la época de Justiniano, el Imperio Bizantino ya no produjo nada original y ninguno de sus libros tuvo gran difusión. En 750, Juan Damasceno ensaya la conciliación de la teología cristiana con Aristóteles bajo el califato, porque ofrecía por entonces mejores condiciones para la erudición en la temprana Edad Media.
Sólido, moneda bizantina, con la efigie de Irene Emperadora

Cuando Constantino VI quiso poner fin a la regencia, Irene se opuso. Fue desterrada y vuelta a llamar en 792. No tuvo el menor escrúpulo en intrigar contra su hijo. Constantino quiso ser tan honrado que ofendió a todo el mundo divorciándose de María (la esposa que le había impuesto su madre) y casándose con su amante, Teodota. Irene aprovechó el escándalo para apresar a su propio hijo, azotarle y cegarle. Dicen que Constantino murió de las heridas, y que un eclipse de sol mantuvo a Constantinopla en la oscuridad durante semanas. A pesar de estas supuestas señales de enojo divino, Irene se proclamó emperador (basileus), no emperadora (basilissa). Se negó a buscar un hombre de paja al que poder manejar. Eso no le impidió frenar a los sarracenos y hacer la paz con el califa Harum al Raschid (célebre por su papel en los cuentos de las Mil y una Noches), convirtiéndose en la primera emperatriz bizantina.
El emperador Carlomagno, rey de los francos

Esta situación irregular respecto a las tradiciones del imperio romano oriental duró del 797 al 802 y tuvo importantes repercusiones históricas e internacionales. Los reyes francos no reconocían a las mujeres gobernantes. En Occidente gobernaba Carlomagno que consideraba vacante el trono imperial. Fue esto lo que permitió que el papa León III coronara a Carlomagno en el año 800 como emperador romano. Irene montó en cólera; los bizantinos no reconocían el derecho de Papa de Roma a nombrar emperador. El conflicto estaba servido.

Sin embargo, Carlomagno no tenía especiales ganas de guerrear contra el Imperio Bizantino, al que sabía muy superior económica, cultural y militarmente. Era consciente del atraso de Occidente frente a Constantinopla. Sus arquitectos imitaron en Aquisgrán el arte de Bizancio. Así que hubo quien propuso un matrimonio que reunificase el imperio, un matrimonio entre un sesentón, Carlomagno, y una cincuentona, Irene...

Ábside de la iglesia de la Santa Paz
con una cruz iconoclasta (Estambul)
Según el cronista Teófanes, los planes de matrimonio fueron frustrados por uno de los favoritos de la emperatriz.

Lo cierto es que la popularidad de Irene menguó. En el 802, los generales conspiraron con éxito contra ella, la apresaron y la encerraron en un convento de la isla de Lesbos. Coronaron emperador a su honrado tesorero, Nicéforo I.

En 803, Nicéforo y Carlomagno firmaron la paz que dejaba formalmente el sur de Italia y la costa Iliria en manos de Bizancio. También Venecia quedó en poder de los bizantinos. Pero a la muerte de Nicéforo, su yerno, Miguel I, débil y dominado por los monjes, acabaría reconociendo la validez del título de emperador a Carlomagno, con la esperanza de que los francos le aliviaran de la presión que sobre el imperio ejercían los búlgaros. No pudieron hacer nada porque a la muerte de Carlomagno, el Imperio Franco se sumergió en una guerra civil, haciéndose pedazos.

Con el tiempo, Miguel II el Tartamudo (820-829) intentó reforzar su posición con un acto simbólico. Tras la muerte de su mujer, hizo salir de un monasterio a Eufrosina, hija de Constantino VI, el emperador que fue cegado por su madre Irene la Ateniense treinta años antes. Se casó con ella y de este modo se alió con la dinastía Isauria.

Los iconodulos no acabaron por imponerse hasta el 843. Entonces la iconoclastia desapareció de la escena histórica, tras siglo y cuarto de existencia.

martes, 27 de mayo de 2014

Estambul / 4. Guerreros y místicos


Hemos cogido el tranvía y un funicular para llegar desde el barrio del hotel hasta el norte de Beyoglu.  Cae una ligera llovizna y en la plaza Taksim, escenario de encendidas protestas hace unos días, hay un par de puestos de flores aburridos a cargo de dos señoras sentadas que cubren su cabeza con un pañuelo de colores.

Nos acercamos al monumento a la Independencia, completado en 1928. Retrata a Mustafa Kemal Atatürk (1881-1938) con políticos contemporáneos.

Durante el XIX y XX las guerras con rusos y austriacos fueron comiendo terreno al Imperio Otomano, en favor de Grecia, Serbia, Bulgaria... En la I Guerra Mundial, los turcos jugaron fuerte en el bando de los perdedores. En 1915, las fuerzas aliadas quisieron tomar Estambul desembarcando en la península de Galípoli. Como indica el mapita de abajo, someterían Turquía y abrirían una nueva ruta de abastecimiento para Rusia (potencia aliada). Pero los turcos aguantaron a ingleses, franceses, australianos y neozelandeses. La batalla duró tres días y murieron en ella 28.000 hombres. Los ingleses mandaron refuerzos a la que ellos llaman "batalla de los Dardanelos", pero no sirvieron más que para ampliar la matanza a un total de medio millón de muertos entre turcos y aliados. La península se llenó de basura militar.

El plan de las potencias aliadas
En 1906, un joven militar, Mustafá Kemal, había fundado una sociedad secreta, Vatan ve Hürriyet ("Patria y Libertad"), con un par de amigos. Querían la revolución y transformación del Imperio Otomano en una nación moderna inspirada en la Revolución Francesa. 

En 1908 los conocidos como Jóvenes Turcos (Comité de Unión y Progreso) fomentaron  una revolución para proclamar la monarquía constitucional (Mesrutiyet). Poco después, Mustafá Kemal fue destinado a Trípoli para defender la última colonia otomana que quedaba en el norte de África.

En Salónica tomó parte en 1909 en el II Congreso del Comité Unión y Progreso. Allí sugirió que el Comité se convirtiera en un partido político, que el ejército se mantuviera al margen de la política, que se impusiera el principio de igualdad y se estableciera una distinción entre religión y política. En Galípoli comenzaría a labrar su merecida fama de héroe nacional y padre de la patria turca. En 1917-1918 luchó en el Cáucaso contra los rusos. Hasta el XVIII, hasta los tiempos de Catalina la Grande, el Mar Negro era un lago turco. Kemal se volvió cada vez más crítico con la incompetencia del sultanato y con el control que el Imperio alemán ejercía sobre el sultán. 

Cuando los turcos capitularon en 1918, Kemal lideraba la facción que favorecía la política de defender los territorios turcoparlantes del Imperio, aceptando al mismo tiempo la retirada de todos los territorios no turcos. El Armisticio de Mudros reconocía a la Triple Alianza de los vencedores la ocupación de cualquier punto estratégico del territorio otomano que “pusiera en peligro su seguridad”. Los ingleses ocuparon Mosul; los franceses, un puñado de ciudades de Anatolia Meridional; y los italianos, Antalya, en 1919. La presencia militar extranjera se hacía sensible en toda Turquía. El sentimiento nacionalista turco se exacerbó con la ocupación griega de Izmir (Esmirna).  Mustafá Kemal decidió entonces marchar a Anatolia. Desembarcó en Samsun, en el Mar Negro oriental, y organizó un movimiento de resistencia que marca el comienzo de la Guerra de Independencia Turca

En 1920, las potencias vencedoras ocuparon Constantinopla. Las distintas facciones turcas no se pusieron de acuerdo hasta un gran Pacto Nacional (Misaki Milli). Por ese pacto se renunció a la dominación de las provincias no turcas, pidiéndose en cambio la total e incondicional independencia de todas las áreas habitadas por turcos. En abril de 1920, el Parlamento Provisional que estaba establecido en Ankara ofreció a Kemal el cargo de Presidente de la Asamblea Nacional, y el 19 de agosto rechazó el Tratado de Sèvres firmado por el sultán y declaró traidores a la dinastía otomana y al Consejo Otomano.

Como jefe de las fuerzas armadas turcas, Mustafa Kemal preparó la Guerra de Liberación Nacional, aprovechando todos los poderes de que disponía (militar, ejecutivo, legislativo y judicial) y haciendo que en la resistencia bélica contra el reparto de Anatolia participara toda la población, hasta mujeres y niños. De este modo creó una nueva conciencia nacional. En la batalla de Sakarya, que duró más de veinte días y ganaron los turcos, Kemal resultó herido.

Historia del Orient Express.
En la actualidad, no acaba en Estambul, sino en Viena.

La Gran Asamblea le hizo mariscal con el título de Gazi (vencedor). Entonces Gazi Mustafa Kemal, orientó muy hábilmente su actividad hacia la política exterior. El 13 de octubre de 1921, la Gran Asamblea firmó un tratado de amistad con las repúblicas soviéticas de Armenia, Georgia y Azerbaiyán. Las tropas francesas se retiraron del territorio turco. El último sultán turco, Mehmet VI, marchó al exilio y en Lausana (Suiza) se firmo un Tratado de paz.  Once meses después se proclamó la República turca, con Kemal como presidente.

Se comprende así que el régimen democrático de la Turquía actual está tutelado en la sombra por el ejército, garante, sobre todo, de la laicidad moderna de la república. En la II Guerra Mundial, Turquía se mantuvo neutral, pero hizo de tapón para impedir el acceso de las fuerzas del Eje al petróleo de Oriente Medio. Turquía es puente y frontera entre Occidente y Oriente. Forma parte de la OTAN desde 1952. Las Fuerzas Armadas de Turquía (FAT), con más de un millón de soldados, muy modernas y operativas, constituyen la segunda mayor fuerza militar de la OTAN, después de EEUU. Hay quien piensa que la integración de la FAT en la estructura militar de la Unión Europea es lo que permitiría a esta jugar a la política internacional como una verdadera superpotencia global. 

***

Beyoglu, al norte de El Cuerno de Oro, es el barrio de los extranjeros. Paseando por sus calles uno podría pensar fácilmente que está en París o en Viena. Los primeros que llegaron a esta colina fueron los genoveses, competidores comerciales de los venecianos. Se les entregó la zona de Gálata, al sur del barrio, que ahora domina la famosa torre, en agradecimiento por su ayuda en la reconquista de la ciudad de manos de los latinos en 1261. 

Me interesó saber que muchos sefarditas se asentaron aquí tras ser expulsados de España, también árabes, griegos y armenios. Es el barrio de las embajadas, de los cines, con una gran actividad comercial.

En el mercado de Galatasaray se vende principalmente pescado fresco. En la calle Istiklal, peatonal, que le sirve de eje al barrio, el turista puede montarse en un tranvía nostálgico. Antiguamente fue conocida como la Grand Rue de Pera. Los edificios de las antiguas embajadas se emplean ahora como consulados, después del traslado de la capital a Ankara en 1923. Las iglesias que quedan son meras reminiscencias con escasos feligreses. La inmensa mayoría de los habitantes de Estambul son musulmanes (99%) sunitas (74%). 

Entramos en una iglesia armenia, al sur de la plaza Taksim. Y nos sorprendió la belleza del rito, toda su liturgia cantada. Los fieles se santiguan e inclinan constantemente. La música me recordó mucho a la del gregoriano.

Linternas del salón de baile del Pera Palas

Mereció la pena pagar seis euros por un té en el bar oriental del Hotel Pera Palas. Lujo sin excentricidades. En este hotel legendario hallaban cómoda estancia los más ilustres pasajeros del Orient Express. Entre ellos: Mata Hari, Greta Garbo, Jackie Onassis, Sarah Bernhardt o Agatha Christie, cuya habitación 411 se puede visitar previa petición. Desde su terraza exterior se disfruta una excelente vista de El Cuerno de Oro.
 


En una librería de Istiklâl me satisfizo hallar una obra de Umberto Eco traducida al turco. Luego me arrepentí de no haberla adquirido como recuerdo y desafío. También vendían bonitos cuadernos de anotaciones. En una trasversal se halla una estrecha galería cubierta. Una señora turca, muy morena y de ojos saltones, nos dio la bienvenida en castellano. En sus tiendas se pueden encontrar los objetos más bizarros, hasta llaveros del Barça y sorprendentes objetos de anticuario.

A pocos pasos de allí, las guías recomiendan una visita al monasterio Mevlevi, que es también un museo de esta secta sufí. El sufismo es una secta mística y sunita del Islam. El nombre proviene del árabe suf, lana, por los ásperos y pobres vestidos que vestían los sufíes. Aspiran a alcanzar una experiencia divina, entrando en éxtasis por medio de la poesía, la música y la danza. Por eso los derviches danzantes giran vehementemente con sus grandes faldones en un baile ritual (semá) al son de una música monótona. 

Atatürk prohibió el sufismo en 1924, pero los sufíes han conservado su monasterio como Museo de la Literatura del Diván (poesía clásica otomana). El más grande de los maestros sufíes fue Mevlana Jelaleddin Rumi, un persa nacido en un pueblo del actual Afganistán y que murió en Konya, al sur de Anatolia central, en 1273. Mevlana o Mavlânâ significa "nuestro líder" o "nuestro señor"; y Rumí, "originario de la Anatolia romana". Su influencia ha sido muy amplia en la literatura persa, turca y urdú (lengua nacional de la élite musulmana de Pakistán, hermana del hindí, pero que presume de otro origen porque se escribe en alfabeto persa). 

A los derviches giróvagos de Mevlevi se han incorporado en la actualidad mujeres. 

La estampa que sirve de colofón a esta entrada la compré por menos de cinco euros, tras ligero regateo con un antipático vendedor, en el gran Bazar de Estambul, al otro lado del puente Gálata. Me arrepiento de no haber comprado otra más bella en que un increíble y estilizado caligrama se convertía en derviche giróvago con un par de trazos añadidos muy hábilmente por el artista calígrafo, también en papel pergamino, por ella me pedían, con cara de pocos amigos, más del doble...



lunes, 26 de mayo de 2014

Estambul / 3. Fuego griego y déesis cristiana.


En 717, León III fue proclamado emperador. Los árabes volvieron a poner cerco a Constantinopla. El "fuego griego" volvió a hacer de las suyas. El califa Solimán murió inesperadamente a principios del sitio. Durante el invierno de ese año, nevó muchísimo e hizo un frío extraordinario. Manadas de caballos y camellos murieron y los soldados árabes sufieron atrozmente. En el 718, lo que quedaba del ejército de la media luna se retiró. Sólo cinco barcos, de una flota original de ochocientos, volvieron a puerto.

Nunca más los árabes volverían a poner en jaque a Constantinopla, sin embargo el Islam acabaría por rendirla, pero no bajo la dirección árabe, sino bajo el empuje turco, otomano. Pero para entonces, la civilización europea occidental ya se había vuelto lo suficientemente fuerte como para salvarse por su cuenta. El escudo frente al poder otomano sería sobre todo la flota de Felipe II de las Españas, y el acontecimiento decisivo, la batalla de Lepanto (1571).

Mosaico de la déesis de Santa Sofía
En el suelo, frente a él, se halla la tumba de Enrico Dandolo,
Dux de Venecia que saqueó Constantinopla en 1204.
¿Por qué Constantino, fundador de la ciudad y emperador desde 306 al 337, se hizo cristiano? ¿La mayoría de sus soldados lo eran? ¿Influencia de su madre? En su tiempo, los cristianos estaban -como hoy- divididos en multitud de sectas. Cada una de ellas consideraba heréticas a las otras. En la Roma pagana él era, como emperador, Pontifex Maximus, cabeza de la religión oficial del Estado. Todas las sectas apelaron al emperador, cada una de ellas esperaba convencerle de su ortodoxia. Por esta razón, todas se doblegaron ante la idea de que el emperador fuera cabeza de la Iglesia, este "cesaropapismo" (el mismo hombre, César y Papa) duraría mil años.

Exterior de Hagia Sophia

Tal vez Olof Gigon tenga razón: el cristianismo se distingue de otros cultos de la Antigüedad porque parte de un determinado acontecimiento histórico que, interpretado en clave religiosa y simbólica, permite dar sentido a toda la historia humana como soteriología, como historia de salvacióni. Roma ofrecía en sentido profano algo análogo, por la creencia en la perdurabilidad histórica de su Imperio. Frente a una única fe verdadera, un único imperio definitivo. Frente a un Dios, un Emperador. Y a cada uno lo suyo, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

"El cristianismo se encontró con que podía dar una fundamentación teológica cristiana a la creencia en la perdurabilidad del Imperio. Y quedó con ello abierta la posibilidad de que las relaciones entre ambos poderes definitivos pudiesen evolucionar de la hostilidad a la colaboración, como de hecho ha sucedido desde la época constantiniana". O. Gigon. La cultura antigua y el cristianismo, Gredos, Madrid, 1970.
Interior de Hagia Sofia

La teología cristiana se había desarrollado sobre todo en Alejandría (la más importante ciudad del Egipto griego, ptolemaico), fundada por Alejandro el Grande, el discípulo de Aristóteles. Allí mandaban en la fe Arrio y Atanasio, por lo que sus fieles se llamaban arrianos y atanasianos. Los arrianos creían que Dios era supremo y que Jesús, aún el más grande de todos sus criaturas, eras inferior a Dios. Los atanasianos creían que las tres personas, Dios, Jesús y el Espíritu Santo, no eran sino aspectos diferentes de la Trinidad. Constantino I convocó el primer concilio de obispos, el de Nicea (325) para resolver esta disputa. El concilio se decidió a favor de Atanasio y la Trinidad. Tal doctrina se convirtió en la de toda la Iglesia, o sea, en la "católica" (en griego, este adjetivo significa "entera", "universal"). No obstante, los arrianos no abandonaron sus tesis de la supremacía del Padre, y se enfrentarían a los católicos durante varios siglos. Los visigodos, al invadir Hispania, eran ya arrianos.

En 341 se prohibieron en el Imperio los sacrificios paganos y en el 353 se cerraron los templos. Bajo el emperador Teodosio I, los paganos se vieron privados de todos sus derechos civiles. Así que los cristianos, de perseguidos se convirtieron en perseguidores. El cristianismo se convirtió en religión oficial del Estado y el paganismo se marchitó lentamente.
Interior de Santa Irene (VI),
con una impresionante cruz iconoclasta
de mosaico en su ábside

Elena, la madre de Constantino, daba por descubierta la Vera Cruz, el madero de la crucifixión de Jesús, así como los clavos, la corona de espinas, la esponja del vinagre que mojó sus labios mientras agonizaba, y hasta la lanza que traspaso su costado. Todas estas reliquias, junto con el manto de la Virgen, fueron llevadas a Constantinopla. A finales del V, cantidades ingentes de reliquias marianas llenaban sus iglesias y monasterios, que se hicieron ricos y poderosos. Hasta que León III el Isaurio, emperador hasta su muerte en 741, creyó que los iconos eran idolátricos y perversos. Puede que a ello contribuyera que los monjes eran un contrapoder gracias a la explotación comercial de los iconos. Además, estaban exentos del servicio militar y de pagar impuestos.

En 726 se publicó el primer decreto iconoclasta (los "iconoclastas" son los "rompedores de iconos"). La iconoclastia provocó la reacción de aquellos que no consideraban que adoraran imágenes sino que simplemente las veneraban ("iconodulos"), entre ellos estaban los monjes que pretendían convencer al pueblo de que destruir una imagen de Jesús o de María era una blasfemia terrible. En 723, el califato de Damasco había decretado la destrucción de todos los iconos en las iglesias cristianas situadas en sus dominios. Por tanto, lo que hacía León III parecía también una herejía islámica. Miles de refugiados iconodulos, junto con sus imágenes, huyeron al sur de Italia. El Papa de Roma no estaba dispuesto a ceder frente a la iconoclastia y León se desprestigió en Occidente. Gregorio III le excomulgó. Y sin embargo, su reinado, el del primer emperador de la dinastía "isauria", fue un éxito geopolítico y cultural. Reorganizó el código de Justiniano en el sentido de una mayor humanidad y benevolencia en los castigos. Sustituyó la ejecución penal por mutilaciones. Puritano, abolió el concubinato y dificultó el divorcio.

Las iglesias de Constantinopla, así como sus palacios, brillaban en tiempos de Justiniano (siglo VI) con el fulgor de los mosaicos bizantinos.


El de arriba, en el Vestíbulo de los Guerreros de Hagia Sofia, aparece María, sentada en un trono con el Niño Jesús en brazos, flanqueada por los dos grandes emperadores de la ciudad. Constantino, a la derecha, le regala la ciudad de Constantinopla y Justiniano le ofrece Santa Sofía. El mosaico se realizó después de la muerte de los emperadores, puede que en el siglo X, durante el reinado de Basilio II.


Arriba, maravilloso detalle de la La Déesis (en griego, δέησις), "plegaria" o "súplica" de Santa Sofía. Se trata de una iconografía de Cristo entronizado, en Majestad (Pantocrátor), llevando un libro y flanqueado por la Virgen María y San Juan Bautista, acompañado a veces por ángeles y santos.

La belleza de este icono me produjo ese escalofrío en la espalda que para mí es síntoma del síndrome de Stendhal. Es verdad que la luz parece proceder de dentro de las teselas de cristal. La seriedad del gesto de Jesús y su gesto de bendición me conmovieron profundamente, a pesar del tumulto que se agolpaba delante de turistas-fotógrafos.

viernes, 23 de mayo de 2014

Estambul / 2. Imperio romano de oriente

Muy cerca del obelisco egipcio, salimos del taxi. Queremos aprovechar el tiempo para no hacer largas colas y acceder lo antes posible al palacio de Topkapi. Nada más salir del vehículo, nos invitan a comprar guías turísticas de Estambul en español. Nos hemos preguntado varias veces cómo descubren tan rápido que somos españoles... Tal vez por lo que hablamos, por como andamos... Las mujeres del grupo rechazan las guías. Y los vendedores aciertan a decir "¡mujeres mandonas!". Otros españoles antes que nosotros les habrán reído la gracia y accedido a comprar la guía, y el dicho se ha convertido en un hábito, en un truco de venta para buscarse la vida...

El obelisco egipcio se construyó, aunque parezca increíble, en el 1500 antes de Cristo. Se levantaba a las afueras de Luxor, junto a las pirámides, hasta que Constantino I el Grande, emperador romano desde el 306 al 337 lo hizo traer a la ciudad. En la actualidad está roto y probablemente sólo es un tercio de su altura original. La base en la que se apoya es del siglo IV. En ella se ve a Teodosio I, que dividió el imperio entre sus dos hijos, Honorio y Arcadio, antes de que el lado latino, occidental, cayese en manos de los bárbaros.


En el siglo VI, el emperador Justiniano, compilador del famoso código jurídico, sobornó a dos monjes persas, que habían vivido en China, para que volvieran allí y regresaran con huevos de gusanos de seda escondidos en el hueco de unas cañas de bambú. Alrededor del 550, Constantinopla comenzó su propia producción de seda, de aquellos gusanos descienden todas las mariposas que han tejido su capullo de seda en Europa, hasta los tiempos modernos. Los musulmanes de Al-andalus exportaban la seda que se producía en nuestra península, sobre todo por el puerto de Almería hacia los importantes mercados orientales, cuando grandes bosques de moreras rivalizaban aquí con encinas, pinos y olivos.

Nudo de carreteras en el moderno Estambul
Desde Constantinopla, y luego desde Estambul, partía la famosa Ruta de la seda que anduvo Marco Polo a fines del XIII, adentrándose en la Capadocia. Estambul ha seguido siendo el puente entre Europa y Asia, como lo fue la Constantinopla romana y mucho antes Bizancio, fundación griega (hacia 657 a. C.). De ahí su importancia comercial, pues puede fácilmente abarcar ambos mercados, el occidental y el oriental. Esto lo supieron muy bien tanto los venecianos como los genoveses, que tan importante papel jugaron en la historia de la ciudad. Tampoco es desdeñable el consumo interno de una ciudad con más de quince millones de habitantes y una nación (Turquía) con casi setenta y tres.

Estambul es turca por derecho de conquista, pero no de fundación. Durante más de mil años, poderosas murallas defendieron Constantinopla de la barbarie. Dentro de aquellos muros se conservó la mayor parte de la cultura antigua, valiosas obras de arte, impagables pergaminos y códices científicos, hasta que la invención del cañón a principios de nuestra edad moderna (la pólvora procedía de China) hizo inútiles aquellos vastos muros.

En 626, por poner un ejemplo, unos 80.000 ávaros y eslavos llegaron hasta las murallas de Constantinopla para asaltar la ciudad. El patriarca Sergio organizó la defensa con tranquilidad. Las naves trajeron los abastecimientos necesarios, y los ávaros conscientes de que fracasarían empezaron una lenta y sombría retirada. En el 630, tres siglos después de la fundación de Constantinopla (la "segunda Roma"), el imperio se mantenía en pie. Ya habían pasado ciento cincuenta años desde la caída de la parte occidental del Imperio Romano, la parte oriental seguía intacta bajo un poder ininterrumpido desde los días de Augusto. En esos tiempos todas las islas del Mediterráneo eran bizantinas y una buena porción de la propia Italia. Al sur de su bota, todavía existen pueblecitos perdidos en los que se habla griego.

Tampoco los árabes consiguieron nada. En el 637 se apoderaron de Jerusalén, y en 642 rindieron Alejandría, donde se perdió lo que había dejado el fanatismo cristiano de su legendaria biblioteca. Siria y Egipto cayeron para siempre. Fue por entonces cuando, al finalizar el reinado de Heraclio, el Imperio Bizantino se fue convirtiendo en lo que los occidentales de finales de la Edad Media llamarían el Imperio Griego. De hecho, bajo el gobierno de Heraclio, el latín dejó de ser por fin el idioma oficial de la corte y del derecho y las leyes empezaron a promulgarse en griego, unificándose la religión, el idioma y el pensamiento. Las barbas volvieron a ponerse de moda. Para el barbudo oriental, el occidental llegó a parecer un eunuco. Para el afeitado occidental, el oriental se asemejaba a un bárbaro. Un elemento más para la suspicacia mutua.

El Islam, construido con jirones teológicos de judaísmo y cristianismo, rendía cuidadoso homenaje a Jesús y María, aunque no aceptaba la divinidad de aquél. Los cristianos de Siria y Egipto aceptaron con facilidad el Islam. Los cristianos tenían que pagar un impuesto especial en territorio islámico y además estaban excluidos de la administración del Estado. Sus idiomas nativos retrocedieron frente al árabe, la lengua santa del Corán. Cada provincia conquistada se convirtió en un eslabón más de la maquinaria islámica de guerra. En el momento de la subida al trono de Constantino IV, los ejércitos islámicos amenazaban en el actual Túnez a la misma Cartago, ultimo bastión del poder "romano" en la costa africana. En el 669 los árabes invadieron Sicilia. La población berberisca de África del Norte se islamizó y se unió también a los ejércitos árabes. Por el este, desde Persia, el Islam penetró también hacia el centro de Asia.
Alminar o minarete de la mezquita de Soleimán

En el 673, los árabes se atrevieron a sitiar Constantinopla. Si hubiera caído, probablemente Europa sería ya islámica. Asimov afirma que en el VII y el VIII (antes de Carlomagno) no existía poder tan grande en Europa que hubiera podido detenerlos. La Constantinopla acorralada no sólo se defendió a sí misma, sino a toda la cristiandad. La clave estuvo en un arma secreta, inventada por Calínico, un alquimista de Egipto o Siria: el "fuego griego" con el que los bizantinos quemaron las naves árabes. Se trataba de una sustancia que producía una llama que desafiaba el agua. Toda la flota árabe acabó destruida al sur del Asia Menor. Fue la primera gran derrota que los árabes sufrieron después de medio siglo de constantes victorias. Desde entonces, durante cuatro siglos largos, Constantinopla y su bases militares en Asia Menor fueron el escudo de la Europa cristiana contra la amenaza islámica. De todos modos, en el 698, Cartago cayó, y con esta ciudad todo el norte de África, desde el mar Rojo hasta el océano Atlántico, se islamizó, hasta hoy. Como sabemos, en el 711, una partida avanzada de berberiscos islámicos entró en Hispania y, en poco tiempo, ocupó casi todo el país.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Estambul / 1. Nostalgia de Constantinopla

La columna de Constantino y el coliseo,
en una reconstrucción fantástica.

La toma otomana de Constantinopla en 1453 selló el fin del Imperio Bizantino. Es triste enterarse de que los cristianos que la saquearon en 1204 fueron más destructivos que los turcos, dos siglos y medio después, aunque, en verdad, a los turcos les quedaba ya mucho menos que destruir.

Los cruzados profanaron Hagia Sofia y sentaron a una prostituta en el trono del patriarca para que presidiera sus juergas de borrachos. Las obras de arte de Constantinopla se dispersaron por todo el mundo..., los caballos que adornaban el hipódromo son los que hoy se ven en San Marcos de Venecia. Lo peor fue que los iracundos y analfabetos cruzados, bárbaros occidentales, destruyeron un tesoro en documentos y libros antiguos que no hemos podido recuperar. Y así cayó un gran telón entre la cultura antigua y nosotros.

Constantino, emperador romano, quiso reconstruir la antigua ciudad griega de Bizancio ( fundada hacia el 657 a. C.) como una "nueva Roma", incluso asegurándose de que se edificara sobre siete colinas. Por eso mandó alzar un foro, un senado, un palacio y un hipódromo con capacidad para 60.000 personas. El 11 de mayo de 330 se dio el toque final a la nueva capital oriental del Imperio Romano, izando una estatua del dios Apolo, dios del sol, en la cima de una gran columna del foro.

Sur del mar Negro, con el Bósforo al fondo.
A vista de pájaro turco.
Más allá, el mar de Mármara

Como Constantino se había vuelto cristiano, quitó la cabeza de Apolo y la sustituyó por la suya. Los jenízaros acabarían subiéndose a la columna construida con pórfido de Heliópolis (Egipto) para demostrarse valor. Una tormenta la derribó en 1106. En 1701, el sultán Mustafá III renovó los anillos que preservaban sus restos, por eso se le llama en turco Çemberlitas (columna reforzada). A su lado, un antiguo hamam (baño turco, construido por el arquitecto Sinan en 1584) lleva ese nombre. El viajero no se sentirá frustrado si se somete a las friegas y masajes que experimentadas manos acostumbradas a pieles extranjeras le proporcionarán en ellos.

Se cuenta que en la base de la columna se guardan reliquias sagradas fantásticas: el hacha de Noé, un frasco de perfume de María Magdalena y restos de los panes con que Cristo alimentó a la multitud.

Mezquita azul
Los primeros jefes otomanos eran caudillos de tribus guerreras, venidas de la profundidad de Asia, fronterizas con el imperio bizantino. A partir del siglo XIII, una dinastía controló el Estado y gobernó un gran imperio. Tras la toma de Constantinopla el sultanato turco fue temido por su poder y crueldad.

Posteriormente, los sultanes llevarían una vida decadente, dejando los asuntos de Estado en manos de visires o eunucos. Selim I el Cruel (1512-1529) se proclamó "califa" (sucesor de Mahoma) tras conquistar Egipto. A Selim II (1566-1574) se le llamó el Beodo porque prefería la bebida y el harén al poder político (¡como tonto!). Murat III (1574-1595) tuvo más de 100 hijos. Solimán I el Magnífico (1520-1566) expandió el imperio y propició una edad de oro artística. Fue Ahmet I (1603-1617) quien mandó construir la mezquita Azul en el centro de la ciudad a la que los turcos llamaron Estambul.

Cada sultán tenía su "tugra", su firma característica. La caligrafía es una de las más nobles artes islámicas. Como estaba prohibido la representación de figuras humanas o de animales, la escritura muy estilizaba decoraba, junto a los temas vegetales, no sólo los decretos imperiales, sino también los libros de poesía, las ediciones lujosas del Corán, los edificios, los azulejos... El calígrafo no podía alterar el sentido del texto sagrado, pero en los decretos oficiales podía trabajar con más libertad. La firma del sultán era su monograma personal y se componía de su nombre, títulos y una invocación de victoria.

Decoración interior del harén de Topkapi
El turco no es una lengua semítica, sino que pertenece a la familia de las uralo-altaicas, como el turcomano, el azerí y el gagauzo. Aunque no tenga nada que ver con ellos, comparte con el vasco y el japonés la característica de ser una lengua "aglutinante": sobre todo mediante sufijos añadidos a las raíces puede expresar bastantes significados con pocas palabras. Su morfología es tan regular que se dice que sirvió para la construcción del esperanto. El verbo se usa al final de las frases y carece de género gramatical.

Las más antiguas inscripciones túrquicas conocidas (runas parecidas a las germánicas) las descubrieron arqueólogos rusos y se hallan en Mongolia y son del siglo VIII. Con la expansión turca desde el Asia central hacia Asia menor a principios de la Edad Media europea (siglos VI al XI), las lenguas túrquicas cubrieron una vasta zona geográfica desde Siberia hasta Europa y parte del Mediterráneo. La dinastía selyúcida en particular llevó su lengua, el turco oghuz (ancestro directo del actual idioma turco), a la península de Anatolia en el siglo XI. También durante el siglo XI, el lingüista Mahmud al-Kashgari, publicó el primer diccionario de una lengua túrquica.

Decoración caligráfica de un dintel en el harén de Topkapi

El idioma turco se escribió con caracteres árabes hasta que el gobierno del padre de la patria moderna turca, Mustafa Kemal Atatürk (1881–1938) decidió que se empleara el alfabeto romano, con 8 vocales y 21 consonantes. La c se pronuncia "y" (como en yate), la ç se pronuncia "ch" (como en cheque) una g con una luna lorquiana arriba alarga la vocal precedente pero no se pronuncia, i se pronuncia ih, ö se pronuncia oe, la s con un ganchito abajo se pronuncia sh; ü se pronuncia iu; y la h se pronuncia como una jota suave. Su musicalidad resulta rotunda, nada agresiva al oído y con gran armonía vocálica, con menos aspiraciones que el árabe y muchos sonidos [k]. No suena mal como lengua cantada, aunque la música popular turca resulta muy reiterativa. En las radios de Estambul sorprendí su gusto por el tango y la música hispana, más que la anglosajona.

Aprendí con dificultad a decir gracias en turco (Tesekkür ederim), cosa que algún turco me agradeció de corazón, pues no será frecuente que los turistas occidentales lo intenten.

Curiosamente, nos ha sido más fácil hacernos entender en español que en inglés, idioma este que pocas personas de la calle chapurrean. Una cosa sorprendente es la extraña pronunciación del inglés thirsty, treinta, como *torti. Por lo visto, [torti] es una pronunciación generalizada, según me confirmó una estudiante asturiana a la que encontramos en el Gran Bazar, una estudiante enamorada de Estambul y que cursa el final de su carrera de derecho con una beca Erasmus. Aprendí ese extraño treinta, treinta liras turcas, la noche que un taxista, de los miles de clandestinos que hay en la ciudad, intentó y consiguió timarme. Los taxistas legales tienen un escudo en la puerta del vehículo, pero tampoco son de fiar... Como siempre en Estambul, hay que negociar el precio, y el regateo suele ser duro, particularmente a altas horas de la noche. Y sin embargo se trata de una ciudad bastante segura, en la que no se percibe la existencia de carteristas... Y bastante limpia, en la que no se ven por ninguna parte mierdas de perros.

domingo, 5 de enero de 2014

Visita al Condado

Seis de diciembre de 2013.
Hacia el Condado, al norte de Jaén, entre Ciudad Real y la Loma. 

Desde los cerros de Úbeda, la carretera de Madrid cae pronto hacia la cola del pantano del Giribaile en el valle del Guadalimar que separa ambas comarcas. Luego se eleva otra vez, torciendo a la derecha, nada más pasar el paraje donde se deshace sumergido el viejo Puente Ariza. Por allí descubrió San Juan de la cruz, milagrosamente, el manojo de espárragos con el que restauraría sus fuerzas en su agónico camino hacia su tránsito en Úbeda.

Olivos y encinas. A la derecha dejamos el santuario de la Virgen de la Estrella, luego el pequeño paraje con vocación de parque en que se velan las huellas de un dinosaurio. En treinta minutos, sin correr, nos ponemos en Navas de San Juan, donde fríen bastante bien las ancas de rana, y en seguida en Santisteban.

En la plaza principal del pueblo toman el sol, separados, paisanos e inmigrantes. Ha empezado la campaña de aceituna. En la fachada de una casa una inscripción recuerda que fue habitada, nada más y nada menos, que por la Santísima Virgen del Collado. Justo enfrente repostamos en el Bar-café Guzmán. Un acierto; buen café y sobresaliente pan tostado con aceite virgen extra de picual. No se desdeñan allí placeres más sofisticados como el bizcocho de zanahoria. Todo inmaculado.


Me congratulo de que entre los presentes haya quien recuerde la figura del más importante humanista, científico y divulgador del Renacimiento español nacido en Santisteban: Juan Pérez de Moya. Su Philosofía secreta (1585) fue el primer gran manual español de mitología clásica. La obra no sólo ofreció una gran lección moral, sino igualmente una meritoria y erudita asimilación del imaginario pagano a la mejor cultura cristiana de la época. La Filosofía secreta ejerció una importantísima influencia en poetas, pintores y escultores de nuestro Siglo de Oro.


En la plaza de Santisteban del Puerto un conjunto monumental recuerda el rostro y la obra de Jacinto Higueras Fuentes, autor del Monumento a las Batallas de Jaén (1912) y del Monumento al general Saro en Úbeda. Este artista santistebeño (1877-1954) fue un cotizado imaginero después de la guerra. Firmó la hermosa figura del Jesús Nazareno de Úbeda en 1940, retocada en sus brazos por Palma Burgos. A los pies de la cabeza del artista yace un desnudo femenino y la fecha 6 de Enero de 1963.



Tomamos rumbo hacia Castellar, que antiguamente se llamó "de Santisteban". Hacia la Mancha, dirección norte, por Aldeahermosa, Montizón, hasta Venta de los Santos. Más allá, queremos asomarnos al pantano del Dañador. Si sigues por esa carretera acabas cambiando de comunidad en pocos kilómetros y llegando a Villamanrique (Ciudad Real). Por aquí hubo una estación, Solaria, de la antigua vía romana conocida como el camino de Aníbal, seguramente porque el líder púnico la usó para conducir sus ejércitos. Por aquí deambularon también durante siglos los ganados de la Mesta, paso natural y cañada real desde la Mancha a las Andalucías y viceversa. Fue con el superintendente Olavide (1775), en tiempos de Carlos III, el rey ilustrado, cuando se repoblaron estas estribaciones donde la Sierra del Segura se encuentra con el vértice oriental de Sierra Morena. El plan de repoblación pretendía acabar con el bandolerismo.

Don Pablo Antonio José de Olavide y Jaúregui nació en Lima (Virreinato de Perú) en 1725 y murió en Baeza en 1803, escritor, jurista y político fue el responsable del importante plan de Nuevas poblaciones de Andalucía y Sierra Morena. La Inquisición le pagó sus importantes servicios al país y la corona con una injusta condena en 1778. Personifica tanto las ilusiones de los ilustrados, sus sueños de reforma y modernización de España, como su fracaso. Mereció una biografía de Diderot, viajó por Europa, y conoció al "príncipe de la Tolerancia", el famoso Voltaire, conocimiento este que pesaría en su posterior humillación y exilio. El autor de Cándido le describió como un "filósofo muy instruido y muy amable" (cfr. J. Biedma López,  Interpretación de Andalucía: Nuestro Renacimiento, Úbeda, 1998, pgs. 154-159).

"Sin agua no hay vida posible.
Es un bien preciado e indispensable
a toda actividad humana"
(Carta europea del agua)



Al lado del embalse del Dañador, en una zona de recreo tan amena como solitaria nos recibe una manada de ciervos, las hembras nos saludan y se despiden cabriolando por los cerros, entre curiosas y asustadas. Los machos nos miran altivos desde lo alto de las colinas, casi desafiantes. Luego desaparecen. Sorprende saber que, antiguamente, aquí se reunían los ganaderos de Villamanrique y del Condado en una feria que concentraba a más de mil personas para tentar (ahora se diría con horrible anglicismo "testear") el ganado. En el entorno se plantaron eucaliptos, pinos carrascos y el curioso ciprés de Arizona de tonos azulados. Un rústico caracol  de piedra sirve de protección a la boca de un pozo:


El embalse del Dañador sólo tiene capacidad para 4 hectómetros cúbicos. Fue construido en 1965 y ocupa 68 hectáreas. Sirve para la pesca y el abastecimiento de los pueblos de la comarca. Tras un relajante paseo, volvemos a Venta de los Santos, torcemos a la derecha, por el camino de los Olleros, con la intención de visitar las ruinas del Moliniche, un antiquísimo molino de origen romano. Dudamos si nos habremos pasado, pero unos cazadores metidos a senderistas nos orientan muy amablemente.

El Molineche aún conserva incorruptible la acequia que, como una vena separada de la arteria principal del río, lo alimentaba, así como el cuerpo de piedra hueco en el que sin duda estaba la maquinaria que convertía la energía hídrica en mecánica para la molienda. Allí crece ahora una higuera cimarrona. El molino tenía la estructura compleja y poco común de un cubo para aprovechar un caudal escaso o irregular. Y debieron de aprovecharlo durante siglos, romanos, godos, musulmanes y cristianos...

El paraje tiene mucho encanto. Con bosquezuelo de pinos y un soto que se convierte en rambla en tiempos de crecidas. La temperatura, a pesar del mes, nos resultó ideal para un paseo. Una semana antes estaría aquí mismo helando. Y sin embargo, todavía veo volar una ninfa de Linneo (Coenonympha pamphilus*), pero no consigo enfocarla bien. También danzan en el aire, buscando presa, algunas libélulas rojas. Por fin, tras retrasarme un poco, "cazo" con mi pentax y su objetivo macro (Sigma 105 mm), a una de ellas...



La vegetación de la ribera es muy interesante, autóctona: zarzamoras, majuelos, alisos, fresnos, tamujos (con los que se fabricaban escobas), lentiscos, labiérnagos, mimbreras, eneas, esparragueras, gamonitos, jaguarzos, torviscos...






Se oyen saltar las ranas, huye un mirlo y, por desgracia, encontramos el cadáver de un zorro aún caliente. Parece dormido. ¿Veneno? Ya se sabe que los cazadores humanos detestan la competencia de otros depredadores...



Un camino lleva hasta el charco de la presa que alimentaba el molino, cruza el río y, siguiendo el sendero paralelo al cauce, llega hasta la ermita de San Isidro, a unos 2,5 kms, en el área recreativa del Dañador que antes habíamos visitado.


Siguiendo el buen consejo de mi amigo y colega Antonio Buenosvinos, buscamos la Venta del Tío Silvino. La dueña, Lola, nos acoge muy amablemente. Nos coloca en una mesa con brasero de ascuas. Cuernos de ciervos, trofeos óseos de caza mayor, adornan las cuatro paredes. Pido caldo de cocido tan casero como el flan de café, para chuparse los dedos. ¡Ummm, esos pimientos confitados! Patatas "a lo rico", huevos, matanza de la de no escatimar en carne... Nada del otro mundo, pero todo tan fundamental como bueno.

A los postres, facunda y divertida, Lola nos ofrece un monólogo con información histórica, local y familiar...

En la venta del tío Silvino (Venta de los Santos)

Sin ir más lejos -nos cuenta-, allí mismo murió el maquis Rojo Terrinches (José María Mendoza Jimeno)...

Dos guardias civiles fueron a por él con ayuda del mayoral de una finca, según el libro de Constancio Zamora Moreno dedicado a El Rojo Terrinches. Se ganaron su confianza simulando ser pastores. Cuando el maquis apareció llevaba una escopeta de dos cañones y un cuchillo a la cintura. Les dijo que no era tan malo como se contaba, que él sólo luchaba por el proletariado. Les ofreció tabaco para liar. En un descuido, se abalanzaron sobre él, un guardia alcanzó a herirle en el cuello y el otro le dio un tiro en la cabeza:

“Tras su muerte se condujo el cadáver hasta Montizón, donde fue expuesto públicamente. Los guardias y el mayoral sonrientes y satisfechos se hicieron fotografías posando junto al cuero como si de una montería se tratara".

A Lola le preguntamos también por los italianos y sus cacerías de zorzales. Dijo con picardía que cuando no había pájaros en la zona, los italianos se iban a Ciudad Real por pájaras. No todos, claro. Nos saca, para su consulta, varios libros de historia local, escritos por estudiosos de estas duras y agrestes tierras fronterizas.

¡Y todo a 10 € por cabeza! No puedo sino, agradecido por la comida y las risas, darle un par de besos de despedida.

Dirección Chiclana de Segura y Sorihuela del Guadalimar.

Chiclana, como un nido de águilas, se agarra a una roca que en los últimos tiempos ofrece preocupantes signos de inestabilidad. La diputación está financiando su afianzamiento. Al este de la comarca del Condado, la pequeña y pintoresca ciudad, que cuenta en la actualidad con algo más de mil habitantes, fue conquistada en 1226 y perteneció a la Orden de Santiago y también a la antigua provincia de La Mancha hasta 1833.

Vista desde Sorihuela de Arroyo del Ojanco.
Detrás  la Puerta de Segura

Paramos en Sorihuela para disfrutar de la inmensas vistas de su balcón hacia el este, cerca del geriátrico. Al fondo la sierra de Segura, de las Villas y, más al sur, la de Cazorla...



De vuelta, sorteando remolques cargados de aceituna, cogemos la nacional en Villanueva del Arzobispo, el pueblo de "las tres mentiras" porque ni es villa, ni es nueva ni es por ahora de ningún arzobispo...





* Me acabo de enterar que este ninfálido está en peligro de extinción en el Reino Unido, no se sabe bien por qué causas...